Un hombre carga pancartas con la imagen del expresidente Trump y de su esposa durante la conferencia PAC de esta semana en Orlando. FOTO: Washington Post por Jabin Botsford.

Muchos en el partido han expresado desacuerdo con la posición de Trump pero otros no se atreven por miedo a represalias electorales.

Durante décadas, la postura del Partido Republicano ante los dictadores y las tácticas expansionistas de Rusia fue sólida como una roca: desde Dwight D. Eisenhower hasta Richard Nixon y Ronald Reagan, Rusia, en aquel momento la Unión Soviética, era el principal enemigo de Estados Unidos, indigno de confianza y contrario a la libertad.  Era, utilizando la famosa frase de Reagan, el "imperio del mal".

Esta semana, mientras muchos Republicanos arremetían contra el asalto total del líder ruso Vladimir Putin a Ucrania, el expresidente Donald Trump y algunos de sus aliados instaban a Estados Unidos a mantenerse al margen del conflicto y elogiaban a Putin, presentándolo incluso como un "guardián de la paz", como dijo Trump.

"No busques consistencia en la política Republicana", dijo Craig Shirley, biógrafo de Reagan y consultor político Republicano desde hace muchos años.  "El Partido Republicano en este momento es un poco esquizofrénico. El anticomunismo y el amor a la libertad solían ser el pegamento que mantenía unido al partido, pero ahora las actitudes hacia Rusia se han mezclado con la política interna".

En el Congreso, en los medios de comunicación conservadores y en los campos de batalla de las redes sociales en los cuales gran parte de la derecha estadounidense dirime sus diferencias, la invasión rusa a Ucrania pareció abrir una brecha entre Trump y algunos de sus antiguos partidarios leales.

En el Capitolio, los senadores del GOP, que suelen estar de acuerdo con casi todo lo que dice Trump, emitieron declaraciones que se alinearon con las reacciones Republicanas a la agresión rusa a lo largo de las últimas siete décadas.  Uno de los aliados más destacados de Trump, el senador Ted Cruz, Republicano de Texas, alabó las sanciones que el sucesor de Trump impuso a Putin.  "El presidente Biden ha dado ahora pasos positivos", dijo Cruz, añadiendo que "todavía hay que hacer mucho más para disuadir y contrarrestar la amenaza que Putin supone para nuestros aliados en Ucrania y en toda Europa".

Todd Young, senador Republicano y representante de Indiana, elogió igualmente las sanciones de Biden y dijo que "Putin está atacando el orden democrático normativo que ha beneficiado a innumerables estadounidenses y a millones de personas en todo el mundo desde la Segunda Guerra Mundial".  Estados Unidos debe apoyar al pueblo ucraniano proporcionando inmediatamente asistencia adicional, incluso equipo militar y ayuda letal".

Sin embargo, otros Republicanos se acercaron más a Trump, quien en Fox News pregonó su "buena relación" con Putin y sugirió que el presidente ruso había atacado Ucrania solo por la "debilidad" de la administración Biden.  En Ohio, el candidato al Senado leal a Trump, J.D. Vance, dijo en un podcast: "realmente no me importa lo que pase con Ucrania de una manera u otra", y tuiteó: "nuestros líderes se preocupan más por la frontera de Ucrania que por la nuestra".

El presentador más popular de la Fox, Tucker Carlson, rechazó la idea de que Putin sea un enemigo: "¿Por qué odio tanto a Putin?", dijo. "¿Me ha llamado Putin alguna vez racista? ¿Me ha amenazado con hacer que me despidan por no estar de acuerdo con él?"

"Es confuso, ¿verdad?", dijo Shirley. "El partido está buscando un sentido más allá del ser anti Biden, y no hay una sola posición".

Una de las principales causas de la escisión Republicana en torno a Putin y su invasión de Ucrania es el drástico cambio de retórica y política que Trump introdujo en los mensajes del partido, a partir de su campaña de 2016 y a lo largo de su mandato en la Casa Blanca y su amarga pospresidencia.

