El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez (2-d), y el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden (2-i), han mantenido este martes una reunión bilateral en La Moncloa en anticipación de la cumbre de la OTAN a celebrarse en Madrid esta semana. FOTO: EFE/Pool Moncloa/Fernando Calvo.

Aumentar siete veces el tamaño de la fuerza de reacción rápida de la alianza es un paso crucial.

¿Enviaría Vladimir Putin tropas rusas a uno de los Estados bálticos, consciente de que eso desencadenaría una guerra directa con la OTAN?  No hay lugar para la complacencia; hasta que los tanques rusos atravesaron las fronteras de Ucrania el 24 de febrero, eso también parecía impensable.  Las cumbres de la UE y del G7 de los últimos días se han comprometido a reforzar el apoyo a Ucrania -la cual el lunes sufrió un horrible ataque con misiles contra un centro comercial en Kremenchuk- y a endurecer las sanciones que han minado la economía rusa y llevado hacia su primer incumplimiento de deuda desde 1998. La cumbre de la OTAN del martes en Madrid es un momento para que la alianza demuestre que comprende la magnitud de la amenaza del Kremlin y que está preparada y equipada para defenderse de cualquier intento ruso de ir más allá de Ucrania y atacar el flanco oriental de la organización.

La semana pasada, la primera ministra de Estonia, Kaja Kallas, advirtió que su país sería "borrado del mapa" si se mantiene la actual estrategia de la OTAN que le daría 180 días a Rusia para arrasarlas antes de la intervención de la alianza. Mientras hablaba, Moscú amenazaba con consecuencias "gravemente negativas" a la vecina Lituania después de que prohibió el transporte ferroviario de algunas mercancías al enclave ruso de Kaliningrado, aunque Vilnius dijo que se estaba limitando a aplicar las sanciones de la UE.

Bruselas ha intentado calmar las tensiones.  Sin embargo, el incidente puso de manifiesto la sensibilidad de los tres Estados bálticos, ocupados por la Unión Soviética durante medio siglo, y de la brecha de Suwałki, la franja fronteriza polaco-lituana entre Kaliningrado y Bielorrusia, que si es tomada por Rusia, podría aislar al Báltico de la OTAN.

La nueva estrategia que aprobará la OTAN en Madrid es menos de lo que Kallas hubiera querido.  Aun así, es fundamental.  La alianza está pasando, con razón, de un concepto de fuerza de alarma, según el cual la OTAN estaciona unas 1.000 tropas extranjeras en cada país para disuadir de una invasión, a centrarse en una defensa completa y rápida del territorio aliado. La OTAN pondrá varios miles de tropas en cada Estado báltico y ampliará su fuerza de reacción rápida de 40.000 a 300.000 efectivos, listos para empezar a desplegarse en lugares específicos del Este — donde se habrán entrenado y completado ejercicios— a las pocas horas de un ataque.  También se posicionaran más armas pesadas, logística y medios de mando y control.

En parte, se trata de una vuelta al modelo de la época de la Guerra Fría, cuando el máximo comandante de la OTAN sabía exactamente qué fuerzas estaban en espera, dónde y con qué rapidez podían moverse.  No obstante, muchas lecciones sobre disuasión, defensa y señalización se han olvidado en las tres décadas transcurridas desde entonces y deben volver a aprenderse.

También es vital poner en marcha la supervisión, la toma de decisiones y la logística necesarias para permitir un despliegue rápido de las fuerzas.  Del mismo modo lo es el financiamiento para garantizar el mantenimiento constante de niveles adecuados de preparación.  Ahora, nueve estados de la OTAN cumplen con el objetivo de gastar el 2 por ciento de su producto interno bruto en defensa; otros 19 tienen "planes claros" para hacerlo antes de 2024.  Aun así, los aliados occidentales han hecho demasiadas declaraciones desde que Rusia se apoderó de Crimea y de partes del este de Ucrania en 2014, sin aplicarlas debidamente.  La prioridad es convencer a Putin — quien algunos funcionarios temen no considera creíble la defensa de los países bálticos por parte de la OTAN — de que las garantías de seguridad de la alianza se aplican por igual a todos los miembros.

Por otra parte, la alianza podría haber presentado una imagen de solidaridad más convincente si Turquía no siguiera bloqueando la adhesión de Finlandia y Suecia por sus vínculos con los separatistas kurdos. Las apariencias importan.  La Alianza del Atlántico Norte está adoptando, con retraso, un concepto estratégico que reconoce a Rusia como la "amenaza más significativa y directa" para su seguridad.  Sin embargo, al igual que en la Guerra Fría, los aliados de la OTAN deben estar dispuestos, una vez más, a hacer un gran esfuerzo y a gastar en la preparación de algo que esperan que nunca ocurra, con el objetivo de asegurarse de que así sea.

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