Manifestantes en una vigilia por las víctimas de la masacre de Buffalo son un emblema de la necesidad de enfrentar el racismo enquistado en la sociedad. FOTO: Washington Post por Libby March.

El terrorismo de supremacía blanca seguirá presente si no enfrentemos a nuestra historia.

Muchos comentaristas han calificado de teoría de la conspiración a la ideología racista que aparentemente está detrás del horrible ataque del sábado en Búfalo.  Es fácil creer que este extremismo es un producto de nuestra era de Internet, donde las conspiraciones corren desenfrenadas, el odio florece en los rincones oscuros de la web y los jóvenes pueden radicalizarse sin salir de sus dormitorios, pero el problema no es tan sencillo.

Por el contrario, más que una teoría de la conspiración, el atentado tuvo su origen en la supremacía blanca, profundamente arraigada en la tradición política de muchos blancos estadounidenses.  De hecho, los rasgos centrales de la visión del mundo expresada en un documento que las autoridades creen que fue escrito por el pistolero -el miedo a una invasión de inmigrantes que cambie el carácter del país, la obsesión por las tasas de natalidad de los blancos, imaginarse a los negros estadounidenses como un cáncer demográfico dentro del cuerpo político-, a menudo han sido materia de la política blanca dominante en Estados Unidos.

La era de Internet puede ser la ocasión del resurgimiento de estas ideas, pero no es la causa. Las raíces de la violencia son ideológicas, no tecnológicas. Y sólo la confrontación con el racismo y las fantasías genocidas que han animado la política de los blancos estadounidenses durante generaciones permitirán abordar el problema.

Estas fantasías comenzaron de modo triunfalista y de conquista. En 1845, John O'Sullivan hablaba en nombre de muchos en la floreciente república blanca cuando describió "un ejército irresistible de emigración anglosajona" y proclamó su "destino manifiesto de extender el continente".

A medida que la supuesta ciencia de la raza maduraba en las décadas siguientes, los expertos hablaban de la raza como la llave que abría el significado mismo de la historia. El popular libro de texto del historiador William Swinton declaraba: "La historia propiamente dicha sólo se ocupa de un tipo de humanidad altamente desarrollado... los caucásicos constituyen la única raza verdaderamente histórica. De ahí que podamos decir que la civilización es el producto del cerebro de esta raza". Los blancos hicieron la historia; todos los demás fueron espectadores de la misma.

Cuando el influyente ministro Josiah Strong publicó "Our Country" (Nuestro país) en 1885, las fantasías de conquista de los blancos se habían vuelto globales. Strong describió alegremente a la raza anglosajona elegida por Dios descendiendo sobre los aborígenes del sur global y erradicando a todos en su camino. "Parecería que estas tribus inferiores fueran sólo precursoras de una raza superior, voces en el desierto que claman: "¡Preparad el camino del Señor!"

Como sugiere la mezcla de temas raciales y religiosos de Strong, la conquista violenta de los blancos solía imaginarse como un derecho tanto racial como divino. Si la civilización blanca tenía derecho a la propiedad de la tierra, era porque Dios así lo había querido. Un ministro pro-Ku Klux Klan declaró sucintamente esta fe en la doble tradición religioso-racial de la América blanca cuando declaró: "nuestros antepasados... llegaron a este continente y cayeron primero de rodillas, luego sobre los aborígenes...".

Pero a mediados de la década de 1880, había una nota de inquietud y temor junto a estas proclamaciones de triunfo racial por voluntad divina. Porque había comenzado la era de la migración masiva, y millones de personas de Europa del Este y del Sur -que eran consideradas étnica y religiosamente inferiores a los protestantes anglosajones-, estaban entrando en Estados Unidos. El libro de Strong era un alegato para americanizar y evangelizar a estos inmigrantes lo antes posible, para que la nación no se arruinara.

A principios del siglo XX, estos temores se intensificaron. En 1905, Japón conmocionó al mundo blanco al ganar una guerra contra Rusia. Mientras tanto, los bienes, las ideas y las personas se movían a una escala sin precedentes. Ante el temor de una "embestida" demográfica, en todo el mundo, los países blancos actuaron para fortificar las fronteras de la jerarquía racial en las siguientes décadas, ya sea tratando de excluir o expulsar a las personas consideradas racialmente inferiores.

Los líderes políticos creían que era esencial asegurar el dominio demográfico de los blancos porque los teóricos raciales de la época vinculaban las identidades raciales con las capacidades políticas. Los anglosajones eran por naturaleza seres políticos racionales con capacidad de autogobierno. Como dijo Madison Grant, un pionero conservacionista y uno de los principales científicos de la raza de la época, los "nórdicos son, en todo el mundo, una raza de soldados, marineros, aventureros y exploradores, pero sobre todo de gobernantes, organizadores y aristócratas...". Otras razas eran por naturaleza aptas para desempeñar papeles más pasivos en la historia de los asuntos humanos.

