Jeff Bezos, fundador y principal accionista de Amazon, ha criticado recientemente la postura del presidente Joe Biden respecto a la inflación. FOTO: Washington Post por Jonathan Newton.
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Los funcionarios de la Reserva Federal temen que la elevada inflación pueda "arraigarse" en las expectativas del público.

En circunstancias normales, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el fundador de Amazon, Jeff Bezos, no discutirían debido a la inflación. Pero éstas no son circunstancias normales para Estados Unidos.

Con una inflación que alcanzó el 8,6 por ciento en mayo, y dado que la serie Nowcast de la Reserva Federal de Atlanta anuncia una contracción económica en el segundo trimestre de este año, Biden está desesperado por encontrar un culpable.

Por lo tanto, últimamente ha criticado a las compañías de gas y les ordenó reducir los crecientes precios del combustible por ser este "un momento de guerra y peligro mundial". Eso, inevitablemente, ha despertado entre los ejecutivos el temor a un creciente populismo enfrentado a las empresas — lo cual llevó a Bezos a arremeter contra la “profunda incomprensión” de Biden sobre la economía.  Y eso ha acaparado los titulares. Pero también es una cortina de humo, porque el verdadero tema del cual Bezos y Biden deberían hablar, pero que seguramente no tocarán, es el salarial.

En mayo, la tasa de crecimiento anual promedio de los salarios de tres meses fue del 6,1 por ciento, según la Fed de Atlanta, el doble que hace un año.  Y, a diferencia de las décadas anteriores, en las cuales los aumentos salariales casi exclusivamente beneficiaban a los trabajadores mejor pagados, los peor pagados también se han beneficiado.  Amazon elevó su salario promedio anual a $18 la hora, frente a los $17 de seis meses antes y los $15 de 2018.

En muchos sentidos, esta es una muy buena noticia para Biden, dado que los progresistas llevan mucho tiempo quejándose (con razón) de que Estados Unidos se ve acosado por una creciente desigualdad de ingresos y ha criticado ferozmente el trato de Amazon hacia los trabajadores.

Pero el problema es que Biden también se enfrenta a una Reserva Federal cuyos funcionarios temen ahora que la elevada inflación "pueda consolidarse" en las expectativas del público, según las actas de la última reunión de la Fed publicadas esta semana. Esto significa que la Casa Blanca tiene todas las motivaciones para temer al aumento de los salarios, al mismo tiempo que quiere fomentarlos.

El último informe anual del Banco de Pagos Internacionales (BIS por sus siglas en inglés) expone el dilema con especial claridad, no solo para Estados Unidos sino para todos los países occidentales. Para empezar, hay que señalar que la diferencia entre los regímenes de baja inflación y los de alta inflación no es solo el nivel de los precios, sino si hay contagio de precios. En los regímenes de baja inflación, las subidas de precios idiosincráticas (como un aumento del precio del petróleo) no provocan que todos los precios aumenten; en cambio, en los regímenes de alta inflación sí lo hacen.

Esto es el reflejo del comportamiento y la psicología, señala el BIS, como el grado en que las empresas trasladan los costos y los trabajadores se sindicalizan para exigir aumentos salariales que sigan el ritmo de la inflación. En la década de 1970, esto último se debía en parte a que había sindicatos fuertes, mecanismos de negociación salarial centralizados y los salarios solían estar indexados a la inflación.

Pero los grandes "cambios estructurales" de las décadas posteriores provocaron el colapso del "poder de fijación de precios" de los trabajadores en las economías avanzadas: el BIS cita una novedosa y llamativa investigación que muestra que mientras el 70 por ciento de los países utilizaba contratos con indexación de precios en 1975, apenas el 10 por ciento lo hacía en 2015.  Del mismo modo, mientras que más del 90 por ciento de los países tenían algún tipo de coordinación salarial en 1980, en 2020 solo era el 60 por ciento.

Esta caída suele achacarse a las políticas de los gobiernos de derecha, como las restricciones a los sindicatos, junto con los cambios demográficos, como el ingreso de mano de obra extranjera de bajo costo en el sistema mundial. Pero el BIS cree que también existe un bucle de retroalimentación menos reconocido, lo cual crea un círculo vicioso o virtuoso. "Cuanto mayor sea la tasa de inflación, mayor será el incentivo para que los trabajadores se sindicalicen y para que las negociaciones salariales se centralicen; y cuanto más persistente sea la tasa de inflación, mayor será el incentivo para indexar los salarios", señala.  Sin embargo, en los regímenes de baja inflación, los trabajadores sienten menos necesidad de sindicalizarse para ejercer su poder de fijación de precios.

De ahí el dilema de Biden. Llegó a la presidencia defendiendo los derechos de los ahora marchitos sindicatos de Estados Unidos.  Y Jennifer Abruzzo, su principal funcionaria de relaciones laborales, dijo al FT esta semana que la administración apoyará la sindicalización que ahora se filtra en empresas como Starbucks, Apple y Amazon. En Estados Unidos, al igual que en otros países occidentales, también se observan más huelgas, y ahora "se exige una mayor centralización de las negociaciones salariales o cláusulas de indexación", señala el BIS.

Esto aterroriza a los banqueros centrales. Pero, como señala Adam Tooze, profesor de la Universidad de Columbia, en un mordaz ensayo sobre el informe del BIS, cualquier "tecnócrata que celebre el declive del poder de negociación de los trabajadores sindicalizados porque facilita el control de la inflación" parece ser políticamente ingenuo, o ciego; y corre el riesgo de alimentar un "molesto populismo".

Por supuesto, Tooze también señala que existe una alternativa potencial: los políticos, los ejecutivos y los banqueros centrales podrían hablar de cuestiones "distributivas".  Podrían, por ejemplo, retomar el concepto de "corporaciones liberales", y utilizar sistemas de fijación de salarios centralizados para garantizar que los trabajadores peor pagados tengan mayores aumentos salariales que los mejor pagados.

Pero aclaró que el informe del BIS elude estas cuestiones políticas explosivas.  E incluso si el equipo de Biden quisiera adoptar políticas distributivas, tiene poco poder para hacerlo; pedirle a Amazon que pague más a los trabajadores de los almacenes, y que recorte la remuneración de los ejecutivos, desataría (más) críticas por parte de Bezos.

Es por eso que ambos prefieren hablar de los precios del petróleo, y esperan fervientemente que, de algún modo, el crecimiento de los salarios disminuya suavemente a medida que la actividad económica se debilita, antes de que se establezca la "afianzada" psicología inflacionaria que preocupa a la Fed, o se produzca una recesión en toda regla o una explosión de populismo. Será un milagro que Estados Unidos pueda esquivar los tres riesgos.

Gillian Tett


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