El comercio internacional desde China, consumado en gran medida en contenedores de mercancía fluvial, podría frenarse en parte debido a que los países están buscando formas de desmontar la globalización y crear industrias domésticas para reducir los riesgos financieros y económicos de las externalidades como la pandemia y la guerra en Ucrania. FOTO: Bloomberg por Qilai Shen.

La crisis financiera, la pandemia y la guerra tensan las cadenas de suministro.

Cuando el director ejecutivo de la compañía de gestión de activos más grande del mundo proclama el fin de la globalización, llegó la hora de tomar nota. Larry Fink, el fundador de BlackRock, escribió recientemente en su carta a los accionistas que la guerra en Ucrania, que se suma a los cambios en la cadena de suministro relacionados con la pandemia, ha puesto fin a las últimas tres décadas de globalización.  Espera que más empresas y gobiernos fabriquen y se abastezcan a nivel nacional y regional, en lugar de hacerlo a nivel mundial.  La guerra marca "un punto de inflexión en el orden mundial de la geopolítica, las tendencias macroeconómicas y los mercados de capitales", escribió.

Se trata de un cambio que, de hecho, se viene produciendo desde hace una década o más. En cierto sentido, el desacople entre las mayores economías del mundo, EEUU y China comenzó en realidad el día después de la caída de Lehman Brothers, cuando China puso en marcha su enorme programa de estímulo fiscal y se empezó a replantear la liberalización del mercado financiero al estilo angloamericano.

Pekín no está sola en esto; muchos países han decidido que el capital global se ha separado demasiado, durante los últimos 40 años aproximadamente, de las economías nacionales, lo cual ha creado tensiones y desigualdades dentro de muchas naciones.  A veces, estas tensiones han dado lugar a reacciones populistas contra la globalización, definida comúnmente como la capacidad de los productos, las personas y el capital para desplazarse hasta donde sea más productivo hacerlo.

Las últimas décadas de globalización han creado una prosperidad sin precedentes a nivel mundial.  Sin embargo, dentro de la mayoría de los países, la desigualdad creció. Parte del descontento se debe al estancamiento de los salarios y a la pérdida de puestos de trabajo, sobre todo para los trabajadores manuales y las clases medias bajas de los países ricos. La mayor parte se debe a la disrupción tecnológica de los mercados laborales, pero otra parte se debe a lo que académicos como David Autor han llamado "el shock de China", es decir el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio.

A partir del año 2000, el flujo de capitales occidentales hacia una nación con un mercado de mano de obra barata de dimensiones sin precedentes frenó los salarios industriales y el empleo en EEUU.  Contribuyó a la dinámica de que "el ganador se lleva todo", en la cual las mayores empresas multinacionales, China y otros países asiáticos de alto crecimiento acapararon la mayor parte del incremento de los ingresos.  Eso fue promovido por la falta de una política antimonopolio adecuada en EEUU y la excesiva desregulación financiera y empresarial en todo Occidente.  De hecho, la globalización nunca fue completa, ya que Pekín también delimitó sus mercados de capitales y protegió industrias estratégicas de forma que no se ajustaba a las normas de la OMC.

Los países en desarrollo más pequeños se han quejado durante mucho tiempo de que el libre comercio sin restricciones los perjudica.  Ahora, muchos países ricos también se quejan de ello.  La solución no son las guerras comerciales para empobrecer al vecino, sino los cambios en la política nacional y en las instituciones internacionales para ayudar a salvar lo mejor de la globalización, al tiempo que se ayuda a reconectar la economía global con la prosperidad nacional de manera que los votantes sientan que sus líderes están velando por sus intereses.

La crisis financiera, las pandemias y las guerras han centrado la atención de las empresas en la vulnerabilidad de las cadenas de suministro mundiales en períodos de tensión. Los planes de China de promover la economía circular pueden provocar que un mundo más bipolar sea un hecho consumado. El futuro pasa por una mayor regionalización. El aumento de los salarios en Asia, el encarecimiento de la energía y las normas medioambientales y sociales encarecen las largas cadenas de suministro.  Las regiones difieren sobre cómo regular los datos y las economías digitales.  También influirá la política más díscola.

Los péndulos económicos oscilan.  Este ciclo particular de globalización ha durado 40 años. La esperanza está en que las cosas no se desvíen demasiado en la dirección opuesta a medida que avanzamos hacia un nuevo orden mundial.

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