Construccion en China
Las obras de construcción de Evergrande, la mayor empresa de desarrollo inmobiliario en China, están paralizadas debido a los problemas financieros del conglomerado, el cual suspedió su cotización en la bolsa de Hong Kong la semana pasada. FOTO: EFE/EPA/WU HONG.

El riesgo sistémico en el sector inmobiliario y las primeras señales de similitudes con Japón amenazan tanto a su economía como sus alianzas

A pesar de toda la atención que se presta a los problemas de la economía rusa, aislada y golpeada por las sanciones de Occidente, China, su aliado más importante, también se enfrenta a graves temblores.  Ningún otro país importante está mostrando mayores problemas económicos.

Después de acumularse durante meses, la tensión financiera que emana del sector inmobiliario chino ha estallado hasta niveles sin precedentes en las últimas semanas, lo cual desestabiliza una economía ya frágil y resta probabilidades de que Pekín apoye agresivamente la invasión de Rusia en Ucrania.

Los grandes prestamistas chinos no están seguros de si los desarrolladores inmobiliarios en problemas sólo están sin liquidez y temporalmente faltos de efectivo, o si son insolventes y tienen pocas probabilidades de sobrevivir, por lo cual se muestran cautelosos a la hora de conceder nuevos préstamos. Al tener dificultades para conseguir dinero en su país, los desarrolladores se han visto obligados a pedir préstamos en el extranjero a tasas exorbitantes.  El diferencial entre los bonos de alto rendimiento en el mercado chino exterior y los bonos del gobierno se sitúa ahora en la asombrosa cifra de 3.000 puntos básicos, un nivel no visto desde la crisis financiera de 2008.

La propiedad es fundamental para el crecimiento en China.  Alrededor del 25 por ciento del producto interno bruto y el 40 por ciento de los activos bancarios de China están ligados al mercado inmobiliario, donde los estimados de la tasa efectiva de incumplimiento sobre los bonos de alto rendimiento se acercan a un nivel récord de 25 por ciento.  La dependencia del capital extranjero es elevada, pero en febrero los extranjeros vendieron sus bonos del gobierno en moneda local china a un ritmo sin precedentes, al duplicar el máximo mensual anterior.

Estas incertidumbres se asemejan a las dudas que amenazaban al sistema financiero estadounidense en 2008, cuando los prestamistas no sabían cuales grandes prestatarios sobrevivirían a la crisis y los mercados de crédito se congelaron.  Los responsables políticos chinos parecen ser conscientes de que no pueden permitirse enfrentamientos que desestabilicen aún más las condiciones financieras.

Liu He, el principal asesor económico del presidente chino Xi Jinping, trató recientemente de calmar a los mercados abordando las preocupaciones sobre la forma en que el gobierno está manejando los problemas en el sector inmobiliario, la regulación de las grandes plataformas tecnológicas, un aumento de los casos de Covid-19 y otras cuestiones.  Sus comentarios supusieron un cierto alivio para los mercados financieros, pero el riesgo sistémico en el sector inmobiliario sigue siendo elevado.

El hecho de que el crecimiento del crédito en China siga siendo débil, a pesar de los esfuerzos de los bancos centrales por estimular la economía, puede ser una señal temprana similitudes con Japón en el pasado.  Con deuda creciente, disminución poblacional y turbulencias del mercado, China se parece cada vez más al Japón de los noventa.  Fue ese el momento en el cual Japón entró en una trampa deflacionaria, debido a que los prestamistas se resistían a otorgar préstamos independientemente de la liquidez que el banco central inyectara en el sistema.

La deuda total de China se ha triplicado en las últimas tres décadas, y está cerca del 300 por ciento del PIB, el nivel alcanzado por Japón alrededor de 1990, al comienzo de lo que se denomina sus décadas perdidas.  La población china en edad laboral empezó a contraerse en 2015, un paso hacia el estancamiento que Japón experimentó a mediados de los 90.

Menos trabajadores significa crecimiento más lento.  Al analizar los datos de 200 países en las últimas seis décadas, mi investigación encontró 38 casos en los cuales la población en edad laboral de un país se redujo durante toda una década.  El crecimiento del PIB en esos países fue de apenas un 1,5 por ciento en promedio y solo superó el 6 por ciento en tres casos.  Los tres eran pequeñas naciones que atravesaban circunstancias especiales, como la recuperación de una crisis.

Es prácticamente imposible que se produzca un fuerte crecimiento económico cuando la población en edad laboral se está reduciendo. Esto hace muy improbable que Pekín pueda alcanzar su objetivo de expansión cercano al 6 por ciento, especialmente cuando la productividad también está disminuyendo.

El capitalismo de estado chino fue un éxito cuando el estado estaba en retirada, pero ahora está en acción.  El gobierno está imponiendo regulaciones nuevas y agresivas a los sectores de alta productividad, como el tecnológico, y tomando medidas draconianas para controlar la pandemia.  La campaña de Pekín para reducir a cero los casos de Covid-19 protegió a gran parte de la población de la infección, pero también la dejó vulnerable a las nuevas variantes.  Ahora estas variantes están aumentando, lo que provoca nuevos cierres en el marco de la política "cero-Covid".  La actividad económica, incluida la producción de las fábricas y las ventas al por menor, parece que se contraerá este mes y el próximo.

Por lo tanto, en la nueva guerra fría, Occidente lucha contra a un frente oriental más vulnerable, y posiblemente menos unificado, de lo que muchos observadores mundiales preveían.  Rusia, cuya economía representa apenas una décima parte del tamaño de la china, se encuentra en un estado de peligro financiero sin par, y en gran medida aislada del resto del mundo.  Sin embargo, en una magnitud ampliamente subestimada, China también se enfrenta a peligros y se arriesga a provocar un gran daño a su vulnerable economía si hace algo que frene al capital extranjero.  Esto significa que es probable que Pekín se lo piense dos veces antes de ofrecer un apoyo generoso a Rusia o desafiar las sanciones de Occidente contra la guerra.

El autor es presidente de Rockefeller International

Ruchir Sharma

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