El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, junto al secretario de defensa de EEUU, Lloyd J. Austin III, y su homólogo británico, Ben Wallace, antes de dar comienzo a una sesión de encargados de defensa de los países afiliados. FOTO: EFE/EPA/STEPHANIE LECOCQ.

Una cosa son las sanciones y el suministro de armas para contrarrestar la invasión rusa, y otra muy distinta es dirigir la economía mundial.

Día a día, la coalición contra Vladimir Putin está llevando a cabo un experimento de alta velocidad para construir y desplegar un conjunto de medidas comerciales y económicas contra un Estado beligerante.  El martes, la UE, cuya velocidad y unidad siguen superando radicalmente las expectativas, intensificó sus sanciones para incluir restricciones al trato con empresas estatales rusas y la prohibición de exportar artículos de lujo a ese país.

Aunque sacar conclusiones sobre el futuro a estas alturas es como haber predicho la conferencia de Bretton Woods en las semanas posteriores a Pearl Harbor, es natural pensar en cómo esto podría cambiar permanentemente la forma de gobernar la economía mundial, el comercio y la energía.  Especialmente si las sanciones desalojan a Putin (poco probable) o lo obligan a un alto el fuego que parezca un fracaso (un poco más probable), se habrá creado un marco político internacional que podría destinarse a fines más sostenibles y creativos.  Sin embargo, hay un montón de obstáculos importantes frente a esa meta.

En primer lugar, la voluntad de la UE de asumir un papel geopolítico más amplio basado en los principios no se ha puesto a prueba fuera de Ucrania.  Es mucho más fácil conseguir el consenso en torno a las sanciones, la venta de armas, la voluntad de absorber las crisis energéticas y la generosidad con los refugiados para un país blanco y mayoritariamente cristiano que aspira a entrar en la UE.  El trato mucho más duro que reciben los refugiados e inmigrantes africanos, de Oriente Medio y Asia que llegan a las fronteras de la UE sugiere que el compromiso de Europa con los valores universales es selectivo.

Además, como el difunto presidente estadounidense George H. W. Bush sabía por experiencia propia, librar de manera exitosa una guerra no garantiza la reelección después de ella.  La política interna seguirá delimitando fuertemente las posibilidades de las políticas comerciales cooperativas de Estados Unidos.  Puede que Ucrania sea el tipo de operación militar y de ejercicio en el arte de gobernar para la cual Joe Biden se ha estado preparando durante décadas, pero está obteniendo malos resultados en las encuestas en cuanto a política económica.  Al parecer, el público estadounidense no relaciona su aprobación de las sanciones a Rusia con la inflación que le desagrada.

En consecuencia, es algo optimista pensar que EEUU está a punto de volverse multilateral o incluso utilizar más las alianzas comerciales y abandonar sus obsesiones con la repatriación de industrias en general, el sector de manufactura en particular y, muy específicamente, el acerero.  Se espera que, al menos, la creación de una coalición contra Ucrania se reproduzca en la gestión de las cadenas de suministro con los aliados — el llamado "friendshoring", por utilizar un neologismo irritante.  Pero la administración mantiene las restricciones a las importaciones de acero, incluidas las procedentes de la UE, y la Casa Blanca y sus asesores siguen impulsando el club del "acero verde" en una forma que muchos en Bruselas consideran proteccionismo cuasi disfrazado.

A corto plazo, la guerra y las acciones del mundo rico han puesto de manifiesto los defectos de las instituciones existentes.  Se esté o no de acuerdo con negar el estatus de nación más favorecida a Rusia en la Organización Mundial del Comercio (pienso que no es lo correcto), el conflicto ha socavado inevitablemente la capacidad de funcionamiento de la institución. Esta semana se han recibido noticias alentadoras sobre un posible compromiso en relación con la liberación de las patentes de las vacunas Covid, pero las negociaciones sobre otras cuestiones están más o menos paralizadas.  Nadie quiere sentarse en una mesa con el embajador ruso para discutir las reglas de comercio electrónico.

En este contexto, parece un error que un grupo de países ricos haya emitido esta semana una declaración casi puramente política en la OMC condenando la invasión rusa, con apenas una referencia de pasada a la solicitud de adhesión de Bielorrusia a la institución. Ningún mercado emergente se adhirió a la intervención, salvo unos pocos de Europa del Este (Moldavia, Albania y Montenegro, estos dos últimos miembros de la OTAN).  La declaración no tendrá ningún efecto práctico, pero fomentará aún más la idea de que la OMC es un lugar para formar bandos y hacer poses, no para negociar acuerdos.

Por supuesto, el polo de influencia que hará que cualquier sistema de gobernanza se desmorone es China.  Cuanto más parezca que cualquier nueva alianza o montaje tiene como objetivo aislar o castigar a China (como con el plan de acero verde de Estados Unidos), más alentará a Pekín a simpatizar con Moscú, o al menos a alejarse de Estados Unidos y la UE.  La economía china es demasiado grande y está demasiado integrada en el sistema comercial mundial como para ser sancionada de igual forma que la de Rusia.

No es realista esperar que los mercados emergentes en masa elijan definitivamente un eje político-económico Europa-EEUU en lugar de uno que incluya a China.  La resolución de la ONU que condena la invasión, aunque fue aprobada por una abrumadora mayoría, recibió algunas abstenciones significativas en África y Asia, incluidas India y Sudáfrica, así como la propia China.  Esto no es una nueva guerra fría, o si lo es entonces la mitad del mundo en desarrollo querrá estar en un nuevo movimiento de países no alineados.

La coalición contra la invasión ha hecho un trabajo notable en esta situación, aunque el apoyo de la opinión pública puede decaer si la guerra se prolonga durante meses y los altos precios de la energía atacan el nivel de vida.  Pero eso no significa que haya creado un aparato de gobernanza mundial que pueda aplicarse fácilmente en otros lugares.

Alan Beattie

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