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Big Papi recorre las calles de Cooperstown, la víspera de su entrada al Salón de la Fama / Foto @BaseballHall

Big Papi, aquel gigantón que fue desechado por los Marineros y los Mellizos, el pelotero que quedó sin trabajo en diciembre de 2002, asciende al empíreo del beisbol, el Salón de la Fama de Cooperstown, exactamente 20 años después.

David Ortiz encabeza la nueva promoción de inmortales en el templo que durante décadas reclamó haber sido la cuna del deporte de las bolas y los strikes.

Siete leyendas cuentan desde este domingo con una placa de bronce recién estrenada en el museo neoyorquino. Tres son oriundas de América Latina: Ortiz y los cubanos Minnie Miñoso y Tony Oliva. Otras dos brillaron en las Ligas Negras: Bud Fowler y Buck O'Neil. Y dos más dominaron durante largo tiempo la MLB: Gil Hodges y Jim Kaat.

Big Papi es el único que llega a tiempo a esta celebración. Los otros seis esperaron durante décadas lo que parecía desde hace mucho ser un llamado justo. Solamente Oliva y Kaat han podido acudir al acto de entronización. Para los demás, tardó demasiado el llamado del Comité de Veteranos y observan los actos desde el Más Allá.

Ortiz impidió la tardanza, en su caso, al darle nuevo rumbo a su carrera en Boston.

Aquel 22 de enero de 2003 cambió la historia de los Medias Rojas y del beisbol. La nueva gerencia del equipo, inclinada al análisis estadístico y a buscar en los números periféricos de cada bateador, encontró oro en ese talentoso toletero zurdo a quien Minnesota dejó ir en diciembre para no pagarle en el arbitraje.

VUELCO EN LA HISTORIA

¿Hasta dónde habrían llegado los Mellizos con el inicialista y designado en su organización? ¿Qué habría logrado ese club que empezaba a estructurarse alrededor del gran Johan Santana, de haber mantenido a bordo ese madero que estaba a punto de estallar? Nunca lo sabremos.

Sí sabemos lo que pasó en Fenway Park desde la llegada del dominicano. Sacudió 31 jonrones y empujó 101 carreras en su primera temporada en la antigua Yawkey Way, rebautizada Jersey Street después de su retiro.

Vendría la inolvidable remontada ante los Yanquis de Nueva York, perdiendo tres juegos por cero. Y la primera de tres conquistas en la Serie Mundial, a partir de 2004.

Todo, incluyendo la desaparición de la mismísima maldición de Babe Ruth, todo cambió a partir del momento en que Big Papi se convirtió en patrimonio bostoniano.

CON ACENTO HISPANO

Ortiz, Miñoso y Oliva dejan un marcado acento hispano en la festividad de esta ocasión.

América Latina llega a 18 inmortales en Cooperstown. Cuba sube a seis representantes de un golpe. República Dominicana eleva su cuenta a cuatro.

Al pueblito neoyorquino arribaron multitudes y grandes figuras del pasado, para ser parte de la fiesta. Uno de ellos, Pedro Martínez, el compatriota de Ortiz, su amigo y compañero en los más grandes lances con el uniforme de los Medias Rojas.

Big Papi fue el único ex jugador seleccionado este año en la votación de los especialistas. Rozó el 78 por ciento de las papeletas y consiguió lo que le faltó a otras estrellas que se quedaron cortas, como Barry Bonds, Roger Clemens, Alex Rodríguez, Manny Ramírez u Omar Vizquel.

Lo logró a fuerza de bombazos. Entró luego de aparecer en la planilla por primera y única vez, con sus 541 jonrones, sus más de 1.700 impulsadas y sus casi 1.200 extrabases.

Lo logró también por su personalidad. Desde mucho antes de graduarse como estrella derrochaba carisma en la Serie del Caribe y el circuito de su país.

Y lo logró, claro, por su coraje, por esa capacidad para sobreponerse a los retos más dificiles, por ser una inspiración con palabras y con hechos.

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Llegó a Boston siendo conocido solo como David Ortiz, el antiguo prospecto bien cotizado por Baseball America, el jugador desechado por dos equipos que no creyeron en su verdadero potencial.

Entra en la inmortalidad como Big Papi, el mote que se ganó mientras machacaba con el bate los últimos obtáculos que impedían a los Medias Rojas celebrar en la Serie Mundial.

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