La crisis en Ucrania tiene al mundo en ascuas. ¿Qué efectos comienza a tener ese conflicto aparentemente lejano en la vida de América Latina? 

Por Víctor Diusabá*

“Lo más trascendental que ocurriría en el mundo en términos de guerra y paz desde la Segunda Guerra Mundial”. Así describió el presidente Joe Biden el significado que para los Estados Unidos tendría una eventual invasión rusa a Ucrania. El propio Biden no quiso ir más allá sobre las probables consecuencias de una situación como esa. Tampoco hace falta: nadie sería ajeno.

Igual sucede ya con la creciente tensión que bordea la frontera entre esas dos naciones. Es la misma que se proyecta, como no podía ser de otra manera, a un mundo cada vez más globalizado del que América Latina no puede sustraerse. ¿Cómo y con qué efectos permea a LATAM un conflicto que no termina de desescalar pese a los intentos, hasta ahora en vano, de otros pesos pesados como Francia, Alemania, Reino Unido e Italia, entre otros, para buscar una salida pacífica?

Para llegar a esa explicación primero hay que tratar de descifrar la vieja y compleja relación de amores y odios entre Rusia y Ucrania. Porque esa narrativa, la de dos pueblos que parecen uno, es el principal argumento que Vladimir Putin exhibe hoy para justificar lo que en realidad esconde: convertir al vecino en ese satélite que ofició como tal alrededor de Moscú en buena parte del siglo XX.

El presidente ruso basa su planteamiento en lo que se conoce como Rus de Kiev, el primer país eslavo surgido en el este de Europa en territorios donde hoy se asientan Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Allí, en poco más de cuatro siglos, entre el VIII y el XIII, Kiev acogió el cristianismo ortodoxo que hoy cobija a la mayoría de los rusos. Solo 500 años después de ese punto de partida Moscú apareció con fuerza en escena.

Con el paso del tiempo, Ucrania se convirtió en una especie de bisagra entre oriente y occidente, entre Rusia y Europa. Incluso, en algún momento (en el siglo XVII), los ucranianos buscaron la protección de Rusia para no caer en manos de Polonia. Hoy en cambio es casi todo lo contrario: la mayoría de los ucranianos quieren ser europeos pero Rusia, o al menos Putin, los quiere con pasaporte ruso.

El jefe del Kemlin no ha ahorrado esfuerzos por, al menos, minar la unidad de Ucrania. Para ello ha instigado el separatismo, con tropas y armas de por medio, al punto de que la región más oriental, el Donbas, se encuentra en manos de milicias prorrusas, en medio de una guerra que ya supera los 13 mil muertos entre combatientes y población civil. Sin olvidar que en 2014 tropas de Moscú ocuparon la estratégica península de Crimea. En suma, Putin pretende restaurar, a partir de Ucrania, su área de influencia en el vecindario, en una forma de revertir lo que siempre él ha definido como la gran derrota geopolítica y la mayor humillación a su pueblo: la desintegración de la Unión Soviética.

Pero reconvertir a Rusia en potencia de alcance mundial en el nivel de Estados Unidos y China, requiere ir mucho más allá: en ese cometido, América Latina entra a formar parte de sus intereses.

“En el fondo, Ucrania no pasa de ser una excusa. Porque aquí lo que está en juego es el orden internacional, cuestionado por las nuevas potencias emergentes, en este caso Rusia. De alguna manera aquí se comienza a ver cómo va a actuar de cara al futuro en el escenario mundial. Entonces, Putin considera que Estados Unidos sigue teniendo a América Latina como su patio trasero y reclama que Rusia tiene el mismo derecho de influir en Ucrania, Bielorrusia y otras naciones más de su entorno”. Así lo explica a CONNECTAS el experto Vladimir Rouvinsky, profesor de la Universidad Icesi, en Cali, Colombia.

Putin no acepta que le digan qué hacer y cómo actuar allí en la ex Unión Soviética. “Es ahí cuando aparecen en LATAM acciones recíprocas suyas, diría que más de carácter simbólico, para mostrar que están en capacidad de generar influencia en territorio aparentemente ajeno”, dice Rouvinsky.

