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Justo cuando más lo necesita, la integración del continente se derrumba. Las relaciones nunca han estado tan bajas, y el espectáculo previo a la Cumbre de las Américas en Los Ángeles lo demuestra

Por Carlos Gutiérrez*

Este es “un momento clave en nuestro hemisferio, un momento en que estamos enfrentando muchos retos a la democracia” en América Latina. Con esta sentencia, en una entrevista con NTN24, el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, de Estados Unidos, Brian A. Nichols, provocó el 2 de mayo una fuerte reacción en algunos mandatarios del continente. Se refería a que países como Cuba, Nicaragua y “el régimen de Maduro” no respetan “la carta democrática de las Américas”, por lo que no serían invitados a la Cumbre de las Américas a celebrarse del 6 al 10 de junio de 2022 en Los Ángeles, California.

Primero reaccionó el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien afirmó que no asistiría a la Cumbre si no participaban todos los países: “Si se excluye, si no se invita a todos, va a ir una representación de México, pero no iría yo”.  Preguntado si se trataba de un mensaje de protesta, el mandatario afirmó categóricamente que sí, “porque no quiero que continúe la misma política en América. Y en los hechos quiero hacer valer la independencia, la soberanía y manifestarme por la fraternidad universal. No estamos para confrontaciones”.

A partir de ese momento, los preparativos de la Cumbre de las Américas, que este año tiene como lema “Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo”, se convirtieron en un dolor de cabeza para el gobierno de Estados Unidos. En poco tiempo, líderes de otras naciones también expresaron su intención de no asistir si Cuba, Venezuela y Nicaragua no eran convocados. Fue el caso de los presidentes de Argentina, Alberto Fernández; de Bolivia, Luis Arce; de Honduras, Xiomara Castro; de Guatemala, Alejandro Giammattei, y de Brasil, Jair Bolsonaro.

Esta situación, prácticamente un cisma en las relaciones de Latinoamérica con Estados Unidos,  ha puesto sobre la mesa la propia razón de ser de la Cumbre de las Américas, que en sus principios busca la integración continental. La Organización de Estados Americanos (OEA) señala que, desde sus orígenes, este evento ha reunido a jefes de Estado y de gobierno de los países del Hemisferio, con la finalidad de debatir sobre “aspectos políticos compartidos, afirmar valores comunes y comprometerse a acciones concertadas a nivel nacional y regional con el fin de hacer frente a desafíos presentes y futuros que enfrentan los países de las Américas”.

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La primera cumbre tuvo lugar en Miami, Florida, en diciembre de 1994. En el Plan de Acción, producto de ese encuentro, los jefes de Estado y de gobierno asistentes, reconocían la necesidad de “fortalecer la democracia, fomentar el desarrollo, lograr la integración económica y el libre comercio, mejorar la vida de sus pueblos y proteger el medio ambiente”. Además, según el documento, plantearon el objetivo de “fortalecer la confianza mutua que contribuye a la integración social y económica de nuestros pueblos”. Hoy, 23 años después, queda claro que dicho objetivo está lejos de cumplirse.

Para algunos expertos, la próxima Cumbre de las Américas refleja la poca integración de las naciones del continente, la crisis democrática en muchas de ellas y pone en entredicho el predominio de Estados Unidos en la región. Por ejemplo, Anatoly Kurmanaev y Jack Nicas, en un texto para The New York Times, señalan que este encuentro, que debería “resaltar la visión del gobierno de Joe Biden”, en realidad “podría mostrar la disminución de la influencia de Estados Unidos para lograr que su agenda avance en la región”. Por su parte, Andrea Sanfeliz, internacionalista y directora de Desarrollo Institucional del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), encuentra en la actual administración estadounidense “un liderazgo preocupado, debilitado, con poca dirección”; en realidad, dice, lo que podríamos estar viendo es la “preocupación que tiene Estados Unidos por el auge del populismo en América Latina”.

En los últimos años, los regímenes autoritarios comenzaron a resurgir en Venezuela y Nicaragua, aunque Cuba ya tenía un gobierno con estas características, apunta Mario Torrico, investigador de FLACSO-México, en el libro Giro a la derecha. Un nuevo ciclo político en América Latina. Sin embargo, profundiza el académico, en países como Honduras y Bolivia, “la democracia se ha deteriorado”, además que de “han emergido con éxito” líderes que tienen un “discurso abiertamente antidemocrático”. Se refiere, en particular, a Bolsonaro y a Nayib Bukele, de El Salvador. Xavier Rodríguez-Franco, politólogo y latinoamericanista venezolano radicado en Estados Unidos, coincide en que, desde el aspecto político, la región atraviesa por un “lamentable retroceso democrático en muchos de nuestros países”.

La “amenaza autoritaria” en América Latina, agrega Torrico en su escrito, “surge en un momento de falta de confianza de la población no solo en los políticos y en los partidos, sino también de caída en el apoyo a la propia democracia ante la persistencia de problemas que no encuentran solución, como la inseguridad, la precaria situación económica de las familias y la corrupción”.

En la región latinoamericana estamos viviendo el momento de mayor desunión en décadas, afirma Rodríguez-Franco. Según su análisis, “el empuje integracionista de los primeros 15 años del siglo XXI está en sus horas más aciagas, en sus horas más amargas. Los acuerdos de integración regional, subregional, tanto de Centroamérica, del Caribe y Suramérica, como es el caso de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), de la Comunidad Andina o la Comunidad del Caribe, son básicamente estructuras vacías de contenido político, vacías en términos normativos y con muy poca capacidad de injerencia en el marco normativo del comercio interamericano”.

