Joe Biden en Polonia
Un gran número de personas se reunió en Polonia para escuchar al presidente de EEUU Joe Biden en ocasión de su viaje a Europa la semana pasada. FOTO: EFE/EPA/RADEK PIETRUSZKA.

La lección que dejó la primera Guerra del Golfo y sus consecuencias para manejar a Rusia.

Al final de su discurso del sábado en Varsovia, el presidente Joe Biden declaró: "Por el amor de Dios, este hombre no puede seguir en el poder". Esta aparente improvisación planteó la posibilidad de que Estados Unidos tenga como objetivo un cambio de régimen al mismo tiempo que Rusia invade Ucrania - aunque los funcionarios de la administración, incluido el propio Biden, han moderado sus declaraciones y negado este objetivo.

Algunos comentaristas han alabado la frase de Biden, pero la experiencia de Estados Unidos con Irak de la década de 1990 muestra cómo este tipo de declaraciones pueden limitar el pensamiento estratégico, crear expectativas políticas que distorsionan la estrategia, alienar a los aliados y endurecer la determinación de los rivales. Aunque existen diferencias entre ambas situaciones, entender cómo Estados Unidos abrazó el cambio de régimen en Irak, incluso antes del 11-S, puede ayudar a evitar errores similares en la actualidad.

Después de que Saddam Hussein invadiera Kuwait en agosto de 1990, la administración de George H.W. Bush reunió una coalición mundial que impuso sanciones, envió fuerzas militares a la región y exigió que las tropas de Hussein abandonaran Kuwait.

A medida que se desarrollaba la crisis, Bush y sus asesores decidieron no llevar a cabo un cambio de régimen porque ello fracturaría su coalición internacional, daría a los Demócratas una oportunidad para criticar a Bush por inflar los objetivos de Estados Unidos y correría el riesgo de atrapar a las fuerzas estadounidenses en una ocupación. Sin embargo, Bush y sus ayudantes veían el cambio de régimen como una esperanza -si no como una política-, porque suponían que tratar con el Irak de la posguerra sería más fácil si se derrocaba a Hussein. Como dijo el presidente al Consejo de Seguridad Nacional (NSC por sus siglas en inglés) el 6 de agosto de 1990, "no estará todo tranquilo hasta que Saddam Hussein sea historia".

Richard Haass, experto en Oriente Medio del NSC, diseñó la estrategia de contención de la administración, que pretendía navegar por un terreno intermedio entre el cambio de régimen y la normalización. Haass argumentó que las fuerzas estadounidenses debían permanecer en la región para hacer cumplir las sanciones, que se mantendrían hasta que Hussein cumpliera con los inspectores de armas de la ONU que destruirían sus programas de armas de destrucción masiva. Cooperar con los inspectores proporcionaría a Irak un camino claro para volver a tener un estatus normal en la política internacional, al tiempo que limitaría la capacidad del país para amenazar la estabilidad regional.

Sin embargo, la propia guerra y su desordenada conclusión condujeron a una escalada gradual de los objetivos de Estados Unidos. Los altos cargos de la administración dudaban de que Hussein pudiera sobrevivir a la combinación de las fuerzas de la coalición que desalojaban a sus tropas y a los levantamientos de kurdos y chiítas tras la derrota iraquí - y se sintieron decepcionados cuando Hussein siguió en el poder. Los críticos de Bush reprochaban al presidente, primero por no aplastar a las fuerzas de la Guardia Republicana que se retiraban de Kuwait, y luego por negarse a ayudar a los rebeldes iraquíes hasta que una crisis humanitaria en el norte de Irak llevó una intervención estadounidense.

En este contexto, la administración Bush comenzó a ampliar los objetivos y la retórica de Estados Unidos. La primera vez que Bush abogó abiertamente por un cambio de régimen fue en un discurso pronunciado el 15 de febrero de 1991, en el que afirmó: "Hay otra forma de detener el derramamiento de sangre, y es que el ejército iraquí y el pueblo iraquí tomen el asunto en sus propias manos y obliguen a Saddam Hussein, el dictador, a apartarse."

Bush explicó más tarde que lo dijo "impulsivamente" y que su intención era llamar a un golpe militar y no a un levantamiento popular. De hecho, la administración de Bush siempre había visto un golpe de estado como una forma de resolver la crisis y no creía que las declaraciones del presidente hubieran creado una nueva política.

No obstante, los llamamientos oficiales al cambio de régimen se intensificaron en la primavera de 1991. El 13 de marzo, Bush declaró que sería "imposible mantener relaciones normales con Irak mientras Saddam estuviera allí". En abril, se comprometió a mantener las sanciones mientras Hussein siguiera en el poder, lo que supuso un vuelco total de la visión de Haass sobre la contención y de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que autorizaban el uso de la fuerza para derrotar la agresión de Hussein pero no para derrocarlo.

Ni Bush ni su sucesor, Bill Clinton, hicieron mucho por promover el cambio de régimen más allá de los intentos fortuitos de fomentar un golpe de Estado, pero declararlo como objetivo político creó una serie de problemas durante la década siguiente.

