El presidente de Rusia Vladimir Putin rinde tributo en el cementerio de Piskaryovskoye en el aniversario de la liberación de Leningrado (hoy San Petersburgo) luego de un bloqueo Nazi en el cual se estima que murieron 700 mil personas. FOTO: EFE/EPA/ALEKSEY NIKOLSKYI / SPUTNIK / KREMLIN POOL MANDATORY CREDIT.

Edward Luce

No duró mucho el viraje estadounidense desde el Atlántico hacia el Indo-Pacífico.  Al solicitar concesiones que han conmocionado a una Europa dividida y sin rumbo, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha unificado a occidente detrás del liderazgo de Estados Unidos.  Han pasado muchos años desde que se podía escribir esa oración seriamente.  Rusia ha provocado lo que teme – un occidente que está desplegando algo cercano a ser resoluto.  Como resultado, el presidente de EEUU Joe Biden se encuentra ahora en el frente de dos posibles guerras frías, una en Europa oriental y la otra en el mar del Sur de China.

Este no era el guion que Biden esperaba.  Tomó posesión prometiendo reorientar la política externa de EEUU hacia oriente.  Claramente, declaró todo lo correcto a los socios europeos de Estados Unidos, quienes se sintieron aliviados de ser tratados como amigos nuevamente después de cuatro años de menosprecio por parte del expresidente Donald Trump.  Pero al poco tiempo se dieron cuenta de que para Biden su lema de “Estados Unidos ha regresado” significaba algo distinto de lo que ellos pensaban.  Similar a Trump, Biden se mostraba obsesionado con China.  A diferencia de Trump, quería que Europa le ayudara en su nuevo enfoque en el Indo-Pacífico.

El rudo despertar de Europa comenzó el verano pasado cuando EEUU salió abruptamente de Afganistán sin el plácet de sus aliados de la OTAN.  Al igual que el ahora desaparecido ejército nacional afgano, los socios de Estados Unidos en la OTAN utilizaban el apoyo aéreo y logístico de EEUU para operar en Afganistán.  Quedaron pensando que su opinión valía poco para Biden a pesar de su amable retórica.  La debacle resultante en Kabul dejó a todos mallugados.

Biden agravó su pecado, pocos días después de que el Talibán retomara control de Afganistán, al no advertir a Francia sobre su nuevo acuerdo Aukus - entre Australia, el Reino Unido y EEUU – para la venta de submarinos nucleares.  Si alguna vez hubo un momento para que Rusia tomara ventaja de la falta de unidad occidental, este era el ideal.  Pero Putin ha sobreestimado su mano.  En contraste al verano pasado, los funcionarios de EEUU han consultado y escuchado asiduamente a sus contrapartes europeas.

Biden enfrenta dos retos urgentes.  El primero es ver si puede ofrecer alguna manera para que Putin se retire sin quedar mal.  La alternativa es un conflicto en Ucrania que sobrepase las atrocidades de los Balcanes en los noventa.  Con una población de 40 millones, la mayoría de quienes desean unirse a la OTAN, Ucrania no es Bosnia ni Croacia.  Es el doble del tamaño de Alemania y tiene una población mayor a la de Polonia.  Una comparación más adecuada sería la guerra civil española en 1930 cuando poderes externos, tanto fascistas y comunistas, utilizaron fuerzas locales para luchar entre ellos.  Hasta Putin vacilaría ante eso.

Allí es donde la creatividad diplomática de Biden será puesta a prueba y quizás salga mal parada.  Si el consenso de Washington se mantiene, China es el principal reto estratégico de Estados Unidos y Biden eventualmente debe encontrar alguna manera de separar a Rusia de China.  La retórica existencial sobre una batalla global entre la autocracia y la democracia simplemente empuja a Moscú más hacia Pekín.  También podría alborotar aliados europeos que se han tranquilizado recientemente.  Algunos se ponen incomodos cuando se habla de conflictos maniqueos entre la luz y la oscuridad.

Tampoco puede decirse que Ucrania sea un modelo de democracia.  Según Freedom House, basada en Washington, Ucrania sólo es parcialmente libre y está muy por debajo de la “democracia iliberal” de Hungría, al igual que otras defectuosas como Serbia, Colombia y Sierra Leona.  Ucrania está un poco por debajo de la India, la cual la administración Biden despliega como una fortaleza democrática ante el autoritarismo de China.  Si Biden prioriza esta medida, su política exterior está destinada a confundir y ser acusada de hipocresía.  Su lenguaje también aísla algunos amigos confiables como Singapur y los Emiratos Árabes Unidos – países que Estados Unidos necesita de su lado.

La crisis en Europa le ofrece a Biden una salida cómoda de la trampa retórica en la cual ha caído.  El principio en juego es la soberanía de Ucrania.  Sus fronteras no deberían ser menos inviolables si cambiara su sistema político.  El mundo sería un mejor lugar, por supuesto, si la democracia floreciera en todas partes.  Pero la historia reciente debe haber enseñado a Estados Unidos los riesgos de proclamar su misión de libertad universal.  Por otro lado, casi todos están de acuerdo sobre la santidad de las fronteras.  Al amenazar la soberanía de Ucrania, Putin ha hecho algo que Biden no podía hacer por sí solo – unificar a occidente.  Es una ventaja que Biden no debería desaprovechar.

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