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Cosechadores transfieren los granos de trigo durante la temporada de verano en Stavropol, Rusia. FOTO: Bloomberg por Andreyi Rudakov.

Hay que proteger a los más pobres contra el impacto del aumento en el costo de los alimentos.

El ejército ruso busca impedir la entrada de alimentos a Mariupol hasta que la ciudad se someta, en un acto de barbarie que constituye casi con toda seguridad un crimen de guerra.  Sin embargo, las repercusiones de la invasión a Ucrania por parte de Vladimir Putin amenazan con causar el hambre, e incluso la inanición, a millones de personas lejos del epicentro de la guerra.

Rusia y Ucrania son grandes productores de alimentos, y representan aproximadamente el 30 por ciento de las exportaciones mundiales de trigo y cebada.  Solo Rusia exporta el 15 por ciento de los fertilizantes del mundo, mientras que Bielorrusia, también sometida a sanciones, es un importante productor de potasa, crucial para el cultivo de la soja que, a su vez, se destina a la alimentación animal.  Si los agricultores de todo el mundo utilizan menos fertilizantes, las cosechas del año que viene en Brasil, Argentina y otras potencias agrícolas podrían desplomarse.

Hay barcos rusos bloqueando las exportaciones de trigo de Ucrania.  Los agricultores ucranianos no tienen semillas ni combustible para sus tractores.  Los precios de los granos son un tercio más altos que cuando comenzó la guerra y dos tercios más que hace un año.

Para los habitantes del mundo rico, la crisis alimentaria que se avecina supondrá una mayor presión al alza en un costo de comestibles ya afectado por la mayor inflación de las últimas décadas.  Para los países más pobres, sumidos en las consecuencias económicas del Covid, el aumento de los precios de los alimentos puede suponer una catástrofe.

Millones de personas que viven en países afectados por conflictos - como Yemen, Etiopía y Sudán del Sur - están al borde de la hambruna.  Los importadores de alimentos desde la India hasta Indonesia se enfrentan a facturas más altas.  Egipto subvenciona el pan, un alimento básico, para 70 millones de personas, lo que supone un enorme gasto para el erario.  Los dirigentes de otros países que se encuentran en una situación similar recordarán el tipo de malestar social, incluida la revuelta árabe, que puede seguir al aumento de los precios de los alimentos.

Considerando lo mal que le ha ido al mundo a la hora de distribuir vacunas de forma equitativa, los augurios sobre cómo se enfrentará a una crisis alimentaria no son buenos.  El Programa Mundial de Alimentos, crónicamente subfinanciado, afirma que el aumento de los costos lo obligará a recortar las raciones de millones de personas, al reasignar los alimentos de quienes están ligeramente hambrientos a quienes están muriendo de hambre.

El remedio más rápido sería, por supuesto, poner fin a la guerra en Ucrania.  A largo plazo, el mundo debería reducir su dependencia de los alimentos y fertilizantes rusos.  Debería invertir más en incrementar los rendimientos agrícolas en África, que todavía tiene muchas tierras cultivables subutilizadas, y reducir el escandaloso desperdicio de alimentos en el mundo desarrollado.

A corto plazo, es evidente que los países más ricos deben aumentar el financiamiento. Las sanciones contra Rusia están totalmente justificadas, pero los países más ricos deben amortiguar el golpe para los más pobres que han quedado atrapados en el fuego cruzado.

Una posibilidad es volver a estudiar la reasignación de los Derechos Especiales de Giro (SDR por sus siglas en inglés), dinero gratis para todos los efectos, de los cuales $650 millardos se crearon dentro el FMI el año pasado como parte de la respuesta a la pandemia mundial.  La mayor parte se destinó a los países ricos que se comprometieron a prestarlos a los pobre, pero esos planes se han atascado.

Los países individuales siguen siendo libres de donar asignaciones.  Deberían considerar hacerlo. Seguramente se podría encontrar algún mecanismo para utilizar los SDR de forma más general para ayudar a los países con sus problemas de balanza de pagos.  Si esto resulta imposible, el FMI tendrá que encontrar recursos de emergencia para asistir a las naciones más vulnerables a hacer frente a su creciente gasto en alimentos.

En la era moderna, las hambrunas son casi siempre provocadas por el hombre.  Amartya Sen, economista Nobel, dijo que no ocurren en una democracia debido a la libre circulación de la información y la consiguiente indignación de la gente.  Pero la democracia está siendo cada vez más atacada.  Putin es el agresor más reciente.  A no ser que lo detengan, tras él llegará el hambre.

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