Washington sorprendió al enviar una delegación a dialogar con Maduro. Esa visita, combinada con otras a Centroamérica, parece presagiar un reacomodo urgente en la región, motivada por la crisis mundial.

Por Leonardo Oliva*

En septiembre de 2021, Joe Biden solo miraba a Afganistán, donde las tropas de Estados Unidos se retiraban por la puerta de atrás luego de 20 años de presencia. Obligado a evacuar a las apuradas después de una sorpresiva y exitosa ofensiva talibán, el presidente norteamericano alejaba más que nunca la mira de América Latina, una tendencia en la política exterior de Washington que venía profundizándose desde la administración Trump o incluso más atrás. Pero solo seis meses después de la huida de Kabul, con el estallido de las bombas rusas en Ucrania, Biden se ve obligado a volver la vista a nuestra región buscando —dicen algunos— quitarle aliados a Vladimir Putin. Si eso implica abrazarse con dictadores, así será para la siempre pragmática diplomacia estadounidense.

De pronto, una incipiente crisis energética mundial resultado de las sanciones a Rusia (segundo productor mundial de crudo y gas), junto al reordenamiento geopolítico que provoca la guerra en Europa del Este, lleva a la Casa Blanca a ‘resetear’ sus relaciones con América Latina. Así lo dio a entender en una entrevista con Americas Quarterly Juan González, consejero de Seguridad para el Hemisferio Occidental de Biden y uno de sus hombres de máxima confianza en política exterior. Él fue uno de los tres altos funcionarios de Washington que viajaron a Caracas para reunirse con Nicolás Maduro el 7 de marzo, en un cónclave que significó la reanudación de las relaciones entre ambos gobiernos, congeladas desde 2019.

La cumbre estuvo rodeada de misterios y desde ambos lados trascendieron solo escuetas declaraciones de rigor. Un día después hubo una consecuencia rápida: la liberación de dos estadounidenses detenidos por el régimen de Maduro en Venezuela, un gesto de distensión tras años de duelos verbales y diplomáticos entre ambos países. Una semana después, la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, aseguró que solo eso motivó la reunión y negó que hayan negociado reducir sanciones a cambio de petróleo.

No fue esta la única señal que Estados Unidos envió hacia América Latina desde que Putin cruzó el Rubicón y rompió la paz mundial. De pronto, la agenda de Washington se llenó de actividades al sur del Río Grande. El 3 de marzo, en otra reunión que trascendió poco, el secretario de Estado, Antony Blinken, recibió a sus pares de Costa Rica (Rodolfo Solano Quirós), República Dominicana (Roberto Álvarez) y Panamá (Erika Mouynes). Lo hizo para respaldar la Alianza por el Desarrollo en Democracia, que esos tres países sostienen en una Centroamérica cada vez más convulsionada por los autoritarismos, que terminan como peones de las autocracias de Rusia y China.  Como si Washington estuviera descubriendo que en los últimos años, ante su mirada indiferente, esas potencias han hecho avances silenciosos en su ‘patio trasero’ tanto en la esfera económica como en la política.

También Colombia, uno de los más firmes aliados de Estados Unidos en América Latina, entró en esta nueva etapa de relaciones. Su presidente, Iván Duque, tras los coqueteos de su gobierno con la reelección de Trump, había recibido un tratamiento frío de la Casa Blanca de Biden. Y lo que es peor, había quedado descolocado tras la cumbre con Maduro. Pero en la misma semana el propio mandatario norteamericano lo recibió en la Casa Blanca, ya en el ocaso de su gestión y mientras los colombianos ven venir la ola izquierdista a su país de la mano de Gustavo Petro, el más firme candidato a suceder a Duque.

El acercamiento con Venezuela no incluye por ahora a los otros dos enemigos declarados de Estados Unidos en Latinoamérica: la Cuba castrista y la Nicaragua sandinista. Con la primera, sin embargo, hubo una señal: Biden evalúa aumentar el personal de su embajada en La Habana, reducido al mínimo durante la administración Trump, según reconoció la vocera de la Casa Blanca hace pocos días. Hacia Ortega, en cambio, parece no haber gestos: el dictador caribeño, que no tiene petróleo como Maduro, parece cada vez más aislado. Posición a la que él contribuye sin ruborizarse, como cuando recibió al titular de la Duma rusa mientras los tanques de Moscú entraban a Ucrania arrasando todo lo que encontraban a su paso.