En primer lugar, abrió una brecha entre Estados Unidos y sus aliados. La mayoría de los países de la coalición como China, Rusia, Francia y la mayoría de los Estados de Oriente Medio reunidos contra Hussein, dijo que las sanciones debían levantarse a medida que cumpliera con las inspecciones. Esta desavenencia creció tanto que, al final de la década, Francia, Rusia y China pidieron el fin de las sanciones aunque los inspectores de armas no habían terminado su trabajo.

Por el contrario, la posición de Bush redujo los incentivos de Hussein para cooperar con las inspecciones. Haass había imaginado el cumplimiento de las inspecciones como una forma de salir de las sanciones. Sin esa salida, Hussein tenía pocas razones para cooperar, sobre todo porque creía que cultivar el mito de que tenía armas de destrucción masiva disuadía a los enemigos regionales y acobardaba a su pueblo.

Haber inflado el estándar de éxito, que de desactivar y disuadir la agresión y reducir la capacidad militar iraquí pasó a ser derrocar el régimen, hizo que muchos responsables políticos estadounidenses consideraran la contención como algo inadecuado. En 1998, la frustración por la contención y la continua obstrucción de las inspecciones por parte de Hussein llevaron al Congreso a aprobar la Ley de Liberación de Irak, de carácter bipartidista, que convirtió el cambio de régimen en la política oficial de Estados Unidos.

Por último, la postura de Bush limitó la libertad de acción de sus sucesores. Clinton lo descubrió por las malas poco antes de tomar posesión de su cargo, cuando declaró en una entrevista: "El pueblo de Irak estaría mejor si tuviera un líder diferente. Pero mi trabajo no es elegir a sus gobernantes por ellos". En cambio, Hussein podría tener "una relación diferente con Estados Unidos" siempre que cambiara "su comportamiento". Los comentarios provocaron una fuerte reacción, y Clinton no tardó en negar cualquier intención de "normalizar las relaciones" con Irak.

El episodio puso de manifiesto que, sin cambiar oficialmente de política, el respaldo de Bush al cambio de régimen se había combinado con el enfado por la supervivencia, la brutalidad y el persistente acoso de Hussein a los inspectores para crear una nueva línea roja en la política estadounidense, que impedía una estrategia más flexible.

Los comentarios improvisados de Bush contribuyeron involuntariamente a desencadenar las fuerzas que, a finales de la década, llevaron a la mayoría de los responsables de la política exterior estadounidense a considerar que la contención había fracasado o estaba a punto de fracasar. Este consenso limitó el debate, antes de la invasión estadounidense de Irak en 2003, a cómo lograr el cambio de régimen, en lugar de si era necesario, y si una renovada estrategia de contención podía manejar la amenaza iraquí. Como dijo a principios de 2002 Sandy Berger, último asesor de seguridad nacional de Clinton, con Hussein no se podía "concertar". Nuestro objetivo debe ser el cambio de régimen. La cuestión no es si hacerlo, sino cómo y cuándo".

Este giro semideliberado hacia el cambio de régimen en Irak entre 1990 y 2003 no es un camino que Estados Unidos quiera tomar con Rusia, un estado mucho más poderoso. Biden no tiene ningún medio aceptable para lograr un cambio de régimen en Rusia y no tiene que perseguir este fin para obligar a Putin a retirarse de Ucrania. El caso de Irak también demostró vivamente que la destitución brusca de un dictador arraigado desde hace mucho tiempo puede desatar el desorden civil y regional,lo cual causará nuevos problemas a la política exterior de Estados Unidos.

Biden tiene razón al expresar su indignación moral ante la brutalidad, las falsedades y la desnuda agresión de Putin. Además, merece una distinción por la actual estrategia de sanciones, la disuasión, el apoyo material a Ucrania y por haber reunido a una amplia coalición. Pero el caso de Irak demuestra que si el oprobio moral y los exabruptos frustrados hacen que parezca que Estados Unidos apoya el cambio de régimen, puede distorsionar la estrategia, desbaratar coaliciones vitales, elevar los estándares políticos para el éxito y alejar a Putin de la negociación. Eso socavaría los objetivos estadounidenses y empujaría al mundo hacia una crisis mayor.

Putin ya dice que Estados Unidos lleva años intentando derrocarlo y que en esta crisis se juega el destino de Rusia. Confirmar sus delirios sólo aumentará su imprudencia, le permitirá hacerse pasar por el defensor de la soberanía rusa contra una amenaza extranjera existencial y reducirá el espacio para un posible compromiso.

Una de las tragedias de la política exterior es que Estados Unidos tiene que luchar contra la agresión sin poder eliminar siempre sus raíces, que, en este caso, se encuentran principalmente en Putin y su régimen. Pensar que Estados Unidos puede trascender esta tragedia podría crear problemas mucho peores, como demuestra la dolorosa experiencia en Irak. Vencer la agresión de Putin y restaurar la soberanía ucraniana son tareas lo suficientemente importantes como para no tener que adoptar un cambio de régimen y los riesgos que ello conlleva.

Washington PostJoseph Stieb

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