Las banderas de los miembros de la OTAN desplegadas a la entrada de la sede de la institución en Bruselas. FOTO: Bloomberg por Marlene Awaad.

Desafortunadamente, muchos miembros de la UE siguen siendo cautelosos a la hora de utilizar el cambio del tratado para impulsar el proceso.

El 9 de mayo se celebra el Día de la Victoria en Rusia y el Día de Europa en gran parte del resto del continente.  Que coincida la fecha del culto a la victoria militar y de la celebración de la paz y la unidad en Europa hace tiempo que es un poco chocante.  Hoy el choque es más siniestro porque refleja lo que está en juego en Ucrania.

Sin duda, Vladimir Putin subrayará alguna victoria inventada, probablemente basada en la recreación que hizo en Mariupol del castigo de Alemania a Varsovia por resistirse durante la segunda guerra mundial.  Lleva mucho tiempo intentando socavar la unidad de Europa en torno a sus intereses comunes y la expansión de paz democrática en alianza con EEUU.

Esto significa que las dos celebraciones ya no solo están en tensión, sino que son opuestas. Ucrania es el actual campo de batalla en el cual Putin libra su asalto a la paz y la unidad de Europa.  Por ello, es significativo que la guerra esté reforzando los movimientos hacia una mayor unidad en la Europa democrática.

Esto es más evidente en el ámbito de la seguridad.  En el norte, Finlandia y Suecia están a punto de entrar en la OTAN.  Tal y como se da cuenta Putin, esto refleja una unidad intra europea más sólida, así como vínculos transatlánticos, aunque superficialmente no estén relacionados con la UE.  Además, parece que Dinamarca decidirá el mes próximo que abandonará su renuncia a colaborar en la política de defensa de la UE.

Asimismo, este Día de Europa coincide con la conclusión de la "conferencia sobre el futuro de Europa" y con el creciente interés por hacer un cambio en el tratado en búsqueda de una mayor integración europea.

El primer ministro italiano, Mario Draghi, se pronunció la semana pasada a favor de un "federalismo pragmático" para perseguir más eficientemente los objetivos que, gracias a la guerra, los europeos saben que tienen en común, como reducir su dependencia de la energía fósil rusa.

El ministro de Asuntos Exteriores austriaco pidió a la UE aprovechar el "momento geoestratégico" y reformar sus normas de adhesión para que Ucrania y los países de los Balcanes tuvieran un acceso rápido a sus estructuras.

El resultado de la conferencia sobre el futuro de Europa pondrá sobre la mesa una serie de propuestas para una “mayor Europa", incluidas las que requieren un cambio de tratado. Muchos de ellos tendrán su mayor defensor en el recién reelegido presidente francés Emmanuel Macron, quien hace cinco años en su discurso en la Sorbona propuso "convenciones democráticas" para debatir sobre una integración más profunda.

No faltan razones para dudar de que todo esto llegue a buen puerto (y no faltan los detractores que las señalan).  Sobre todo, el cambio de tratado sigue siendo poco apetecible para muchos Estados miembros.  Los investigadores del Centro de Políticas Europeo (EPC por sus siglas en inglés) sitúan entre ocho y diez el número de Estados miembros dispuestos a lanzar una convención sobre el cambio de tratado, lo que todavía no es suficiente, aunque no le falte mucho.

No obstante, sería erróneo considerar que se trata de una repetición de las diferencias políticas del pasado, con llamamientos a una mayor integración por parte de los sospechosos habituales - en particular Francia y el Sur de Europa - bloqueados por Alemania y los miembros del Norte.  Por un lado, el actual gobierno alemán abrió la puerta al cambio de tratado en su acuerdo de coalición.

Y lo que es más importante es que es casi unánime la sensación de que los países de la UE deben hacer más (y posiblemente gastar más) juntos.  La guerra demuestra que es inútil hacer compras de defensa de manera descoordinada.  Los retos energéticos, desde la importación de combustibles fósiles hasta el precio de la electricidad, solo pueden resolverse de forma permanente mediante una mayor acción colectiva y una costosa infraestructura conjunta. La unanimidad requerida dificulta la política de sanciones.

El hecho de que estos asuntos se aborden mediante un cambio de tratado o mediante la elaboración de políticas y un gasto conjunto más activo dentro de la estructura actual es secundario.  De hecho, ambos enfoques producirán más resultados si se aplican conjuntamente, como señala el EPC en un documento.

Los mayores obstáculos son los vetos de los países que se resisten o el creciente antieuropeísmo dentro de los países.  El primer ejemplo es la resistencia de Hungría a un embargo al petróleo ruso.  Esto último por la extraordinaria determinación de los verdes y los socialistas franceses a unirse a un pacto electoral de tendencia de izquierda basado explícitamente en la no aplicación de algunas normas de la UE.

Los más optimistas opinan que los reticentes se terminarán rindiendo ante una mezcla de presión y recompensas.  Mientras tanto, los sondeos franceses sugieren que el antieuropeísmo simplemente pondrá un techo (aunque incómodamente alto) a los partidos que no ven otro camino hacia la victoria.

Putin lleva tiempo apostando a lo contrario.  Dado que el significado de su Día de la Victoria se ha convertido en la derrota de la unidad de Europa, no hay mejor momento para demostrar que está equivocado.

Marin Sandbu

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