Entre los analistas internacionales hay consenso de que esta nueva estrategia de Washington es “pragmatismo puro”, como lo definió Juan Negri, director de las Licenciaturas en Estudios Internacionales y en Ciencia Política de la Universidad Di Tella de Argentina: “En ambos lados se ven los resultados geopolíticos del conflicto en Europa del Este. Está bastante claro desde Estados Unidos que esto tiene que ver con la necesidad de evitar una crisis energética en su país. Y para Venezuela es beneficioso venderle su petróleo, es un mercado cercano muy importante”, dijo a CONNECTAS.

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En medio del derramamiento de sangre en Ucrania, que amenaza arrastrar al mundo a otra guerra global y que ya está dejando consecuencias en la economía de los hogares de Occidente, otros dos analistas consultados hablaron de los efectos de la reunión bilateral en Caracas. Michael Shifter, presidente de la ONG Diálogo Interamericano (con sede en Washington) duda de que Biden tenga real interés en nuestra región: “No percibo gran ánimo de Estados Unidos de acercarse más a América Latina. Está más distraído que nunca”.

Pero sí advierte un cambio con respecto a Venezuela: “Como país petrolero representa alguna oportunidad para compensar la prohibición de importar petróleo ruso en Estados Unidos”. Agregó que la administración Biden también tiene el foco en respaldar el diálogo entre el chavismo y la oposición venezolana, trunco desde octubre último. Y en romper con la estrategia que había adoptado su predecesor: “Hay un explícito rechazo de la política de Trump, que básicamente esperaba que hubiera un colapso de Maduro y fracasó. Ellos (los demócratas) están convencidos de que, para salir de la crisis, Venezuela necesita tener una negociación”.

Por su parte, el venezolano Félix Arellano prefiere hablar de un “giro” de Washington más que de un “cambio de 180 grados” en su acercamiento a América Latina. “Los comentarios son que Miraflores promovió ese encuentro y luego ha reaccionado muy activamente para cumplir lo que entendemos son parte de los compromisos (la liberación de los dos detenidos)”, aseguró a CONNECTAS el doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela. Él, por supuesto, no ve un divorcio inmediato de Maduro con Rusia: “Miraflores ha sido muy hábil en sus juegos, los llama multipolares. Empieza una comunicación con Washington, un posible acercamiento, pero no hay una luna de miel. Y no van a desaparecer las sanciones de la noche a la mañana”.

El grado real de este acercamiento entre Washington y Caracas se revelará mientras más se prolongue la guerra en Ucrania. Pero más allá de eso, hay que admitir que el tablero geopolítico mundial ya no es el mismo desde el 24 de febrero, pues los fantasmas de la Guerra Fría han regresado más visibles que nunca. Y con ellos, el recuerdo de políticas como la Alianza para el Progreso, que otro demócrata, John F. Kennedy, implementó en los años sesenta para volcar miles de millones de dólares en los países de América Latina como antídoto ante la revolución cubana y la amenaza soviética.

Hoy, está claro, el contexto es otro. Con la pandemia, el Tesoro de Estados Unidos debió salir al rescate de sus propios ciudadanos y nadie cree que Biden pueda reflotar un programa económico como el de aquella época. Más si hay una guerra que amenaza la estabilidad mundial. Por eso, seducir a los gobiernos latinoamericanos díscolos parece más difícil que nunca. Como dice Juan Negri, “Estados Unidos no está en condiciones de ofrecer nada, va más por el campo de lo simbólico”. Así, en la agenda del presidente norteamericano está marcada en rojo la Cumbre de las Américas en junio próximo, donde será el anfitrión de sus pares con un temario que incluye “prosperidad económica, seguridad, derechos humanos y dignidad”.

Faltan poco menos de tres meses para esa cumbre de mandatarios en la ciudad de Los Ángeles. Muy poco tiempo para que Washington cambie el valor geopolítico le ha dado a América Latina en lo que va del siglo XXI. Y mucho tiempo para la velocidad con la que suceden los acontecimientos desde que Putin decidió romper un orden mundial que parecía intocable. Quién conoce el destino que tendrá allá en junio nuestra región, tironeada una vez más por los intereses de las potencias que reviven la Guerra Fría, pero esta vez sin beneficios a la vista.

Cada semana, la plataforma latinoamericana de periodismo CONNECTAS publica análisis sobre hechos de coyuntura de las Américas. Si le interesa leer más información como esta puede ingresar a este enlace.

* Miembro de la mesa editorial de CONNECTAS