La escasez de pruebas para el Covid podría volver si las nuevas olas que están afectando a China y Europa generan un rebrote en EEUU. FOTO: Washington Post por Bronwen Latimer.

Nos estamos quedando sin dinero para hacer frente a la pandemia, y el Congreso no actúa.

La incapacidad del Congreso para proporcionar financiamiento continuo como respuesta del país a la pandemia me produce un déjà vu.  En diciembre de 2019, tanto yo como otros expertos advertimos que un programa que nos protegía de una potencial pandemia mortal estaba a punto de expirar.  Tres días más tarde, se divulgó la noticia de una serie de casos de neumonía de causa desconocida, que resultaría ser el nuevo coronavirus.  A pesar de las advertencias, no fue hasta el mes de marzo siguiente que el Congreso asignó fondos para responder al coronavirus. Para entonces, algunos estados habían dado la orden de permanecer en el hogar para evitar una mayor propagación del virus.

Uno pensaría que, dos años después de ese paso en falso, nuestros líderes entenderían lo costoso que es en vidas y en dólares vacilar cuando una amenaza parece lejana, sólo para entrar en acción cuando llega a tu puerta.  Pero el desafortunado ciclo de pánico y negligencia que ha marcado nuestra respuesta a los patógenos anteriores no ha cambiado. Como vimos con el Ántrax en 2001, el H1N1 en 2009, el Ébola en 2014, y el Zika en 2016, a medida que la amenaza disminuye, también hay menos financiamiento.

Este ejemplo más reciente de este patrón se produce en un momento en el cual los funcionarios de la administración advierten que necesitan desesperadamente fondos para comprar pruebas, tratamientos, vacunas y otros suministros para combatir el coronavirus.  Sin nuevos fondos, han dicho los funcionarios de la Casa Blanca, el país no tendrá suficientes suministros de vacunas para proporcionar una segunda dosis de refuerzo a quienes las necesiten, y los envíos de tratamientos de anticuerpos monoclonales a los estados tendrán que reducirse.  También se archivarán algunos esfuerzos de vigilancia ante el coronavirus, lo cual dejará a Estados Unidos potencialmente a ciegas una vez más ante las amenazas de variantes que surjan.

A pesar de esta advertencia, un paquete de financiamiento fracasó en el Congreso este mes en medio de disputas partidistas.

Estamos en una situación mucho mejor en comparación con el mes de enero, cuando los casos alcanzaron un máximo de casi un millón al día.  Pero sabemos que la inmunidad disminuye, y menos de la mitad de la población estadounidense elegible se ha aplicado dosis de refuerzo.  La pandemia no ha terminado ni a nivel mundial ni a nivel nacional.  En varios países europeos ya se está produciendo un aumento del número de casos debido a la sub variante BA.2 de Ómicron.  Las oleadas de coronavirus en Europa suelen presagiar oleadas en Estados Unidos.  Un tercio de los centros de análisis de aguas residuales de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) exhiben un aumento del virus.  Si esto no es una advertencia, no sé qué lo será.

Mi experiencia en la respuesta a anteriores amenazas de enfermedad me enseñó a esperar este círculo vicioso de complacencia seguido de hiperreactividad.  Por ejemplo, en agosto de 2016, los CDC advirtieron al Congreso que los fondos federales se habían agotado para combatir el Zika, un virus nacido de un mosquito que estaba causando malformaciones congénitas.  Si el Congreso no actuaba pronto, según los CDC, no habría dinero para mantener los esfuerzos y luchar contra nuevos brotes. El tan esperado financiamiento se aprobó finalmente en septiembre, siete meses después de que el Presidente Barack Obama lo solicitara.  Para entonces, se habían reportado más de 23.000 casos en el territorio continental de Estados Unidos y Puerto Rico, entre ellos 2.000 en mujeres embarazadas.

La confianza del público en el gobierno ya pendía de un hilo muy delgado incluso antes de la pandemia.  Esta falta de confianza, a su vez, ha perjudicado nuestra respuesta al coronavirus.  El último informe del Índice de Seguridad Sanitaria Mundial (GHS por sus siglas en inglés), publicado en 2021, descubrió que la escasa confianza de la población en el gobierno debilitaba el cumplimiento de las medidas de mitigación, como el uso de mascarillas, el cumplimiento de las órdenes de permanecer en casa y los mandatos de vacunación.  Más recientemente, un estudio demostró que la baja confianza de los estadounidenses en el gobierno se traduce en más infecciones y muertes.

Como en otras fases de la pandemia, podría depender de nosotros individualmente el tomar precauciones y prepararnos para lo que está por venir.  Personalmente, he animado a familiares y amigos a que pidan más pruebas rápidas de antígenos del coronavirus, las cuales, por el momento, son ofrecidas de manera gratuita por el gobierno federal.  Mi familia ya ha comprado mascarillas de alta calidad, a pesar de que se han eliminado los mandatos de cubrebocas.  Ante la acumulación de estudios sobre el efecto persistente de la infección causada por el virus, y sobre el covid persistente, no pienso bajar la guardia.  Pensar que por arte de magia la infección no tiene ningún impacto biológico podría resultar desastroso para todos nosotros.

La confianza en la capacidad del gobierno para responder a ésta y a la próxima pandemia no mejorará si continuamos en una senda de complacencia seguida de una oleada de acciones de pánico - esperando a que se produzca una crisis en lugar de pensar en el futuro y planificar y financiar en consecuencia.  El riesgo es demasiado alto y tenemos mucho que perder.  Los logros que habíamos conseguido colectivamente para suprimir este virus mediante la vacunación, las pruebas y el uso de mascarillas están en peligro. Hemos aprendido mucho en estos dos años. No podemos permitirnos cometer los mismos errores.

Washington Post - Syra Madad

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