Seiscientos años de imperialismo ruso tuvieron su auge durante la era de la Unión Soviética en la cual el país influyó sobre 22 millones de kilómetros cuadrados de territorio y once zonas horarias distintas. FOTO: By DoD photo.

La historia imperial de Rusia impulsa a Putin, pero el orden mundial actual podría no recompensarlo.

El mundo intenta dar sentido a la violenta invasión de Ucrania por parte del presidente ruso Vladimir Putin.  Pero su ataque no se basa en ningún cálculo racional de costos y beneficios.

En cambio, Putin está ejecutando una táctica mal concebida para recuperar la estatura de su nación como potencia imperial y afirmar el prestigio, la autoridad y la voluntad de Rusia en la escena mundial.  Putin se ha posicionado como el representante frustrado de un imperio caído y agraviado, lamentando, por ejemplo, "la parálisis del poder y la voluntad" que llevó a la completa "degradación y olvido" de la Unión Soviética en 1991.  Aunque este agravio parece situarse en lo que Putin ha llamado la tragedia del colapso soviético, su inspiración imperial se extiende aún más profundamente en el pasado del país.  Como lo describió Putin en un discurso de 2012, el renacimiento de la conciencia nacional rusa necesita que los rusos conecten con su pasado y se den cuenta de que tienen "una historia común y continua que abarca más de 1.000 años".

Putin entiende el orden global postsoviético a través del prisma de la larga historia de Rusia.  Y esa historia está inextricablemente ligada a la dinámica misión imperial de Rusia, tanto en el pasado como en la actualidad.

El primer estado "ruso" se estableció en la actual Kiev en el siglo IX.  No obstante, la Rus de Kiev cayó en la ruina con la conquista mongola del siglo XIII, convirtiéndose en un grupo descentralizado de principados que debían lealtad y tributo a los kanes mongoles.

Aún así, a finales del siglo XV, el principado de Moscú, dirigido por el Gran Príncipe Iván III, cambió la suerte de los mongoles.  Iván, conocido en la historia como Iván el Grande, renunció a la subordinación de su tierra a los mongoles y declaró la soberanía de Rusia. Luego sometió a sus vecinos, anexó su territorio y centralizó la autoridad de Moscú.

Iván el Grande llegó al poder menos de una década después de la conquista otomana de Constantinopla en 1453.  Cultivando su posición imperial a través de su matrimonio con la sobrina del último emperador bizantino, Iván reclamó el legado de Bizancio para la Rusia moscovita y adoptó el título de zar para sí mismo.  Como zar, hizo valer la influencia y la estatura internacional de Rusia, estableciendo relaciones diplomáticas con potencias extranjeras y construyendo el Kremlin como manifestación arquitectónica del nuevo poder imperial de Rusia.

A principios del siglo XVI, los zares rusos tenían una firme concepción de su tierra como un gran imperio.  Para ellos, Moscú era la Tercera Roma, la heredera de los imperios romano y bizantino.  Aunque los imperios de sus predecesores habían caído, los zares rusos resolvieron mantener el poder absoluto para asegurar la dinámica y continua expansión del suyo.

En la década de 1550, el zar conocido posteriormente como Iván el Terrible extendió el territorio de su país a lo largo del sur del Volga hasta el mar Caspio.  Veinticinco años más tarde, Iván patrocinó expediciones que iniciaron varias décadas de conquista y colonización de Siberia y grandes franjas de Asia Central.

En 1648, Rusia había atravesado un continente y llegado a la costa del Pacífico para convertirse en un enorme estado con una masa de tierra sin parangón.  Era una empresa colonial a toda regla.

En 1654, el zar Alexis se apoderó del territorio que se encontraba entre Rusia y el río Dniéper. Esto abarcaba gran parte de la actual Ucrania, incluyendo a Kiev. Mientras que los dominios en torno a Moscú se conocían como la Gran Rusia o simplemente Rusia, gran parte de la actual Ucrania se consideraba la Pequeña Rusia, en un claro reflejo de su condición periférica y colonizada.

El hijo de Alexis, Pedro el Grande, llevó la misión imperialista de Rusia a nuevas alturas. Con un ejército renovado y una armada recién fundada, Pedro el Grande derrotó a Suecia y expandió su imperio en todas direcciones. En reconocimiento a sus victorias militares y conquistas territoriales, en 1721, Pedro declaró que Rusia era un imperio y él, su emperador.

Varias décadas más tarde, otra grande, la emperatriz Catalina, amplió las fronteras del imperio hacia el oeste mediante las particiones de Polonia. Catalina también aprovechó el debilitamiento del poder del Imperio Otomano para expandir Rusia hacia el sur y crear la región de Novorossiya, que incluía las secciones del sur de la actual Ucrania. Luego consolidó la posición de Rusia en el Mar Negro con la anexión de Crimea en 1783.