Con su retórica de "Primero Estados Unidos" y sus políticas de dar un paso atrás en la OTAN y otras alianzas de EEUU con las democracias occidentales, Trump aprovechó una antigua incomodidad de los estadounidenses en cuanto a involucrarse en los problemas de otros países.  Esa actitud se remonta a los fundadores; Thomas Jefferson advirtió contra las "alianzas enredadas".

En diversos grados, esa alergia a sumergirse en crisis extranjeras ha surgido periódicamente en la historia de Estados Unidos, máxime en tiempos de desorden económico y dislocación tecnológica.  Y especialmente después del trauma de la Primera Guerra Mundial, otra época en la cual una pandemia mortal perturbó profundamente la vida estadounidense, y el aislacionismo se hizo persistentemente popular.  Y ha seguido siendo un gusanillo ocasionalmente recurrente en ambos partidos, a menudo envuelto en el antagonismo hacia los inmigrantes, los grupos minoritarios, Wall Street y el mundo académico.  Los líderes Republicanos hicieron campaña durante décadas para frenar a Rusia, desde la declaración de Eisenhower de que la Unión Soviética representaba "la depravación impía del gobierno" hasta la caracterización de Rusia del candidato presidencial del GOP en 2012 como "nuestro enemigo geopolítico número uno".

Los políticos y los responsables políticos del país han optado en general por que Estados Unidos desempeñe un papel activo en los asuntos internacionales.  Estados Unidos es, como dijo Madeleine Albright, la secretaria de Estado de Bill Clinton, ciertamente "la nación indispensable" en lo que respecta al comercio, pero también en lo relativo a asegurar la paz, frenar el extremismo y difundir la democracia.

Pero durante los periodos de política populista, y especialmente cuando surgen guerras extranjeras, muchos estadounidenses abrazan a los políticos que predican una fuerte, si no total, concentración en los asuntos domésticos.  En 2013, por ejemplo, con las fuerzas de Estados Unidos aparentemente empantanadas en Siria, Irak y Afganistán, el porcentaje de estadounidenses que dijeron a los encuestadores que el país debería "ocuparse de sus propios asuntos a nivel internacional" saltó al 52 por ciento; fue la primera vez que una mayoría expresó esa opinión en medio siglo, según una encuesta del Pew Research Center.

Esta actitud ha sido especialmente popular entre los votantes Republicanos en los últimos años, según indican las encuestas.

"Siempre he sido Republicano por las posturas del partido a favor de la libertad, el libre mercado, el gobierno limitado y la defensa fuerte", dijo Joe Walsh, un exlegislador Republicano de Illinois que apoyó a Trump en 2016, pero que luego se mostró muy crítico con él como presidente.  "Pero entonces llegó Trump y su enfoque autoritario, que conectó con los votantes que realmente querían un hombre fuerte que construyera un muro, mantuviera alejada a la gente morena y cerrara la CNN.  Ahora la base populista del partido se ha radicalizado y ha hecho metástasis más allá del propio Trump".

Walsh, ahora un podcaster que se considera un hombre sin partido, dijo que las viejas actitudes Republicanas hacia Rusia todavía existen en los corazones "de muchos de mis antiguos colegas en la Cámara".  Siguen creyendo en el internacionalismo de Reagan, en ser duros con Rusia", dijo. "Pero no dicen nada, porque saben la posición de su base: la de Trump y Tucker Carlson diciendo: 'Putin bueno, Biden malo, y no quiero que me suba el precio de la gasolina'".

La división del partido fue evidente cuando los misiles rusos aterrizaron en varias ciudades ucranianas y Trump defendió al líder ruso. "No creo que él quisiera hacer esto inicialmente", dijo Trump sobre Putin en Fox News. Un día antes, en un podcast conservador, Trump calificó a Putin de "genio" por declarar a dos regiones de Ucrania como países independientes y dijo que "va a entrar y ser un pacificador".

