Foto: Twitter Enrique Acevedo

Hace algunos días viajé a la ciudad de Davos en Suiza para participar en el Foro Económico Mundial que se ha consolidado como el punto de reunión anual para discutir los grandes retos y oportunidades de la agenda global. Cada año docenas de científicos, intelectuales, jefes de estado, capitanes de empresas, actores de la sociedad civil, líderes espirituales y representantes de los medios de comunicación convergen en este pequeño poblado de los Alpes suizos con el objetivo de formar parte de una conversación global orientada en la búsqueda de soluciones desde la innovación, la tecnología y la cooperación. En ese contexto, el foro es una plataforma de diálogo en un momento en el que las voces que promueven división y aislamiento se multiplican alrededor del mundo.

Luego de dos años sin que la reunión se realizara de forma presencial por la pandemia de Covid-19, en este 2022 los organizadores decidieron enmarcar esta versión del foro bajo el título: La historia ante una encrucijada. Desafortunadamente, a lo largo de sus 51 años de existencia, el Foro Económico Mundial no ha tenido mucho éxito en identificar encrucijadas antes de que lleguemos a ellas. No obstante, una vez ahí Davos ha sido un instrumento increíblemente útil para establecer la dirección que debe tomar la comunidad internacional.

Usemos el 2020 como ejemplo. El foro fue el epicentro de la creación de la vacuna contra el coronavirus. En enero de 2020, mientras el mundo trataba de establecer la seriedad del virus que hasta ese momento se pensaba solo existía en Wuhan China, un grupo de expertos en salud pública, de científicos y empresarios, se reunían en Davos para diseñar el antídoto que hoy nos permite regresar a condiciones de cierta normalidad. Con la pandemia en el retrovisor, este año Davos se enfocó en tres grandes temáticas: el contexto geopolítico con la invasión rusa en Ucrania y sus consecuencias, el avance del cambio climático, y el estado de la economía global.

¿Y a mí qué me importa todo esto, Enrique? Se preguntarán algunos de los que amablemente leen mi texto. Bueno, la respuesta es simple. Vivimos en un mundo profundamente interconectado en el que no solo resulta imposible vivir aislados de la realidad internacional, sino que estamos en cierta medida obligados a participar en ella para asegurarnos de que funcione en nuestro beneficio. Y ninguna otra región del mundo debe poner más atención a lo que está pasando más allá de sus fronteras geográficas que América Latina. Si como dice el foro, el mundo se encuentra ante una encrucijada, Latinoamérica debe explotar las ventajas competitivas que le ofrece el aumento en los precios de materias primas, la inestabilidad en las cadenas de suministro y su biodiversidad entendida como una barrera natural contra el avance del cambio climático.

Sobre esto hablé con el autor y periodista venezolano, Moisés Naim; el columnista del New York Times, Thomas Friedman; el ex ministro de relaciones exteriores de España, Arantxa Gonzalez Laya; y el rector de la escuela de políticas públicas de la London School of Economics, Andrés Velazco. Y si no les importa, me gustaría compartirles las partes más importantes de nuestra conversación.

Comencé por preguntarles qué papel juega Latinoamérica en la lucha global entre fuerzas democráticas y figuras autoritarias que ha definido las primeras dos décadas del nuevo siglo. El consenso está en que la región, a través de sus experiencias con el populismo de izquierda y derecha, ha sido pionera en tres aspectos que Naim identifica como “las tres p”: el populismo, la polarización y la posverdad. Como si la película que se ve en Estados Unidos, el Reino Unido y en cierta medida en Francia, hubiera sido estrenada años antes en América Latina.

“Actualmente alrededor del 70 por ciento de la población global vive en países gobernados por regímenes autocráticos comparado con solo 10 por ciento en 2011. La última década ha visto un repliegue de la democracia. Cuando viajo por el mundo promoviendo el libro en el que hablo de esto todo mundo piensa que el libro habla de su país. En Indonesia, España, Israel, Italia y claro en América Latina. Y es cierto, es un libro que habla de una tendencia global”.

La conversación tuvo destellos de optimismo, no todo son malas noticias. La comunidad emprendedora ha logrado atraer más inversión a la región y para muchos, Latinoamérica tiene una posición privilegiada ante la inestabilidad que se vive en el resto del mundo. No obstante, todos coincidieron en que la pandemia agudizó el estancamiento económico, el descontento social y el descrédito al orden democrático que se vivía antes de la emergencia sanitaria.

Advirtieron que el aumento de la pobreza y la inequidad aunado a las fuertes presiones inflacionarias que se avecinan podría resultar en otra década perdida para el continente. Arantxa González-Laya consignó la falta total de liderazgos latinoamericanos en el mundo. Dijo que la región ha desaparecido del radar en un momento en el que no puede darse ese lujo.

“Me preocupa principalmente la falta de cooperación en materia de cambio climático. Para los países latinoamericanos esto significa enfrentar el problema solos con un costo adicional que muchas veces no pueden solventar.”

Andrés Velasco advirtió que la nueva ola de retroceso democrático que experimenta América Latina podría ser el principal obstáculo para que la región aproveche una posición privilegiada en el contexto de crisis que vemos alrededor del mundo.

“Tenemos un problema con el desempeño de los gobiernos latinoamericanos. De izquierda, derecha, más o menos democráticos y el origen de este problema es político”.

Finalmente, Tom Friedman presentó un escenario que resulta particularmente relevante para la comunidad latina en Estados Unidos. Dijo que, por primera vez, Washington se presentaba ante la comunidad internacional no como una democracia estable sino como el resultado de la insurrección del 6 de enero con la toma del Capitolio y el movimiento que buscaba anular el resultado de la elección presidencial del 2020. Friedman dijo que las instituciones estadounidenses apenas sobrevivieron esa prueba de estrés, pero admitió que no está seguro de que puedan volver a hacerlo en 2024.

“La realidad es que un escenario así tendría consecuencias devastadoras para Estados Unidos, pero también para el resto del continente americano. Es una posibilidad real para la que todos deberían estar preparados”.