El presidente de China, Xi Jinping, durante su discurso en la ocasión del centésimo aniversario de la fundación de la Liga de Jóvenes Comunistas de China. FOTO: EFE/EPA/MARK R. CRISTINO.

Una política eficaz en el Indo-Pacífico equilibraría la influencia de Pekín al aumentar el comercio y la inversión de EEUU.

Independientemente de lo que haga Rusia en Ucrania, la amenaza de China sigue siendo la prioridad de Joe Biden; algo que él ya ha dejado claro.  Sin embargo, se resiste a comunicar que Estados Unidos se acerca al duelo con China con un brazo atado a la espalda.  Estados Unidos está encantado de aumentar su presupuesto militar, enviar más barcos al Mar de China Meridional y vender submarinos nucleares a Australia.  Pero es incapaz de tomar iniciativas económicas serias en la región más dinámica del mundo.

El marcado desequilibrio de la política hacia China que aplica Biden saldrá a la luz esta semana cuando visite Corea del Sur y Japón.  Sucederá después de la cumbre que el presidente estadounidense celebró la semana pasada con los líderes de Asean, un grupo de naciones del sudeste asiático, en la que Estados Unidos anunció un modesto fondo de $150 millones para la seguridad marítima, la energía limpia y las iniciativas contra la corrupción. Esta irrelevante lista de deseos equivale a unos pocos días de inversión china en su Iniciativa de la Franja y la Ruta, o a unas dos horas de gasto del Pentágono.

La asimetría de la política de Biden hacia China aumenta el peligro de lo que todo el mundo teme: un conflicto con el dragón asiático.  Una superpotencia que está encantada de hablar sobre ayuda militar y armamento, pero se resiste a discutir comercio e inversión, está diciendo tanto a sus colegas como a sus enemigos que solo habla un idioma.  Esto hace más probable que el foco puesto en las alianzas militares deje de lado otros tipos de diplomacia que posibiliten la reducción de las tensiones entre Estados Unidos y China.  Esto incluye una posible cumbre entre Biden y Xi Jinping, que no está dentro de los actuales planes.

La guerra en Ucrania ha agudizado el desequilibrio retórico de la estrategia indo-pacífica de Estados Unidos.  Antes de la invasión de Vladimir Putin, Japón aún habría estado dispuesto a explorar alguna forma de reactivar la membresía de Estados Unidos en el Tratado Integral y Progresista de Asociación TransPacífico (CPTPP por sus siglas en inglés) -ahora llamado Asociación del Transpacífico, que Estados Unidos abandonó bajo la presidencia de Donald Trump.  En cambio, ante el alarde bélico de Putin, Japón está debatiendo seriamente si debería convertirse en una potencia nuclear.  Corea del Norte amenaza con llevar a cabo una prueba nuclear mientras Biden está en la región, lo que significa que el mismo debate está planteado en Corea del Sur.  Biden tendrá que asegurar a ambos aliados que el paraguas nuclear de Estados Unidos sigue siendo suficiente.  La diplomacia del lobo guerrero de China está dificultando su trabajo.

La estrategia de contención de China que aplica Biden conlleva dos riesgos.  El primero es que es poco probable que funcione.  En los últimos tres meses, Estados Unidos ha demostrado en Rusia que puede desacoplar una gran economía del sistema mundial a la velocidad de la luz.  Se trata de una impresionante muestra de poder que ha hecho que incluso amigos, como la India, piensen en formas de protegerse contra la ira extraterritorial estadounidense.  La predisposición de Estados Unidos a utilizar el dólar para castigar a los infractores solo se ve igualada por su timidez a la hora de dar a sus socios asiáticos lo que más ansían: acceso al mercado estadounidense.  El marco económico Indo-Pacífico (IPEF por sus siglas en inglés) introducido recientemente por Biden es ciertamente mejor que nada, pero descarta el acceso al mercado.  El Tesoro de EEUU habla ahora de "friend-shoring" o externalización entre países amigos — limitar las cadenas de suministro mundiales a redes aliadas.  Pero no está claro cómo EEUU define a los "amigos".  Esto inquieta a la mayoría de los socios asiáticos de Estados Unidos, pocos de los cuales son democracias.

El mundo tampoco sabe qué quiere decir Estados Unidos con "desacoplarse" de China.  El verbo desacoplar se ha incorporado al léxico de Washington, pero la administración Biden no ha definido su alcance. En su versión máxima, supondría dividir la economía mundial, lo que obligaría a los socios de Estados Unidos a elegir entre EEUU o China.  Ni siquiera Taiwán, cuya prosperidad se basa en la integración con China, quiere enfrentarse a tomar esa decisión.  Una estrategia eficaz de Estados Unidos en el Indo-Pacífico permitiría a sus socios tratar con ambos, pero equilibraría a China aumentando el comercio y la inversión de Estados Unidos.  La promesa del IPEF de proporcionar estándares digitales comunes y ayuda en materia de energía limpia no es un sustituto.

El segundo riesgo es que la estrategia de Biden hacia China dominada por los militares se pueda autocumplir.  Todo esto es explicable en el contexto de la política estadounidense. Estados Unidos apostó de manera temeraria a que el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 conduciría al cumplimiento de las normas económicas mundiales e incluso a su futura democratización.  Fue un acto de fe más que de cálculo. Biden ahora se enfrenta a la reacción, la cual indica que el comercio con China fortalece la autocracia de Xi: lo opuesto de lo que se buscaba.  Ambas teorías son simplistas.  Pero la segunda es geopolíticamente peligrosa.

El mundo no es un juego de suma cero, como sostiene la moda actual, ni es de suma positiva, como antes creía el consenso de Washington.  El mundo es lo que sus protagonistas eligen que sea con sus actos.  Que extraño sería si precisamente Biden apuesta la mayoría de las fichas de Estados Unidos al Pentágono.

Edward Luce

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