La aversión de Trump a presentar a Rusia y a Putin como enemigos de Estados Unidos fue evidente desde el comienzo de su carrera política de última hora.  Durante la campaña de 2016, buscó borrar de la plataforma Republicana cualquier mención a la protección de Ucrania de los designios de Putin. Y alabó repetidamente a Putin a lo largo de su presidencia.

Pero, ¿por qué gran parte de los dirigentes políticos Republicanos y de la base de votantes del partido pasaron tan fácilmente del anticomunismo tradicional y de la sospecha de los motivos rusos, a la aceptación o incluso al abrazo a Putin y sus formas autoritarias?

Walsh argumenta que cuando él y otros jóvenes Republicanos se sintieron atraídos por las candidaturas de Reagan en los años 80, les cautivó "la idea general de fortaleza tras la debilidad de Jimmy Carter, y su promesa de sacar al gobierno de sus vidas".  La fuerte postura de Reagan contra la Unión Soviética nunca fue el verdadero atractivo".

"Voté por Trump en 2016, en parte porque era un tipo no intervencionista, y que se ‘fastidie’ el resto del mundo", dijo Walsh. "Lo que más me entristece es no haber visto venir lo suficiente este abrazo al autoritarismo".

Pero otros ven el cambio en la definición del Republicanismo menos impulsado por las posturas sobre los temas que por el simple poder de las personalidades.

"Siempre ha habido un flujo y reflujo entre el aislacionismo y el internacionalismo en el partido", dijo Shirley, que también es autor de April 1945, una historia sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. "Realmente se basa en las personalidades de nuestros presidentes y de los líderes rusos, más que en cualquier principio.  Los Republicanos actuales siguen diciendo que les gusta Reagan, pero solo les gusta su personalidad.  No comparten su consistente filosofía internacionalista".

La evolución de las actitudes hacia Rusia en la base Republicana ha sido impulsada no solo por la popularidad de Trump y las luchas de la economía estadounidense, sino también por un esfuerzo de años de Rusia para influir en la forma en la cual los estadounidenses de todas las tendencias políticas ven el mundo, según los investigadores de la desinformación que han rastreado los hackeos de Rusia, las publicaciones engañosas en Internet y las cuentas falsas en las redes sociales.

Desde la guerra civil en Siria hasta las batallas separatistas en el este de Ucrania, los servicios de inteligencia rusos han tratado de moldear las opiniones estadounidenses sobre Putin y su gobierno. En 2016, Rusia interfirió en las elecciones de Estados Unidos hackeando y difundiendo correos electrónicos sensibles del partido Demócrata, y la Agencia de Investigación de Internet, dirigida de forma privada por un aliado de Putin, inundó Facebook, Twitter y otras plataformas con publicaciones falsas en las redes sociales que ayudaron a llevar a los estadounidenses a posiciones políticas polarizadas, al tiempo que apoyaban la candidatura presidencial de Trump.

Rusia ha tratado de moldear las actitudes de los estadounidenses hacia cuestiones políticas "a través de un sutil, sofisticado y muy largo juego de influencia", dijo Camille François, investigadora de desinformación en la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia. "Es una campaña de espectro completo con elementos encubiertos y manifiestos".

Otros expertos en desinformación, en cambio, sostienen que el impacto de los esfuerzos de Rusia por alterar las perspectivas políticas de los estadounidenses no está tan claro. Thomas Rid, profesor de estudios estratégicos en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, y autor de Active Measures, un libro sobre la desinformación, dijo que el papel de la intromisión rusa puede no ser tan poderoso como algunas otras fuerzas internas que han empujado a los estadounidenses hacia opiniones tan polarizadas que los miembros de un partido adoptan casi automáticamente una posición opuesta a la del otro.

"Tu odio hacia tu oponente político doméstico es tan profundo que te pones del lado de Vladimir Putin mientras ataca importantes centros de población en Ucrania, lo cual es insólito", dijo Rid.

(c) 2022, The Washington Post - Marc Fisher 

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