El presidente Vladimir Putin en una reunión virtual del consejo de seguridad Ruso. FOTO: EFE/EPA/MIKHAIL KLIMENTYEV / KREMLIN POOL / SPUTNIK / POOL MANDATORY CREDIT.

Los rusos justifican el fratricidio de Putin porque Occidente, y los "ucranianos internos", representan una amenaza existencial.

Este primero de abril próximo pasado, Aleksey Zhuravlyov, miembro de la cámara baja del parlamento ruso, le dio un giro a la visión del Kremlin en cuanto a la guerra en Ucrania.  Y lo hizo frente a los millones de espectadores que tiene un influyente programa de entrevistas ruso.  Rusia no estaba luchando realmente contra Ucrania ni contra los ucranianos; el verdadero enemigo era el bloque occidental encabezado por Estados Unidos.  "Tenemos que introducir un nuevo término", dijo Zhuravlyov.  "La guerra de Biden".

Se trata de una artimaña creativa teniendo en cuenta que el propio presidente Vladimir Putin prefiere justificar la agresión rusa con una retórica más insular. Ha dicho que los rusos y los ucranianos son un solo pueblo, mientras que la propaganda del Kremlin, especialmente los tóxicos programas de entrevistas de la televisión, promueven la idea de que quienes defienden la auténtica independencia de Ucrania de Rusia son una banda de nazis.

Sea la "guerra de Biden" o la de Putin, los rusos se han solidarizado con la bandera, y lo más probable es que eso se deba a que el Kremlin les ha hecho ver la guerra como una opción existencial: O ganas la guerra, o tu vida será destruida.

Las encuestas disponibles muestran un importante apoyo a la guerra, así como un aumento del patriotismo.  Según el Centro Levada, una respetada organización independiente de opinión pública, el número de rusos que pensaban que el país iba en la dirección correcta pasó del 52 por ciento antes de la invasión al 69 por ciento después, y el índice de aprobación personal de Putin se disparó a un enorme 83 por ciento.  Pero estas cifras vienen con una importante advertencia.  La nueva legislación tipifica como delito "desacreditar a las fuerzas armadas", que se castiga con hasta 15 años de cárcel, y eso puede abarcar todo tipo de cosas, incluso decir que la guerra es una guerra, circunstancias que ponen en duda la representatividad de las encuestas o la veracidad de las respuestas. Como quedó demostrado en un experimento realizado por investigadores de la London School of Economics, el apoyo a la guerra baja 15 puntos porcentuales cuando se motiva a la gente a decir lo que piensa.

Sea cual sea el verdadero nivel de apoyo, está claro que los rusos no necesariamente se creen la justificación de Putin para la invasión. En un proyecto conjunto con la encuestadora ucraniana KIIS, el Centro Levada lleva años preguntando a los rusos qué tipo de relaciones prevén entre su país y Ucrania. En una encuesta realizada en diciembre, solo el 18 por ciento de los rusos dijo que quería que los dos países se convirtieran en uno, mientras que el 51 por ciento señaló que quería que Rusia y Ucrania fueran países independientes con una frontera abierta, y el 24 por ciento respondió que quería países independientes con una frontera rígida.

En un sondeo del Centro Levada publicado el día que Putin inició la invasión, sólo el 25 por ciento de los rusos apoyaba que Rusia ampliara sus fronteras para incluir las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Luhansk - Dombás donde se concentra ahora gran parte de los combates más intensos, a la vez que el 33 por ciento quería que la región se independizara y el 26 por ciento prefería que siguieran formando parte de Ucrania.

Eso no suena a un pueblo que cree, como Putin, que Ucrania es parte de Rusia y que los ucranianos son rusos. Sin embargo, es difícil negar que la guerra es fratricida, y eso hace que sea más complicado “vendérsela“ al pueblo ruso. ¿Cómo se puede arrasar con ciudades ucranianas donde millones de rusos tienen familiares y amigos? Considere el propio liderazgo de Rusia: La número 3 de la jerarquía oficial, Valentyna Matviyenko, es de Shepetivka, ciudad ubicada en el oeste de Ucrania; el actual negociador en jefe de Rusia en Ucrania, Vladimir Medinsky, nació en Smila, no muy lejos de Kiev; su predecesor, Dmitry Kozak, creció en una zona rural del centro de Ucrania, predominantemente ucraniana, y no en una de sus regiones rusoparlantes.  O, por ejemplo, las personas directamente involucradas en la agresión rusa contra Ucrania: Dmitry Sablin, al igual que Zhuravlyov, miembro de la Duma, es oriundo de Mariupol, una gran ciudad ahora prácticamente arrasada por el ejército ruso; Sablin es responsable del enlace del parlamento ruso con Donetsk.  Y un general al que Putin concedió una medalla "por la devolución de Crimea" es también el suegro de Pavlo Klymkin, quien dirigió el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania durante cinco años tras el primer ataque de Rusia, en 2014.

El modelo de relaciones profundamente entrelazadas se extiende a la sociedad rusa en general. Tener algún tipo de conexión al otro lado de la frontera es la norma, no la excepción.

Entonces, ¿cómo justifican los rusos el apoyo a lo que hasta ahora ha sido una serie de crímenes contra la humanidad cometidos contra un pueblo que es el equivalente trasnacional de un pariente cercano?