Para el periodista Francesco Manetto de El País de España no es nuevo el hecho de que el continente esté desarticulado. Sin embargo, considera que, con sus declaraciones, López Obrador despertó un sentimiento en varios países, más allá de Cuba, Nicaragua, Venezuela. Desde el punto de vista simbólico, explica, “Estados Unidos todavía arrastra la losa de un pasado donde sí intervino directamente”. Por ello, “quizá estamos frente a una nueva política internacional desde Estados Unidos con el resto de la región”. Manetto se volvió noticia internacional en julio de 2020, cuando fue agredido físicamente en Venezuela, mientras cubría el tenso momento en el que el autoproclamado presidente encargado de esa nación, Juan Guaidó, intentaba acceder al Parlamento en Caracas.

En entrevista con TeleSUR, Sacha Llorenti, secretario ejecutivo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), afirmó que la reunión convocada por la administración de Biden “no es ni cumbre ni de las Américas; la convocatoria ha sido un fracaso. Nuevamente, Estados Unidos, al sentirse dueña del mundo, no ve lo que tiene en esta región, que es mucha dignidad, que no somos el patio trasero ni delantero de nadie, que somos naciones, repúblicas, estados independientes y soberanos”. Para él, Estados Unidos ha mostrado “soberbia y prepotencia” porque cree que puede dominar a los países y que “sus designios van a ser cumplidos”. En la ALBA-TCP participan Cuba, Venezuela, Nicaragua y Haití, entre otros países.

Rodríguez-Franco encuentra una política exterior estadounidense debilitada frente a una América Latina desunida. De acuerdo con su análisis, el espíritu excluyente de Estados Unidos “como instrumento de política exterior, además de ineficiente, es una manera de esconder una ausencia de políticas para América Latina”.

Este pasaje de las invitaciones negadas a Cuba, Venezuela y Nicaragua muestra un futuro de riesgosa polarización en el continente. Así lo hicieron notar las naciones de la ALBA-TCP, que tuvieron su propia cumbre en La Habana, el 27 de mayo. Ahí, como manifestó Llorenti, en la declaración final del encuentro, los mandatarios repudiaron “las exclusiones y trato discriminatorio” de la potencia del norte y ratificaron “su compromiso con el fortalecimiento del ALBA-TCP, como instrumento de unión de nuestros pueblos sustentado en los principios de solidaridad, justicia social, cooperación y complementariedad económica”. Asimismo, se pronunciaron por la “genuina integración regional liderada por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y con los postulados de la Proclama de América Latina y el Caribe como zona de paz”.

Ese mismo día, el coordinador de la Cumbre de las Américas, Kevin O’Reilly, reafirmó la decisión de Estados Unidos de no aceptar a los gobiernos de Venezuela y Nicaragua en la reunión, mientras que con respecto a Cuba aún estaban por definirse. Hora después, en un pronunciamiento público, los cancilleres de México y Argentina, Marcelo Ebrard y Santiago Cafiero, respectivamente, hicieron un llamado para que la Cumbre fuera concebida como un espacio plural, abierto e incluyente, donde “todos los países de la región tengan la oportunidad de contribuir a la construcción de los consensos que necesita el hemisferio”.

Con su postura excluyente, Washington parece olvidar que en el pasado no sólo convivió con las peores dictaduras latinoamericanas sino que las promovió, lo que contribuyó al surgimiento de fuertes corrientes antiestadounidenses en el continente. Muy atrás también parecen haber quedado iniciativas de ese país como la Alianza para el Progreso, un programa de ayuda económica y social para las naciones latinoamericanas promovido en 1961 por el gobierno de John F. Kennedy que buscaba, por un lado, mejorar las condiciones de vida, economía y educación de los ciudadanos de la región a través de aportes económicos de Estados Unidos. Una política que pretendía detener una ola revolucionaria iniciada por Cuba y fortalecer la democracia en el subcontinente. La iniciativa, idealista para muchos, se debilitó luego del asesinato de Kennedy.

Frente a la exclusión del gobierno de Biden, quizá el papel más complicado es el de México. No lo tiene fácil, porque es una nación “bisagra” o “colchón”, como la define Andrea Sanfeliz, ya que por un lado comparte frontera con Estados Unidos y, por el otro, es una de las naciones más relevantes de Latinoamérica. Aun así, en esta crisis por la Cumbre de las Américas, AMLO demostró una importante influencia en la región. “No sé qué tanto vaya a resultar favorecedor para México este acto de rebeldía, entre comillas, hacia Estados Unidos ni qué consecuencias directas habrá de su participación en la cumbre”, dice Sanfeliz. El mandatario parece estar dispuesto a esperar al último minuto antes de hacer público si va o no a la cumbre. Se ha mostrado cauteloso en revelar su decisión final.

Lo que queda claro es que la Cumbre de las Américas se llevará a cabo con la ausencia, al menos, de Cuba, Venezuela y Nicaragua. No obstante, el escándalo político y mediático por las invitaciones ha provocado que el encuentro en sí ya no genere expectativas positivas, sino todo lo contrario. Sin que aún se sepa quienes finalmente asistirán a Los Ángeles, solo ha quedado clara una cosa: la integración panamericana está en ruinas, igual que las posibilidades de discutir a profundidad los problemas del continente para lograr acuerdos en común que beneficien a todas las naciones americanas. Por todo ello, al final, los ciudadanos del continente saldrán perdiendo.

Cada semana, la plataforma latinoamericana de periodismo CONNECTAS publica análisis sobre hechos de coyuntura de las Américas. Si le interesa leer más información como esta puede ingresar a este enlace.

* Miembro de la mesa editorial de CONNECTAS

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