Las armas semiautomáticas y rifles de asalto pueden ser adquiridas en EEUU prácticamente por cualquier persona que haya cumplido dieciocho años. FOTO: Washington Post por Astrid Riecken.

Joe Biden debe convertir los controles de las armas de fuego en una cruzada nacional.

Uno de los aspectos más espantosos de la ya constante sucesión de terribles tiroteos masivos en EEUU es el fatalismo que conlleva. Los Republicanos ofrecen "pensamientos y oraciones" impotentes mientras se dirigen a la próxima convención de la Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés).  Los Demócratas declaran que no se puede hacer nada a menos que los conservadores abandonen su oposición reflexiva a cualquier atisbo de reforma de las armas.

Con cada nueva masacre, esa sensación de impotencia se afianza un poco más y la otrora merecida reputación de EEUU como lugar que soluciona problemas se hunde un poco más. El grito "si no es ahora, ¿cuándo?" provoca la respuesta: "Si la última vez no lo fue, ¿por qué ahora?". Al igual que el mal tiempo o los accidentes de tránsito, las matanzas escolares se han convertido en algo cotidiano.

Ese fatalismo debería ser un anatema para todos los estadounidenses. Se puede hacer mucho. Para empezar,  Biden debe insistir en que el Congreso someta a votaciones directas regulaciones de armas con sentido común que obliguen a los obstruccionistas a dejar constancia de su nombre. Lo primero de la lista debería ser prohibir la venta de armas de tipo militar que se utilizan en la mayoría de los tiroteos en escuelas y otros lugares públicos, como la masacre de Uvalde de la semana pasada y el asesinato a tiros de diez afroamericanos en un supermercado de Buffalo hace tres semanas.  No es casualidad que la incidencia de los tiroteos masivos haya aumentado drásticamente desde 2004, cuando expiró la prohibición de diez años para las armas semiautomáticas.  Biden lo sabe mejor que nadie, ya que fue coautor del proyecto de ley de 1994 que estableció la prohibición.

En ninguna otra democracia es remotamente tan fácil obtener máquinas de matar en masa. Se calcula que EEUU tiene el mayor número de armas de fuego en manos de civiles per cápita del mundo, por delante de Yemen, país devastado por la guerra, que ocupa el segundo lugar. Es un asunto de vergüenza nacional. Obligar a los Republicanos y a la minoría de Demócratas en favor de la NRA a votar en contra de las medidas que exigirían una simple comprobación de antecedentes de los compradores de armas y a retirar las armas a los enfermos mentales, podría avergonzar a algunos y llevarlos a pensarlo dos veces.

Si el cambio no viene de arriba, debe organizarse desde abajo. Así es como funciona la democracia. En ausencia de una acción federal, los accionistas aún pueden presionar a los fabricantes de armas, y a los puntos de venta, para que se comporten de forma más responsable.  La industria de las armas de fuego goza de inmunidad legal por los efectos de sus productos.  Imagínese que las empresas farmacéuticas estuvieran protegidas de las consecuencias de los medicamentos defectuosos o los fabricantes de automóviles de los motores con fallas.  Las mismas normas deben aplicarse a Smith & Wesson, American Outdoor Brands y otros fabricantes de armas.

Sin embargo, el problema de EEUU es más profundo que la escandalosa disponibilidad de armas. El aumento de los tiroteos masivos ha coincidido con la explosión de las redes sociales y la metástasis de las teorías conspirativas. Los padres de los niños que perdieron la vida en la masacre de Sandy Hook de 2012 han ganado una serie de demandas por difamación contra InfoWars de Alex Jones, el sitio de derecha que afirmó que eran "actores de crisis" que montaban un evento falso. Ahora está al borde de la quiebra. También obligaron a Facebook y a otras plataformas a cambiar sus algoritmos para eliminar los contenidos conspirativos. Los estados y las ciudades también pueden hacer más para exigir responsabilidades a los fabricantes de armas.

Sería poco sincero repartir la culpa de la epidemia de disparos de manera uniforme. Uno de los dos principales partidos de EEUU ha alimentado una cultura de victimización mientras facilita que los agraviados tóxicos lleven a cabo sus oscuras fantasías. Aunque el tirador de Uvalde era hispano, no es de extrañar que la mayoría sean jóvenes blancos. Sería imposible ayudar a todas las personas solitarias y potencialmente violentas a reintegrase en la sociedad, pero sería relativamente sencillo privarlas del acceso a las armas diseñadas para soldados. Solo haría falta una ley federal. Todas las demás democracias importantes lo han hecho. EEUU no debe acostumbrarse a la monstruosa realidad actual.

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