Antony Blinken, principal responsible de la política exterior estadounidense, durante la primera reunión de cancilleres y ministros de Exteriores de la Cumbre de las Américas. FOTO: EFE/Alberto Valdés.

China gana terreno a medida que la influencia de Washington disminuye a su alrededor.

Esta semana, EEUU es anfitrión de una cumbre de líderes de toda América por primera vez en 28 años. Lo que debería ser una oportunidad de oro para que Washington demuestre su liderazgo corre el riesgo de poner de manifiesto el declive de la influencia de Estados Unidos cerca de su territorio.

El presidente de México, el aliado más importante de EEUU y su mayor socio comercial regional, no asistirá a la cumbre. Andrés Manuel López Obrador descartó ir después de que Washington rechazara invitar a los líderes de Cuba, Nicaragua y Venezuela por no ser democracias.

Honduras y Bolivia también se rehusaron a asistir a la cumbre por la selectiva lista de invitados. Era poco probable que acudan los presidentes de El Salvador y Guatemala, ambos resentidos por las críticas de EEUU.  El brasileño Jair Bolsonaro solo aceptó presentarse después de recibir la promesa de una primera reunión bilateral con Joe Biden. Las naciones caribeñas presionaron con éxito para impedir que EEUU invitara al jefe de la oposición venezolana, Juan Guaidó.

Las disputas son desafortunadas, porque Latinoamérica es importante. Debido a que es un importante productor de combustible y alimentos, la región podría ayudar a llenar la falta de suministro mundial que ha dejado la guerra en Ucrania y el boicot a Rusia. Latinoamérica tiene las mayores reservas de litio del mundo y es rica en otros metales. Cuenta con excelentes ubicaciones para generar energía eólica y solar. Menos felizmente, también es la fuente de la mayor parte de la cocaína del mundo.

Cuando Bill Clinton convocó a la primera Cumbre de las Américas en 1994, no necesitó engatusar a los presidentes para que acudieran. Se ofrecía una iniciativa audaz: la promesa de una zona de libre comercio que se extendería desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Esas negociaciones fracasaron, pero la idea sigue siendo un punto álgido de la ambición estadounidense en la región.

Si se juzga con ese criterio, las ofertas prometidas para esta semana parecen escasas. Washington anuncia una "asociación para la prosperidad económica", una declaración sobre migración y la promesa de $300 millones en ayuda. Estos son sustitutos pobres de los ambiciosos acuerdos comerciales y de las grandes inversiones en infraestructuras, que podrían transformar las perspectivas de crecimiento de Latinoamérica y estimular a las empresas estadounidenses a trasladar la fabricación a puntos más cercanos a su país.

La ausencia de México y Centroamérica y la no invitación de Cuba, Nicaragua y Venezuela son especialmente incómodas para la agenda migratoria.  No llevará las firmas de los presidentes de los países que están detrás del mayor aumento de cruces ilegales de la frontera estadounidense en dos décadas.

La aversión de la administración Biden a los nuevos tratados comerciales le ha quitado lo que debería ser una carta de triunfo.  Los gobiernos pro-estadounidenses de Ecuador y Uruguay son algunos de los que se sienten frustrados por la dificultad de entablar negociaciones con Washington en materia de comercio e inversión.  Ha habido otras decepciones.  Poco se ha hecho para cambiar las políticas de castigo de la era Trump, que fracasaron en llevar la democracia a Cuba, Venezuela y Nicaragua.

China, en cambio, no se queda quieta. En los 15 años hasta 2020, sus bancos estatales han prestado $137.000 millones a Latinoamérica y sus empresas han realizado adquisiciones por valor de $83.000 millones.  China se ha convertido en el mayor socio comercial de Sudamérica y más de 20 países de la región se han adherido a la iniciativa de infraestructuras de la franja y la ruta de Pekín.

China ha dado prioridad a los negocios, porque ha hecho la vista gorda ante la corrupción y los problemas de gobernanza.  Eso no puede ser bueno para Latinoamérica.  Washington tiene razón al insistir en la democracia y la transparencia, pero necesita ofrecer zanahorias además de blandir el mazo.  A menos que pueda comprometerse con una agenda mucho más audaz en materia de comercio e inversión, y un replanteamiento de la política sobre Cuba y Venezuela, EEUU se verá cada vez más superado por Pekín en su propio vecindario.

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