El presidente de Rusia parece estar aislado y podría enfrentar retos dentro de su propio círculo de gobierno. FOTO: EFE/EPA/ANDREY GORSHKOV / KREMLIN POOL/SPUTNIK MANDATORY CREDIT.

Los servicios de seguridad de Rusia ya han intentado derrocar a sus líderes en otras ocasiones.

Quienes analizan y observan a Rusia están barajando la idea de que quizás el autócrata ruso, Vladimir Putin, se esté volviendo inestable mentalmente.  Resaltan los discursos en los cuales Putin divaga y parece inventar hechos de la historia sin fundamento real, o a su reprimenda pública y vergonzosa a uno de sus jefes de inteligencia.  Luego están las fotos dignas de memes de Putin sentado en el extremo de mesas ridículamente largas.  Algunos observan que Putin simplemente no tiene buen aspecto físico, con la cara hinchada y menor estabilidad cuando está de pie.  Las especulaciones apuntan a que todo esto se debe al mayor aislamiento del líder ruso, a que se rodea de hombres que le obedecen al pie de la letra o a su angustia por el efecto de las sanciones económicas generalizadas que Occidente y otros aliados han lanzado contra él desde que Rusia invadió Ucrania.  Otros dicen que tiene miedo del Covid-19 y que toma precauciones draconianas.

Putin sí que tiene miedo, pero no del Covid. Teme que le den un golpe de estado.

Los oligarcas no son los que se volverían contra Putin.  Existe una especie de acuerdo de reparto de poder entre Putin y su entorno oligárquico, pero es unilateral y principalmente económico: Putin les permite dirigir grandes entidades lucrativas en Rusia y en el extranjero y, a cambio, le ayudan a blanquear sus propios fondos o le asisten en cualquier otra cosa que necesite.  Pero los oligarcas no tienen acceso directo al poder duro, como la policía u otras fuerzas de seguridad armadas en Rusia.

Tampoco se sublevará el mítico "hombre de la calle" ruso para destronar a Putin.  Hay rusos que apoyan la política de Putin, y otros que simplemente se han vuelto políticamente apáticos.  Muchos creen en la propaganda estatal, la única información noticiosa a la que pueden acceder la mayoría de los rusos.  Aunque en ocasiones los ciudadanos rusos protestan - a veces son miles y decenas de miles - estas manifestaciones siempre son disueltas de manera violenta por la policía y las fuerzas de seguridad.

El Kremlin permite las protestas (que sin duda conoce de antemano debido a la labor de inteligencia realizada entre los organizadores de estas), para que los occidentales crean que, después de todo, quizás haya un poco de libertad de expresión en Rusia.  De este modo, Putin puede afirmar ante sus espectadores occidentales que los rusos tienen derecho a expresar sus opiniones políticas.  Sin embargo, una vez terminados los disturbios, los manifestantes suelen ser encarcelados o puede ocurrirles algo peor.

La verdadera amenaza para Putin proviene de los siloviki, una palabra rusa que se utiliza de forma imprecisa para describir la élite militar y de seguridad de Rusia.  Se trata de personas como Nikolai Patrushev, actual secretario del Consejo de Seguridad ruso, y Alexander Bortnikov, jefe del Servicio Federal de Seguridad ruso (FSB por sus siglas en inglés), así como otros altos funcionarios de seguridad actuales y anteriores.

Hombres como Patrushev y Bortnikov no sólo poseen poder sólido, sino que saben cómo utilizarlo y están dispuestos a hacerlo.  El FSB cuenta con unos 160.000 miembros del servicio de Guardia de Fronteras, así como con miles de personas armadas de las fuerzas del orden.  Pero la fuerza del FSB no sólo proviene de su capacidad para ejercer la violencia; la organización también es muy secreta. Los agentes del FSB son expertos en trabajar en la clandestinidad, manteniendo sus operaciones más delicadas estrictamente compartidas con pequeños grupos. Putin entiende esto mejor que la mayoría: en el pasado, estaba a cargo de la organización.

Los siloviki están dispuestos a utilizar esta mortífera mezcla de poder duro y secretismo cuando surge una grave amenaza para el sistema cleptocrático ruso.  Esto se debe a que la élite de seguridad obtiene su poder del sistema mismo. Toda la operación puede activarse cuando se ve amenazada; las protestas callejeras se toleran hasta cierto punto, y Rusia ha aguantado sanciones occidentales menores en el pasado.  Como las ramas de un viejo árbol, la autocracia cleptocrática del Kremlin puede encajar alguna que otra tormenta, pero si el tronco se pudre, los siloviki tomarán medidas.

Los siloviki son formidables.  Son los hombres que trataron de envenenar al líder de la oposición Alexei Navalny; cuando eso fracasó, lo hicieron encarcelar, aparentemente de forma indefinida. Los jefes del servicio de inteligencia militar ruso, el GRU, planearon y ejecutaron el intento de asesinato de Sergei Skripal utilizando un agente nervioso de grado militar ruso.  Otros siloviki planificaron el asesinato de Alexander Litvinenko, mezclando su té con polonio en un hotel de Londres.  Putin, que al parecer aprobó estas operaciones personalmente, conoce muy bien las capacidades de la élite de seguridad.

