Maddie Wesley, en el centro, empleada de Amazon y tesorera del nuevo sindicato de la empresa en Staten Island, celebra junto a otros empleados y partidarios luego de la victoria en las elecciones sindicales. FOTO: Washington Post por Yana Paskova.

La victoria de las bases en Staten Island demuestra el poder de organización desde la base hacia arriba.

El almacén que tiene Amazon en Staten Island es un lugar de trabajo completamente del siglo XXI en el cual los recopiladores humanos seleccionan los artículos de las estanterías y se las trae una flota de robots.  Sin embargo, cuando los líderes del recién creado Amazon Labor Union (ALU) quisieron sindicalizar el lugar, recurrieron a un manual titulado Organizing Methods in the Steel Industry (Métodos de organización en la industria siderúrgica) de 1936.  El folleto recomienda, entre otras cosas, un "sistema concatenado" a través del cual los trabajadores reclutan a otros trabajadores.

Que los empleados de Amazon se remitan a la historia de la industria siderúrgica no es tan extraño como podría parecer.  El acero era una industria vital de la economía estadounidense hace un siglo, al igual que hoy lo es el comercio electrónico.  En los años 30, las grandes empresas siderúrgicas se resistían a los sindicatos y los presentaban como intermediarios entrometidos.  "Las personas ajenas no fueron necesarias en el pasado", advertía un manifiesto de Bethlehem Steel a los trabajadores.  "No ha sucedido nada que las haga necesarias ahora".

La semana pasada, los trabajadores del almacén de Amazon en Staten Island hicieron historia al convertirse en la primera planta de la empresa en EEUU en sindicalizarse.  Los organizadores han atribuido su éxito a que su naciente sindicato está dirigido por trabajadores y no por personas que podrían ser tildadas de "ajenas" a la compañía.  El líder, Chris Smalls, es un exempleado del almacén.  Otros miembros clave siguen trabajando allí y hablaban con sus compañeros sobre el sindicato en los descansos y en la parada del autobús después de los turnos.  Llevaban comida; conseguían números de teléfono; repartían camisetas.

Los sindicatos están desesperados por posicionarse en Amazon por una buena razón. La empresa es tan vasta que también puede moldear las condiciones de trabajo en otras empresas.  Una vez estuve en una conferencia de ejecutivos de empresas de reparto del Reino Unido que admitieron que pagaban muy poco a sus trabajadores, pero se quejaban de que no tenían otra opción porque Amazon había logrado que los consumidores esperen que la entrega de sus productos sea gratis y súper rápida.  Incluso los países con sindicatos fuertes luchan contra esta dinámica: El sindicato alemán Verdi organiza periódicamente huelgas en los almacenes de Amazon para intentar que la empresa cumpla con los convenios sectoriales más amplios.

El uso de tecnología desplegado por Amazon para controlar a los empleados también se ha extendido a otras empresas.  En 2020, lanzó AWS Panorama, que utiliza tecnología de visión artificial para analizar imágenes de las cámaras de seguridad instaladas en los lugares de trabajo con el fin de detectar cuando los empleados no cumplen las normas, como el distanciamiento social.

El asunto más importante es si la victoria en la planta de Amazon marcará un punto de inflexión para el movimiento sindical estadounidense en general.  Los números siguen siendo sombríos.  El año pasado, solo el 10,3 por ciento de los empleados estadounidenses estaba afiliado a un sindicato, en comparación con el 20 por ciento de principios de la década de 1980.  Entre los jóvenes de 16 a 24 años, que trabajan de forma desmedida en sectores sin sindicatos, la cifra era de solo el 4,2 por ciento.  EEUU no es el único país: la afiliación sindical se ha reducido a un promedio de la mitad en los países de la OCDE desde 1985.

No obstante, había señales de un cambio incluso antes de esta victoria.  Una encuesta de Gallup del año pasado reveló que el 68 por ciento de los estadounidenses aprobaban los sindicatos, la cifra más alta desde 1965.  Los trabajadores han empezado a formar sindicatos en lugares inesperados, desde las sucursales de Starbucks hasta empresas de tecnología y revistas de moda.  El contexto macroeconómico también importa: la escasez de trabajadores desde la pandemia hace que la gente se sienta más segura a la hora de arriesgarse.

También es posible que la experiencia de los "trabajadores esenciales" durante la pandemia haya hecho mella en el miedo existencial a que los robots puedan pronto sustituir sus puestos de trabajo.  A pesar de todo lo que se dice sobre la inminente ola de automatización que provocará un desempleo masivo, los robots no han resuelto problemas como la escasez de camioneros.  "Para hacer mi trabajo de preparación de pedidos en secuencia, no existe ahora mismo ninguna máquina que pueda hacerlo", me dijo recientemente un trabajador del almacén. "La clase dominante lo llama trabajo no calificado, dicen que es trabajo no calificado, porque cualquiera puede hacerlo.  Si cualquiera puede hacerlo, entonces cualquier máquina puede hacerlo, pero obviamente no han programado o construido una máquina que pueda hacerlo".

Los robots de Staten Island no amenazan con desplazar a los humanos, pero sí imponen un ritmo de trabajo implacable, un asunto que contribuyó a galvanizar el apoyo al sindicato. Cuando el Comité de Seguridad y Salud Laboral de Nueva York, una organización de trabajadores, sindicatos y profesionales de la salud y la seguridad, encuestó a 145 trabajadores del almacén, dos tercios dijeron que experimentaban dolor físico mientras hacían su trabajo (especialmente en los pies, rodillas, espalda, tobillos, hombros y manos).

Hace mucho tiempo que los sindicatos esperaban este momento.  La victoria en Amazon sugiere que los lugares de trabajo estadounidenses como éste sí pueden sindicalizarse, pero solo desde dentro.

Sarah O'Connor

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