La directora general de la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala (C-I), aplaude junto al consejero delegado de la conferencia Timur Suleimenov (2do-D), al finalizar la sesión de cierre de la conferencia de ministros del organismo en Ginebra la semana pasada. FOTO: EFE/EPA/Fabrice Coffrini / POOL.

Si el organismo de comercio global no existiera habría que reinventarlo.

La maratónica reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio (“OMC”) celebrada la semana pasada devolvió un poco de vida al sistema comercial multilateral. Pudo proclamar un paquete de acuerdos, que incluía una exención parcial de las patentes de vacunas contra el Covid ,y recortes en las subvenciones a la pesca. Estos acuerdos carecían de mucha sustancia real, aunque su impacto depende de su aplicación. Sin embargo, la OMC sobrevive, en muchos sentidos, con respiración asistida.  Mantenerla viva es importante; si no existiera, el mundo tendría que reinventarla, lo que sería muy difícil hoy en día. De hecho, con el multilateralismo sometido a tanta presión, y al multiplicarse los problemas de gestión de los bienes públicos mundiales, podría decirse que es aún más necesaria hoy que cuando se creó en 1995.

La globalización, de la que la OMC ha sido impulsora y facilitadora, se estancó.  A la crisis financiera mundial le siguió una reacción populista contra las fronteras abiertas. La elección de Donald Trump provocó una guerra comercial de EEUU con China. La pandemia de Covid-19 cerró las fronteras, atascó el comercio mundial y llevó a las empresas a reconsiderar la conveniencia de ampliar las cadenas de suministro.

Esto hace que la probabilidad de otras grandes rondas de liberalización comercial en un futuro previsible sea casi inexistente. De hecho, las preferencias sobre cómo regular algunas de las principales áreas de crecimiento actuales, como los servicios digitales, difieren tanto en todo el mundo que es difícil ver una base para acordar normas globales.

Sin embargo, el comercio abierto sigue siendo tan importante para la prosperidad mundial y hay tantos asuntos que los países deben resolver que un foro como la OMC puede seguir desempeñando un papel fundamental.  Un ejemplo, a pesar de la escasez del acuerdo de la semana pasada, es la limitación de las subvenciones a la pesca que están destruyendo las poblaciones acuáticas a nivel mundial.  Otra es la política ecológica.  El mecanismo de ajuste fronterizo que está aplicando la UE para el carbono – el cual fija aranceles a las importaciones cuando el productor no está pagando un costo por las emisiones - va a dar lugar a discusiones sobre cuáles son legítimas y cuáles proteccionistas.  Sin al menos una forma de resolver las disputas, podrían producirse guerras comerciales.

Ngozi Okonjo-Iweala, la enérgica directora general de la OMC, merece un gran reconocimiento por mantener vivo el corazón del organismo. No obstante, su salud y vitalidad futuras dependerán de los gobiernos nacionales y, sobre todo, de que EEUU, un impulsor de su creación, y China, uno de sus principales beneficiarios, vean el valor de su existencia.

Aunque afirma haber "vuelto a comprometerse" con la OMC, la administración Biden ha hecho poco para revertir los asaltos al organismo comercial de los años de Trump. La Casa Blanca tiene poco interés por nuevas iniciativas comerciales que sabe que serían políticamente onerosas; su enfoque comercial es una especie de "Estados Unidos primero ligero".  Una prueba clave será si está dispuesta a participar de forma productiva en las discusiones acordadas la semana pasada para tener un mecanismo de resolución de disputas que funcione en 2024, debido a que ha inutilizado el actual panel al negarse, desde la era Trump, a permitir el nombramiento de nuevos miembros-.

China, cuya adhesión en 2001 debía ser una prueba de la valía de la OMC, bajo el gobierno de Xi Jinping ha ampliado políticas que son contrarias a los principios del libre comercio. India, por su parte, parece más empeñada en hacer gala de su condición de líder del mundo en desarrollo que en asumir un verdadero compromiso.

Esto abre una oportunidad para que la UE sea una abanderada del libre comercio.  A pesar de ello, hay límites a lo que puede lograr sin el apoyo y el compromiso de otras grandes potencias comerciales.  Lo mejor que se puede esperar es que mientras tanto la OMC se conserve como foro de debate y -con suerte- como árbitro de los conflictos.  La próxima generación de líderes políticos podría redescubrir su importancia algún día.

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