Está claro que los destinos preferidos, por ahora, son Venezuela y Nicaragua, regímenes dictatoriales a los que Putin aprovecha para respaldarlos frente a los cuestionamientos que enfrentan en cuanto a garantías democráticas y derechos humanos. A simple vista Cuba  también entraría en esa lista, pero el profesor Rouvinsky disiente: “Hoy a Cuba la separa de Rusia el tema ideológico. Cuba es socialista, Rusia es capitalista. Quizás comparta el discurso antinorteamericano que ofician Maduro y Ortega, pero eso no es suficiente para convertirlo en aliado, ya no hay ese grado de confianza de los tiempos de la Unión Soviética”.

Pero la influencia rusa parece ir más allá de las dictaduras.  En efecto, a esa lista se sumó en los últimos días el presidente argentino Alberto Fernández en el mismísimo Kremlin.  “Estoy empecinado en que Argentina deje esa dependencia tan grande con el FMI y con Estados Unidos y tiene que abrirse hacia otros lados y creo que Rusia tiene un lugar muy importante”, le dijo a un Putin evidentemente complacido. Y Fernández fue más allá de lo que cualquiera habría esperado: “Tenemos que ver la manera de que Argentina se convierta en una puerta de entrada de Rusia en América Latina, para que Rusia ingrese de una manera más decidida”.

En las últimas semanas, ese no ha sido el único titular en la región con Rusia de por medio. En vísperas de la Navidad pasada el presidente ruso, al hacer referencia al avance “inaceptable” de la OTAN hacia el este, preguntó si, en aras de la seguridad de Rusia, su país había puesto “misiles cerca de la frontera de Estados Unidos.  “¡No! Han sido ellos los que han puesto armamento a nuestra puerta. ¿Qué pasaría si los pusiéramos en Canadá o México? ¿Antes, acaso, no hubo problemas fronterizos entre ellos?, ¿a quién pertenecían California y Texas?”. Esa alusión, a la que muchos atribuyeron el carácter de guiño, alborotó el ambiente en México.

En Colombia también Rusia está en boca de todos. Las relaciones de los dos países se han visto afectadas por declaraciones recientes de funcionarios de lado y lado. Según el ministro de Defensa Diego Molano, las complejas condiciones de seguridad de la frontera con Venezuela pasan por la presencia cercana de tropas de la República Bolivariana que cuentan con “el apoyo de Irán y Rusia”.

La embajada rusa respondió de inmediato: “Se constata con perplejidad los continuos intentos de acusar sin fundamento a la Federación de Rusia de la presunta ‘injerencia en los asuntos internos de Colombia’”, Según esa representación diplomática, Molano basa sus señalamientos en “datos de inteligencia” sin sustento.

Queda claro entonces que Rusia, en su desafío a Occidente, se está haciendo sentir también en América Latina. “Y demuestra así su fuerza para proyectarse en la región. De diferentes formas, por ejemplo a través de RT, la cadena internacional de televisión, que compite con éxito con La Voz de América. Putin está interesado en promover la democracia como él la ve”, asegura a CONNECTAS el profesor Michael Shifter, de Diálogo Interamericano. Pero además, no lo hace en cualquier momento sino, dice Shifter, “sacando provecho de que Estados Unidos tiene serios problemas internos, con una situación política muy polarizada, muy tóxica”. 

Y con un aliado nada insospechado, la República Popular China. Para Shifter, “el pacto de solidaridad entre los dos permite por ejemplo actuar en Venezuela, en donde están muy involucrados en temas de tecnología e infraestructura”. Y agrega que antes la China Popular estaba más inclinada por el tema comercial pero cada vez se atreve a más, “en vista de la inocultable pérdida de influencia de Estados Unidos en la región”. Como muestra de ello, el presidente Fernández incluyó a Beijing en su gira. “Tuve una cordial, amistosa y fructífera reunión con Xi Jinping, presidente de China. Acordamos la incorporación de Argentina a la Franja y la Ruta de la Seda”, dijo Fernández en su cuenta de twitter. Además calificó los resultados de la gestión como “excelente noticia (porque) nuestro país obtendrá más de 23.000 millones de dólares en inversiones chinas para obras y proyectos”.

Igual, con o sin China, Putin demuestra ser un jugador de ajedrez agresivo, al que no le importa mover sus fichas donde sea. Con un elemento nada despreciable, pues como dice Shifter, nadie puede anticipar cuánto tiempo más se va a quedar al mando de la poderosa nave rusa este hombre que, desafiante y autoritario, parece personificar la astucia misma.

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* Miembro de la mesa editorial de CONNECTAS