Muchas de las conquistas imperiales de Rusia se ganaron con esfuerzo.  En 1818, cuando las fuerzas rusas intentaron conquistar el norte del Cáucaso, se encontraron con una población que se negaba a que la sometieran.  En respuesta a la guerra de guerrillas que la población indígena desplegó contra los invasores, Rusia quemó aldeas hasta los cimientos, incineró bosques y tomó civiles como rehenes.  Aunque en 1864 Rusia ya había incorporado la región a su imperio, las tensiones étnicas y religiosas se prolongaron y estallarían en una nueva ola de violencia más de un siglo después, con las guerras chechenas en la década de 1990.

Convencidos de que el estatus de Rusia como potencia mundial dependía de su expansivo imperio, los zares rusos -seguros en sus palacios de San Petersburgo- invirtieron enormes sumas de dinero y las vidas de jóvenes soldados rusos para mantener la gloria imperial. El territorio se compró con las vidas tanto de los ejércitos conquistadores como de sus opositores, mientras los gobernantes rusos transformaban las ciudades de la metrópoli con monumentos erigidos en honor a las victorias imperiales y a la expansión.

Cuando Rusia estalló en revolución en 1917, el imperio se derrumbó.  Al principio, los bolcheviques expresaron su antipatía hacia el imperialismo.  De hecho, sostenían que las regiones como Ucrania que declararan su independencia se liberarían del peso del imperio. No obstante, la disrupción que llegó con el fin de la Primera Guerra Mundial no trajo la revolución socialista mundial que Vladimir Lenin esperaba.  Como isla socialista en un mar de capitalismo global, Lenin y los bolcheviques resucitaron el Imperio Ruso dentro de la estructura federal de la Unión Soviética.  Durante los próximos setenta años, la tradicional misión imperial de Rusia se entremezcló con los objetivos expansionistas del comunismo.

Para hacer frente al creciente poder económico y militar de EEUU, la Unión Soviética estableció estados satélites en toda Europa del Este, con gobiernos comunistas supervisados por Moscú, a finales de la década de 1940.  Utilizando tanques, artillería y represión, los soviéticos mantuvieron el bloque comunista hasta la década de 1980, cuando Mijaíl Gorbachov ya no pudo utilizar la fuerza militar para conservar el poder.  El proyecto imperial de los soviéticos estaba en peligro.

Estos impulsos liberadores desencadenaron un efecto dominó dentro de la propia Unión Soviética, con los Estados Bálticos y el Cáucaso pidiendo independizarse de Moscú.  A finales de 1991, los sentimientos nacionalistas en el seno del conjunto de naciones que la Unión Soviética había heredado del Estado imperialista zarista dieron lugar a demandas de autonomía y supusieron el fin de la URSS.

Cuando Putin sucedió a Boris Yeltsin como presidente de la Federación Rusa en 1999, afirmó que su país tenía derecho a ejercer una influencia privilegiada sobre los Estados postsoviéticos.  Sin embargo, muchas de estas naciones se mostraron reticentes ante el amiguismo y la corrupción locales que parecían acompañar la influencia de Moscú. A principios de la década de 2000, los levantamientos populares en Georgia, Ucrania y Kirguistán -considerados colectivamente como las Revoluciones de Colores- demostraron el espíritu de independencia de estos países y, por lo tanto, los límites del control de Rusia y Putin sobre la región.

Para Putin, esto equivalía a una ignominiosa falta de prestigio y poder.  La Revolución de la Dignidad de Ucrania, que derrocó al partidario de Putin, el presidente Víktor Yanukóvich, en 2014, no hizo sino intensificar esta percepción.  La decisión del presidente ruso de adentrarse en el este de Ucrania y anexar Crimea fue el salvo inicial para recuperar el poder que el fracaso imperial había erosionado.

Más allá de las sanciones económicas, Putin sufrió pocas consecuencias vinculadas con este juego de poder de 2014 y sus maquinaciones geopolíticas aumentaron.  La injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016 en EEUU y la posterior burla de Donald Trump a la OTAN probablemente convencieron a Putin de su capacidad para extender el dominio mundial de Rusia sin obstáculos sustanciales.

En los últimos años, a medida que Putin ha restringido cada vez más la sociedad civil rusa, ha limitado los medios de comunicación y las fuentes de noticias independientes de su país y ha encarcelado a los líderes de la oposición nacional, ha aumentado su capacidad para perseguir sus objetivos sin obstáculos.  Reviviendo los sueños imperialistas de sus antepasados zaristas, Putin se movilizó para reclamar el imperio que, según él, le fue injustamente arrebatado a Rusia.

A pesar de eso, la decidida resistencia del pueblo ucraniano a la agresión rusa ha demostrado la insensatez de la visión de Putin de una grandeza imperial renovada.  Luego de haber logrado la independencia de Moscú en los años transcurridos desde 1991, los ucranianos no desean volver a su anterior estatus colonial.  A pesar de la superioridad militar de Rusia, el pueblo ucraniano ha defendido su soberanía y su libertad, ganándose el apoyo y el respeto de todo el mundo.

Hasta ahora, la conquista y la gloria han eludido a Putin y sus fuerzas.  En lugar de encontrar un prestigio renovado a través del orden global, Putin se encuentra aislado y condenado, y su versión del siglo XXI del imperialismo ruso es denigrada y denostada en lugar de ser defendida.

Especial para The Washington Post - Lynne Hartnett 

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