Es fácil descartar a Grant como un ejemplo pintoresco de prejuicio. Sin embargo, dio voz a las preocupaciones generalizadas. A las élites políticas estadounidenses les preocupaba que los pueblos extranjeros no apreciaran o entendieran las instituciones de la nación. De hecho, se preguntaban si esos pueblos eran capaces de autogobernarse.

Eso hizo que la posibilidad del eclipse demográfico de los blancos fuera aterradora. A pesar de su dominio, la población blanca fue superada en número a nivel mundial. El historiador formado en Harvard Lothrop Stoddard dio la voz de alarma, advirtiendo sobre "La creciente marea de color" que amenazaba con derribar la "supremacía del mundo blanco". Estos hombres no se encuentran en la franja extremista. Stoddard publicó su obra en las principales revistas de circulación masiva, como el Saturday Evening Post y Collier's.

Mientras se fortificaban las fronteras contra la amenaza exterior, los principales teóricos raciales estadounidenses se preocupaban por los desafíos internos, a saber, los afroamericanos racialmente inferiores que amenazaban con destruir la república desde dentro y las bajas tasas de natalidad de los blancos. La pionera feminista Charlotte Perkins Gilman expresó el sentimiento común de la élite de la era progresista cuando describió a los negros americanos no como miembros integrales de la vida norteamericana sino como "un gran cuerpo de extranjeros" que representaban un problema para la civilización americana. Propuso un sistema de trabajos forzados dirigidos por el Estado para todos los negros estadounidenses que no cumplieran "cierto grado de ciudadanía". Muchos otros expertos fueron aún más lejos: no se debería permitir la reproducción de los considerados seres inferiores. Más de dos docenas de estados promulgaron programas de esterilización dirigidos a los afroamericanos y a otras poblaciones vistas como inferiores.

Pero eso no solucionaría las bajas tasas de natalidad de los blancos. La decadencia había dejado a los hombres blancos refinados pero afeminados, y a las mujeres blancas educadas pero frágiles. Las mujeres negras e inmigrantes tenían más hijos que las blancas, lo que amenazaba el futuro de la república. Teddy Roosevelt advirtió que "la competencia entre las razas" era una "guerra de cuna" y "ninguna raza tiene posibilidades de ganar un gran lugar a menos que esté formada por buenos criadores, así como por buenos luchadores". Durante su presidencia, Roosevelt popularizó la idea del "suicidio racial" y reprendió a los estadounidenses por limitar egoístamente el tamaño de sus familias.

La tradición popular afirma que los nazis provocaron el fin de la cultura política racista; debido a que del Holocausto, pocos podían dudar ya de los peligros de la ideología racista. Pero en realidad, este pensamiento racista siguió animando la política de los blancos en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

En 1975, el autor francés Jean Raspail publicó una edición en inglés de "El desembarco" (Le Camp des Saints), una fantasía genocida sobre Europa destruyendo una invasión de inmigrantes del sur global. El libro ha seguido siendo una inspiración en los círculos de la supremacía blanca desde entonces. Pero la popularidad del libro no se limitó a los márgenes. "National Review", la revista insignia del movimiento conservador estadounidense de la posguerra, reseñó el libro favorablemente. El profesor de Dartmouth Jeffrey Hart escribió que el libro invitaba al lector a darse cuenta de que "matar a un millón de refugiados hambrientos de la India sería un acto supremo de cordura individual y salud cultural".

En las últimas décadas, especialmente después de que el movimiento por los derechos civiles cambiara la cultura política de Estados Unidos de manera importante, las narrativas de los medios de comunicación populares a menudo asumían una gran distancia entre un pasado racista y un presente más ilustrado. Estas narrativas progresistas destacaban los avances reales, pero también hacían más difícil ver la permanencia de la cultura política de los blancos estadounidenses. Las historias simplistas del racismo blanco como una reliquia del pasado ayudan a explicar por qué el engañoso marco del "lobo solitario" sigue impulsando la información de los medios de comunicación sobre el terrorismo blanco. Estas narrativas nos impiden hacer las preguntas que nos hacemos después de otro tipo de ataques terroristas. En realidad, los atacantes blancos están incrustados en contextos ideológicos densos de simpatía y apoyo en sus comunidades.

El terrorismo supremacista blanco de hoy es la secuela enferma de la conquista supremacista blanca de ayer. Esta violencia terrorista es lo que ocurre después de que las narrativas triunfalistas de la conquista global de los blancos se han tornado en miedo, paranoia y actitud defensiva. Lejos de ser una conspiración marginal, este legado afecta a todos los estadounidenses e implica a muchos de nosotros. Sólo puede derrotarse la política del odio mediante una evaluación honesta de nuestro pasado, que deje de ensalzar a los antiguos campeones de esa política. Si no lo hacemos, estas teorías seguirán engendrando violencia y tragedia.

Washington Post - Jesse Curtis

Lea el artículo original aquí.