El Senado estadounidense confirmó recientemente a Jay Powell para un segundo período en el cual tendrá que lidiar con una posible estanflación. FOTO: EFE/ Michael Reynolds ARCHIVO.

Como especie, la humanidad es notablemente propensa a creerse su propia propaganda.

Puede que no le interese la estanflación, pero la estanflación sí está interesada en usted. Hace más de una generación que nadie utiliza esa aterradora palabra en serio.  Tengo un vago recuerdo de cuando era niño en los años 70 y se hablaba de la estanflación, es decir, del aumento simultáneo de los precios y del desempleo.  Pero es difícil no relacionar esos recuerdos con otros rasgos horribles de aquella época, como los pisos de linóleo agrietados, los trajes de color Cadbury y posiblemente los peores peinados de la historia; algo más de lo que cualquier niño puede aguantar razonablemente.  Por ello, la inflación desbocada de mi juventud ha funcionado como una especie de memoria reprimida.  La dimensión que puedo recordar vívidamente, que fue más bien una característica específica de Gran Bretaña en aquellos tiempos, es el llamado invierno del descontento (1978-79), en el cual quedaron cadáveres sin enterrar, basura sin recoger y trenes sin salir.  Con la inflación llega el malestar.  Con el malestar llega la política radical.

En Estados Unidos y Gran Bretaña, la estanflación condujo directamente a Margaret Thatcher y Ronald Reagan.  O, más precisamente, a Geoffrey Howe (el ministro de Hacienda de Thatcher responsable del plan de ajuste) y a Paul Volcker, el presidente de la Fed nombrado por Jimmy Carter.  Howe y Volcker acabaron con la inflación mediante la creación de desempleo masivo con tasas de interés de hasta el 20 por ciento.  ¿Es eso a lo que nos enfrentamos ahora?  Es casi seguro que no será así de malo, pero me gustaría poder darles una respuesta más clara.  Lo que sí sé es que los Demócratas de Joe Biden van a ser castigados electoralmente por un problema que es solo en parte su culpa; son en gran medida los cómplices menores.  El estímulo de 1,9tn (millones de millones) de dólares del año pasado fue una medida tontamente innecesaria que añadió un par de puntos porcentuales a la inflación con un gran costo político (de hecho, hizo que para los Demócratas fuera considerablemente más difícil aprobar el muy necesario proyecto de ley Build Back Better, que ahora parece casi muerto).  Pero la mayor parte de la culpa se debe a los problemas en la cadena de suministro causados por la pandemia del coronavirus, especialmente en el extremo de China donde parece que va a persistir durante el resto de este año, y a una cultura de los bancos centrales que había institucionalizado su propia autosuficiencia.

Esta nota no es un pronóstico sobre cómo les irá a las economías de Estados Unidos y del mundo.  Sospecho que mal durante algún tiempo, pero eso lo puede leer en otra sección del Financial Times.  Lo que quiero decir es que, como especie, somos una y otra vez notablemente propensos a creernos nuestra propia propaganda. Como dijo Friedrich Hegel: "Aprendemos de la historia que no aprendemos de la historia".  La humanidad es crónicamente propensa a la arrogancia, que dicta que nuestra generación ha resuelto problemas que han plagado a la humanidad desde el principio.  Algunos ejemplos de ello son las propias plagas (nos corregimos; gracias al coronavirus), las guerras de conquista a la antigua usanza (gracias, Vladimir Putin), la desenfrenada oligarquía (premio a la trayectoria de Donald Trump) y la inflación (gracias de nuevo Covid, y a tantos otros; ya saben quiénes son).

En el caso de la estanflación, nuestra pérdida de memoria es especialmente conmovedora. Por primera vez desde la década de 1990, los estadounidenses experimentan por fin un sólido crecimiento salarial. Sin embargo, por primera vez desde la década de 1970, esas alzas están siendo más que absorbidas por el aumento de los precios. Esto va a contrariar a la gente, lo que conducirá a resultados políticos que harán que todo sea peor para todos, excepto para los cínicos emprendedores raciales que pueblan el actual Partido Republicano.  Puede incluso poner en peligro la propia democracia estadounidense.  El regreso de la inflación no es, por tanto, una cuestión técnica cuya solución es mejor dejar en manos de los economistas monetarios.  Es un puñal en la garganta de la democracia de Estados Unidos. Maldita sea nuestra soberbia y nuestra mala memoria.

¿Tengo alguna cura que proponer? La verdad es que no.  Los seres humanos son arrogantes y olvidadizos y, por tanto, propensos a cometer graves errores.  Algunos ejemplos son no planificar la próxima pandemia, no responder a las anteriores incursiones militares de Putin, no creer que Trump pueda ganar en las urnas y no comprender que el dinero gratis sin restricciones acabará costando mucho.  Solo podemos prometer que lo haremos mejor la próxima vez y esperar que la historia tenga la gentileza de concedernos otra oportunidad.  Mi única otra lección, que se aplica especialmente a los miembros de mi profesión, es ser siempre escéptico ante el consenso.  Si lo que le dicen le parece demasiado bueno para ser verdad, es probable que así sea.  En otro momento convertiría esto en un tratado más amplio en defensa de la democracia liberal como único sistema realista, ya que emana de la suposición del error y la fragilidad humana.  Sin embargo, en este momento, la democracia liberal no merece ninguna palmadita en la espalda. Seguimos haciendo todo lo posible para demostrar que no funciona.

Así que simplemente cederé la palabra a Rana: si pudieras destacar alguno de los consensos alegres del cual deberíamos sospechar, ¿cuál sería?

Rana Foroohar responde

Ed, me encanta toda esta nostalgia reciente por tu pasado.  No seas demasiado duro con los años 70: además de los malos trajes y la inflación, tenían buena música, películas estupendas y mejores horarios de trabajo.

Pero para responder a tu pregunta, ¿cuál es el consenso optimista que está equivocado? En el que he estado pensado recientemente es la idea de que el lugar no importa.  Nada parece ser más importante hoy en día en la política y la economía; en los últimos años hemos aprendido de forma bastante dolorosa que el mundo no es plano.

Pero la economía convencional, sorprendentemente, no tiene esto en cuenta en los modelos.  Por ejemplo, los economistas creen que la gente va adonde hay puestos de trabajo; por eso la única tarea de un responsable político, en su opinión, es crear más puestos de trabajo a nivel nacional o incluso internacional.  Si una ciudad o una región se deteriora, la gente simplemente se va para trasladarse a otro lugar donde las cosas estén mejor.  Esa es la suposición optimista.

Está claro que las cosas no han funcionado así.  Una vez entrevisté a un asesor económico de un senador Demócrata del Sur del país que me habló asombrado de la certeza que había en el partido en cuanto a que las zonas rurales y las localidades de baja densidad simplemente no merecían ser consideradas políticamente.  "Recuerdo en 2016, que estaba en el Capitolio hablando con un amigo de la Casa Blanca que participaba en el diseño de las políticas económicas", contó el asesor.  "Había estado viajando y veía mucha pobreza rural en lugares como Iowa y Virginia y me dijo: 'No te preocupes. Lo tenemos claro. Hicimos los modelos y resulta que es más barato pagar a la gente para que se traslade a las 50 ciudades más importantes que intentar crear puestos de trabajo donde están". ¿”Puedes creer”, me dijo el asesor, "el sentido de desprecio inherente a esa declaración?".

Sí puedo.  También puedo imaginar que los "modelos" eran tan buenos como las suposiciones de las personas que los elaboraban.  Y como dices, tantas veces nos equivocamos.

Edward Luce y Rana Foroohar

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