De corazón, Putin y los siloviki son todos miembros de la Cheká.  La Cheká fue la primera iteración moderna de una organización que acabó evolucionando hasta convertirse en la KGB.  Pero el nombre o la estructura de la organización son menos importantes que su mentalidad, cuyas raíces se encuentran en Vladimir Lenin y, posteriormente, en Joseph Stalin.  A ambos líderes soviéticos les gustaba recurrir al terror como metodología para controlar a Rusia, y esta tradición se ha transmitido de generación en generación entre miembros de la Cheká. En lo que solía llamarse el "Día de los de la Cheká" en Rusia (ahora llamado con mayor corrección política Día de los Trabajadores de las Agencias de Seguridad), Putin habitualmente hacía llamadas telefónicas de celebración a los altos mandos de lo que los rusos siguen llamando sus "servicios especiales".

Pero lo que probablemente hace perder el sueño del autócrata ruso estos días (y quizás actuar de forma un poco errática) es que Putin, que se toma tiempo para estudiar la historia para poder distorsionarla mejor, no puede haber pasado por alto el intento de golpe de estado contra el líder soviético Mijail Gorbachov en 1991.  En aquel momento, la Unión Soviética se estaba desmoronando.  Las fábricas fracasaban debido a que los empleados simplemente dejaban de ir a trabajar, porque sus empleadores habían dejado de pagarles.

Lo más preocupante para la élite militar y de seguridad era que las repúblicas soviéticas que rodeaban el perímetro del Estado estaban empezando a separarse, declarando su autonomía e incluso su independencia.  Los siloviki observaban un trastorno masivo que podía llevar a la disolución del país, y del poder que habían amasado - tal y como lo habían tenido durante décadas.  En lugar de dejar que el sistema del que derivaban el poder y las riquezas siguiera empeorando, intervinieron y detuvieron a Gorbachov mientras estaba de vacaciones en una de sus dachas.  Al final, el intento de golpe no tuvo éxito, pero marcó el principio del fin del régimen de Gorbachov, y de toda la Unión Soviética.

Putin, con sus antecedentes de la KGB, debe ver los paralelismos obvios.  Occidente, con gran unanimidad de esfuerzos, ha impuesto sanciones aplastantes a Rusia, y el sistema cleptocrático empieza a sentir la presión.

Los primeros en sentir las sanciones serán los oligarcas, que se han acostumbrado a lo largo de los años a exprimir la riqueza de Rusia en virtud del trato preferencial que Putin permite para sus negocios.  Las sanciones a estas empresas van a destruirán la riqueza de sus dueños.  Tendrán más dificultades para blanquear las ganancias mal habidas, lo que significa que será más difícil para ellos y sus familias disfrutar del dinero que han robado al pueblo ruso.  No podrán utilizar sus jets y yates personales (varios de los cuales ya han sido confiscados por los gobiernos occidentales).  Europa, Estados Unidos, Canadá y varias democracias asiáticas no concederán visados a los oligarcas.  La clase oligarca empezará a quejarse, y luego a entrar en pánico.

Los rusos de a pie ya están empezando a sentir el pellizco: informes de tarjetas de crédito y sistemas de pago electrónico que no funcionan.  Los productos occidentales en las tiendas serán más difíciles de conseguir, y aún más difíciles de comprar a medida que el rublo pierde valor.  Y debido a las sanciones impuestas a las aerolíneas rusas, los ciudadanos rusos se verán gravemente limitados en cuanto a los lugares a los que pueden viajar fuera del país (y tal vez incluso dentro de la enorme masa terrestre, ya que los aviones no recibirán las piezas y el mantenimiento necesarios).  Los ciudadanos rusos normales comenzarán a quejarse y  muchos saldrán a la calle, al igual que los varios miles que ya lo han hecho.

Putin minimizará la amenaza proveniente tanto de los oligarcas como de los rusos comunes.  Tiene mecanismos para reprimir a ambos, y lo ha hecho con eficacia en el pasado.  Ningún oligarca olvidará el destino de Mikhael Khodorskovskiy, que pasó 10 años en prisión por desafiar políticamente a Putin y ahora está exiliado en Londres.

Y todos los ciudadanos rusos comprenden, casi a nivel genético, la capacidad de Putin para infligir terror y muerte a los manifestantes.  Los opositores y periodistas rusos no quieren acabar como Boris Nemtsov (fusilado a poca distancia del Kremlin) o Ana Politikovskaya (con un disparo en la cabeza en su edificio).

Pero los siloviki suponen un peligro mucho más grave para Putin. Si la élite de seguridad percibe que el sistema se está pudriendo, hará lo necesario para proteger sus intereses. Tienen armas y personal para amenazar a Putin. Saben cómo operar bajo el radar de Putin, precisamente porque son los que están a cargo del radar.  Y aunque es razonable suponer que Putin tiene algunos medios para controlar a los siloviki, no podrá seguir de cerca sus actos, ni con la precisión necesaria, debido a todos los temas que tiene entre manos.

La invasión de Ucrania ha desencadenado una respuesta fulminante que amenaza la viabilidad del Estado ruso.  Al igual que en 1991, el país corre un grave riesgo.  Los siloviki, que observan la disolución a cámara lenta de la autocracia cleptocrática que los ha mantenido en el poder durante las últimas tres décadas, tienen la capacidad de acabar con el régimen de Putin.  Pueden que decidan actuar.

Putin haría bien en recordar las palabras que Felix Dzerzinskiy, el brutal jefe de la Cheká, pronunció hace más de 100 años:  "Estamos a favor del terror organizado, esto debería admitirse con franqueza. El terror es una necesidad absoluta en tiempos de revolución".

La única pregunta que queda es si los siloviki consideran que el momento actual es de ese estilo.

The Washington Post - Steven L. Hall

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