El Kremlin emplea aquí dos narrativas relacionadas entre sí. La primera plantea que el enemigo es Occidente, no Ucrania. Este enfoque convierte a Rusia en el bando más pequeño y débil del conflicto, en una víctima, no en un agresor. La guerra, en este escenario, surge como el clímax de una escalada impulsada por Occidente a medida que la OTAN se fue expandiendo hacia las fronteras rusas en las últimas tres décadas.

El negociador Medinsky, más conocido en Rusia como un artífice de los relatos históricos promovidos por el régimen de Putin, expresa mejor el segundo enfoque: "La propia existencia de Rusia está en juego ahora", dijo el mes pasado.  Rusia, en esta narrativa, está atravesando un periodo como el que condujo a la Revolución Bolchevique en 1917, o el que se produjo cuando el sistema soviético se desmoronó a principios de los años noventa.

Los mensajes destinados a activar el instinto de supervivencia son extremadamente poderosos en Rusia, donde las diversas invasiones de Occidente, incluido el intento de Adolf Hitler de exterminar a los eslavos orientales como raza, definen la experiencia histórica. Existe un modo de comportamiento colectivo ruso ante el peligro mortal: La gente se olvida de sus viejas quejas y se une al líder, aunque sea odiado por muchos. Esto es lo que ocurrió en 1941, cuando las víctimas y los autores del genocidio comunista se unieron bajo el mando de Joseph Stalin para repeler la amenaza existencial que suponían los nazis.

Los rusos no se enfrentan ahora a una amenaza existencial, por supuesto.  Más bien, es su propio país el que representa una amenaza existencial para un vecino.  Pero la tendencia humana es a aferrarse a relatos reconfortantes, en lugar de los verdaderos.  Hace falta algo parecido a la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial para aceptar la realidad. Además, esa aceptación toma décadas, no pocos años o meses.

La sociedad rusa que se vio liberada de su prisión totalitaria en 1991 estaba muy traumatizada por un siglo de genocidio absoluto y la sombría existencia soviética. Luego se volvió a traumatizar con la agitación de los años 90. Ahora en las circunstancias actuales, la gente parece decidida a resistirse a sufrir un nuevo trauma. Siguen sin darse cuenta de que cuanto más nieguen la realidad, peor será el trauma futuro.  A diferencia de los ucranianos, los rusos ni siquiera tienen la ilusión de que Occidente los acoja e integre después de este conflicto.  Los rusos pro-Putin asumen que todo lo que Occidente quiere es castigarlos, por lo que harán todo lo posible para posponer este castigo o evitarlo por completo.

Mientras tanto, los rusos de mentalidad opositora están viendo la carnicería que Putin ha llevado a las ciudades de habla rusa en Ucrania y se dan cuenta de que puede hacer lo mismo en Rusia si la gente se levanta contra él.  Ellos entienden el mensaje.  Cuando Putin dice que los rusos y los ucranianos son un solo pueblo y luego -en el siguiente aliento- comienza a matar a estas personas en masa, está desatando una guerra civil, según su propia lógica.  Por ahora, eso se limita a un país vecino.  Sin embargo, algunos comentaristas pro-Kremlin, entre ellos el director de una importante revista de historia y un conocido escritor, han empezado a etiquetar a los miembros de la oposición rusa como "ucranianos internos".  Esto implica que los rusos anti-Putin deben ser tratados con la misma crueldad que los ucranianos, porque quieren destruir Rusia.  Sergey Naryshkin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, lo explicó en detalle. Los rusos que no apoyaron la "operación especial" en Ucrania podrían esperar el mismo destino que el de Ivan Mazepa, un líder ucraniano del siglo XVIII que se puso del lado de los suecos contra Pedro el Grande, perdió la guerra y murió en el exilio.

Los rusos cuentan con pocas opciones que no conduzcan a la autodestrucción.  Occidente podría pensar que al aumentar la presión económica y militar logrará un cambio de comportamiento, y quizás incluso un colapso del régimen de Putin, pero puede provocar todo lo contrario, al unir a la gente en lo que consideran una batalla apocalíptica por la supervivencia.

Putin no era una estrella totalitaria en ascenso cuando desató la guerra en Ucrania.  Era un líder autoritario en declive que prolongaba su vida política promoviendo el conflicto y la polarización.  Esta guerra le compró unos cuantos años más en el poder. Paralizó la resistencia a su régimen convirtiendo a sus partidarios en cómplices de crímenes de guerra y a los que se le oponen en enemigos del Estado.  En realidad, no necesita ocupar Ucrania; necesita la guerra en sí misma.

Occidente no ganará este conflicto a menos que consiga que los rusos se le unan.  Pero sin una visión claramente definida de una Rusia posterior a Putin plenamente integrada a Occidente -el tipo de visión que inspira a los ucranianos a luchar contra Putin- el vector de la sociedad rusa seguirá siendo fratricida y, cada vez más, suicida.  Esto es una mala noticia para todos los habitantes del planeta, dado que el arsenal nuclear de Rusia es capaz de destruir a la humanidad.  Como dijo Putin en una ocasión: "¿Para qué necesitamos el mundo si Rusia no está en él?”.

Washington Post - Leonid Ragozin

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