A pesar del clamor popular de millones de ciudadanos en contra de las armas, EEUU continua sumido en una ola de matanzas sin sentido mientras muchos políticos hacen caso omiso de la crisis. FOTO: Washington Post por Amanda Andrade-Rhoades.
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Es difícil detener la creciente militarización de la sociedad estadounidense.

Las armas no matan a la gente, insiste el cabildo armamentístico estadounidense. Las personas matan a la gente.  De ello se desprende que, cualquiera sea el nivel de los tiroteos masivos en EEUU, o su tasa de homicidios con armas, la solución es mejorar los principios morales, no imponer control sobre las armas. Si se reduce el acceso de los estadounidenses a las armas de fuego, se los estaría privando de su derecho constitucional a la autodefensa.

Encontrar errores en ese razonamiento es más fácil que dispararle a un pez en un barril, sobre todo por cómo distorsiona la segunda enmienda de EEUU, que protege la existencia de milicias "bien reguladas", no de arsenales privados no regulados.  No obstante, el sentido común no está a la altura de un grupo de presión que puede acabar con carreras políticas y dar el triunfo a campañas presidenciales o provocar su fracaso.

La pregunta correcta no es cuándo terminará esto, sino a dónde nos llevará.  Al contrario de lo que se cree, no siempre ha sido sencillo comprar un arma en EEUU.  Hasta mediados del siglo XX, el consenso judicial interpretaba que la segunda enmienda garantiza el derecho de los estados a defenderse de la tiranía federal o de la venganza imperial.

Esa lectura desde entonces se reformuló en el derecho irrestricto de los individuos a poseer casi cualquier arma de fuego que quieran y a ocultarlas en casi cualquier espacio público.  En palabras de Warren Burger, ex presidente de la Corte Suprema de EEUU, "la interpretación de la Segunda Enmienda por parte del cabildo de las armas es uno de los mayores fraudes... que he visto en mi vida".

Sin embargo, ahora es un principio rector entre los juristas conservadores, incluidos dos tercios de la Corte Suprema de EEUU, y la mayoría de las legislaturas estatales de EEUU.  El ritmo de aumento de las armas en circulación ha sido vertiginoso.  En la última década, la cantidad de armas de fuego privadas se ha disparado más de un tercio hasta alcanzar las 120 armas por cada cien estadounidenses.  En la actualidad, EEUU posee el 46 por ciento de todas las armas privadas del mundo, lo que supone más de diez veces su cuota de la población mundial.

Cada nueva atrocidad, como el tiroteo masivo del lunes en un desfile del 4 de julio en los suburbios de Chicago, conduce a un aumento de las ventas de armas.  El crecimiento de la tasa de homicidios en cerca de un 40 por ciento en las principales ciudades en los últimos dos años ha alimentado esa inseguridad. Cuanto más preocupados se sientan los estadounidenses por el aumento de la delincuencia, más pronunciada será la curva de la demanda.  Probablemente, parte de esto refleja el pesimismo sobre las posibilidades de una reforma seria del control de armas, aunque el Senado de EEUU acordó recientemente una modesta ley de "bandera roja" que refuerza los controles a los menores de 21 años y prohíbe la venta a quienes han cometido abusos domésticos.

A pesar de ello, la tendencia va en dirección contraria. A principios de este año, la Asociación Nacional del Rifle (NRA), el despiadado y eficaz grupo de presión que promueve las armas, celebró un hito que habría sido inimaginable hace 20 años.  La mitad de los estados de EEUU ya han aprobado leyes que permiten a los propietarios de armas portarlas en público sin necesidad de un permiso.  El primer estado que aprobó una ley tan amplia fue Alaska en 2003.  Georgia se convirtió en el estado número 25 este abril.  Desde entonces, la Corte Suprema ha anulado la centenaria ley de Nueva York que obligaba a demostrar una "causa justificada" a quien portara armas en público. La sentencia abre las puertas a muchas más impugnaciones de este tipo.

Poco a poco, pero cada vez con mayor rapidez, lo que queda del control de armas en EEUU se está demoliendo. Esta nueva era de armas no reguladas coincide con la creciente militarización de la sociedad estadounidense y el equivalente a una guerra fría en la política interna. Hasta 2004, la venta de AR-15 y otras armas de asalto de tipo militar estaba prohibida. Ahora se venden como pan caliente.  Ese rifle en particular sigue siendo utilizado en tiroteos masivos.  No es solo que en EEUU haya más armas, sino que son más letales que antes.

Las estadísticas brutas ocultan tendencias aún más inquietantes. En la última generación, la proporción de hogares estadounidenses que poseen armas ha disminuido. En parte, se trata del descenso de la caza como pasatiempo en EEUU, que está relacionado con movilidad urbana.  Eso significa que hay más armas en manos de menos personas.  Algunas casas tienen alijos que podrían calificarse como sus propias mini milicias.  Hace veinte años, la NRA hacía publicidad sobre todo para artículos para cazar. En la actualidad, su sitio web comercializa accesorios tácticos para el campo de batalla.

Mientras la Asociación Nacional del Rifle monetiza la paranoia estadounidense, la gente se pregunta: "¿dónde uno está seguro?"  Ni en las iglesias, ni en las escuelas, ni en los centros comerciales.  Un raro refugio es la Corte Suprema.  El reciente atentado frustrado contra la vida de Brett Kavanaugh, uno de sus nueve jueces, ha provocado un refuerzo de la seguridad. El tribunal no parece dispuesto a eliminar una norma que prohíbe a cualquier persona "portar o tener a su disposición cualquier 'arma de fuego'" en las inmediaciones del tribunal. Aún así, aparte de las amenazas a sí mismo, es probable que el más alto tribunal de EEUU se mantenga inamovible en su apoyo a los derechos de porte de armas.

Edward Luce

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