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El gigante Google fue uno de los firmantes de la carta | FOTO: Bloomberg por David Paul Morris.

La inversión en ESG no considera las realidades derivadas del poder del mercado en una época de concentración empresarial e ingresos crecientes.

Las personas que se preocupan por crear un sistema de mercado más justo y sostenible tienden a pensar en cosas como la inversión en materia ambiental, social y de gobierno corporativo (ESG por sus siglas en inglés) y el "capitalismo inclusivo".  Sin embargo, en lo que tienen que empezar a pensar es en el poder.

Evaluemos la compra de Twitter por parte de Elon Musk.  Tesla se sitúa por encima del promedio en muchas de las métricas que calcula JUST Capital, una influyente organización sin fines de lucro centrada en el capitalismo inclusivo.  No obstante, su director ejecutivo se está preparando para vender una gran parte de sus acciones del fabricante de automóviles eléctricos, una empresa que realmente podría hacer algo bueno en el mundo, para comprar una plataforma de redes sociales que posiblemente lo ha empeorado.  Musk, que piensa sacar a la empresa de la bolsa, podría, por ejemplo, volver a habilitar al antiguo tuitero en jefe, Donald Trump.

Retratar a Musk como el salvador de la libertad de expresión y la democracia puede parecer ridículo para algunos.  Se trata de un hombre, después de todo, que considera los impuestos como una especie de asalto personal y que, sin embargo, ha disfrutado de miles de millones en subvenciones gubernamentales.  Aun así, no es el único ejemplo reciente de un milmillonario que se hace pasar por defensor del bien público.

Pensemos en la carta que envió Carl Icahn, el inversor activista y veterano de algunas de las batallas de poder más hostiles de Wall Street, a la cadena de supermercados Kroger la semana pasada, en la cual criticó el historial de la empresa en cuanto a los salarios corporativos.

"Lo que es totalmente censurable es que ustedes hayan conseguido beneficiarse personalmente de los altísimos márgenes generados por la pandemia y, al mismo tiempo, no haya cumplido con su promesa de pagar una ‘bonificación de héroe’ a los trabajadores de primera línea", escribió.

Icahn continuó: "Esta burla a la meritocracia es el ejemplo por excelencia de porqué el capitalismo y las empresas tienen mala fama y la gente se desilusiona con el sueño estadounidense".

Icahn, siempre hábil para explotar la política del momento, se ve a sí mismo, como Musk (por más improbable que parezca), como un defensor del débil.  Pero tiene algo de razón.

Los reguladores de Washington están empezando a hurgar en cualquier empresa que se considere que se ha beneficiado de las actuales presiones inflacionarias en la economía mediante el aumento injustificado de sus márgenes de ganancia.

Algunas de las principales empresas no se han cubierto de gloria y los directores ejecutivos se jactan del poder que tienen para fijar precios durante las convocatorias para informar resultados.

En cambio, los dueños capitalistas, "aunque se muestran firmes en cuanto a las obligaciones de las empresas en muchos ámbitos, han guardado un silencio absoluto" sobre los casos de concentración de poder empresarial, afirman Denise Hearn, investigadora principal del American Economic Liberties Project y la abogada especializada en competencia Michelle Meagher, cofundadora del Balanced Economy Project. Tienen un buen argumento

La semana pasada, ambas publicaron un documento en el que sostienen que a quienes les importa que los mercados sean más equitativos deberían centrarse en el poder de los monopolios. "La disonancia inherente entre el perpetuo deseo de lograr mayor escala y dominio, así como los recurrentes abusos del mercado que hacen las mayores empresas, es un conflicto que el capitalismo inclusivo ignora", escriben.

Hearn y Meagher señalan que la empresa más "justa" de EEUU, según JUST Capital, es Google, un gigante acusado de violaciones a las regulaciones antimonopolio en dos continentes.

La concentración y el beneficio empresarial han alcanzado niveles récord en los últimos años: desde 1990, más del 75 por ciento de las industrias estadounidenses se han concentrado más.  La pandemia no ha hecho más que magnificar esta tendencia.

Aunque la inversión en ESG aumentó, también lo hizo la concentración, junto con las fusiones y adquisiciones globales, las operaciones de capital privado y la ingeniería financiera, como la recompra de acciones.  Por supuesto, ocurrió lo mismo con el salario de los trabajadores.  Aun así, está por verse si el poder sobre los precios que tiene ahora la mano de obra sobrevivirá en la próxima recesión.

El poder de las empresas ciertamente lo hará, y eso tiene consecuencias políticas, como aclara la profesora de negocios de Stanford Anat Admati en un reciente artículo sobre lo que ha fallado en el capitalismo.  A medida que ha aumentado la concentración, escribe, las empresas han hecho que "sea un reto para los gobiernos y el sistema legal proteger a los ciudadanos de los daños indebidos" infligidos por las propias empresas.

Aunque muchos participantes del mercado consideran que el gobierno es el problema, Admati señala que no "reflexionan sobre la razón por la cual los gobiernos democráticos están fracasando" y cómo las empresas y sus líderes "contribuyen a este fracaso" al socavar la "capacidad, eficacia y voluntad del sector público para actuar en favor del interés general".

El poder de mercado que tienen las grandes empresas, el poder político y la captura cognitiva de los responsables políticos es enorme, especialmente en EEUU.  Sin embargo, solo hacen falta uno o dos líderes fuertes para cambiar las cosas.

En la conferencia anual del Centro Stigler de la Universidad de Chicago, celebrada hace un par de semanas, me sorprendieron los comentarios de la directora de la Comisión Federal de Comercio, Lina Khan, y del jefe de la división antimonopolio del Departamento de Justicia, Jonathan Kanter.  Ambos insistieron en la necesidad de mirar más allá del bienestar de los consumidores, que durante más de cuatro décadas fue la base de la legislación antimonopolio de EEUU, y observar las "realidades del mercado" cuando se piensa en la acción reguladora.

Ambos dejaron muy claro que estaban dispuestos a "enfrentarse a las grandes peleas", como dijo Khan, y a exigir responsabilidades no solo a las empresas, sino a los individuos. Refiriéndose al libro de título homónimo de Jesse Eisinger sobre el declive de la voluntad del Departamento de Justicia de perseguir las infracciones de las empresas, Kanter dijo: "No formamos parte del club de los cobardes".  Inversionistas, tomen nota.

Rana Foroohar

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