El presidente Biden conversó hoy con su homólogo de China, Xi Jinping durante más de dos horas, pero hasta la fecha los líderes no han tenido una reunión en persona durante la presidencia de Biden. FOTO: Washington Post por Demetrius Freeman.

Los costos de un error de cálculo por parte de cualquiera de los dos bandos serían letales, y los riesgos no dejan de aumentar

Si dos trenes están en rumbo de colisión, el operador de cambios de vías los coloca en vías diferentes. Desgraciadamente, en geopolítica son los conductores los que tienen que tomar las medidas evasivas.  En el caso de Estados Unidos y China, cada uno pone a prueba la capacidad del otro de conducir trenes.  La historia nos ofrece pocas esperanzas de que naturalmente se resuelvan las colisiones que se avecinan.

Cuando se trata de Joe Biden y Xi Jinping (los dos líderes mundiales que más necesitan reunirse cara a cara pero que no lo han hecho desde que Biden asumió el cargo) la acción evasiva brilla por su ausencia, especialmente en lo que respecta a Taiwán.  Biden sugirió que ambos países reanuden algún tipo de diálogo estratégico.  Cualquier intercambio rutinario de opiniones, incluso a gritos, sería mejor que la escalada de hoy.  Pero a China no le interesa.  En primer lugar, Estados Unidos debe poner fin a lo que el embajador de China en Washington denomina "desinformación, información incorrecta [y] mentiras" sobre los asuntos internos de Pekín, en particular sobre Hong Kong y Xinjiang.

¿Quién puede romper este estancamiento?  Según la llamada "trampa de Tucídides" de Graham Allison, una potencia hegemónica en ascenso suele chocar con aquella que está en su camino de forma descendiente.  La principal excepción fue la transición de Gran Bretaña a Estados Unidos, que, incluso entonces, evitó la guerra por poco en varias ocasiones.  Pero el pasado no ofrece ninguna orientación sobre cómo evitar el conflicto entre dos gigantes en declive, que es una mejor descripción tanto de China como de Estados Unidos en la actualidad.

La relativa decadencia de Estados Unidos se entiende bien, sobre todo por sus fisionables divisiones políticas.  Sin embargo, la opinión generalizada todavía es que China tiene previsto dominar el mundo en 2049 — el aniversario de la revolución china, que Xi ha fijado como objetivo.  Pero ¿y si Xi (y el consenso mundial sobre el ascenso de China) ya está desactualizado?  Las posibilidades de que China logre nuevamente las elevadas tasas de crecimiento de las dos primeras décadas de este siglo ya están disminuyendo, sobre todo debido a su perfil de envejecimiento.

A la probable "trampa del ingreso medio" de China, Xi ha añadido el Covid cero que está paralizando el crecimiento económico sin obtener ninguna ventaja epidemiológica evidente.  Dado que las vacunas del país solo son parcialmente eficaces, su población, cada vez más frustrada, no ve el fin de los cierres. Además de que hay menos expectativas de crecimiento en China, podemos añadir ahora una nueva preocupación: las dudas sobre la racionalidad de su liderazgo.  Todavía no conozco a ningún observador de China que piense que la política de Covid cero sea inteligente.

Aquí es donde entra Taiwán.  Xi ha dejado claro que quiere resolver la situación de la isla durante su mandato, lo que significa ponerla bajo el control de China en los próximos años.  Dado que Xi no quiere que nada lo distraiga de la coronación de su tercer mandato como líder en la conferencia del Partido en octubre, eso significa que probablemente 2023 sea el año de máximo peligro. Biden no puede confiar en que las dificultades de Vladimir Putin en Ucrania disuadan a China de actuar contra Taiwán.  De hecho, las penurias militares de Putin pueden incluso acelerar el calendario de Xi, ya que Estados Unidos está aprendiendo de la guerra en Ucrania para dotar a Taiwán de mejores capacidades defensivas.

Además, Xi conocerá el calendario político de Estados Unidos. Puede que considere menos arriesgado avanzar en Taiwán durante el mandato de Biden que esperar, por ejemplo, a un presidente Mike Pompeo, Ron DeSantis o Tom Cotton.  La retórica y las acciones de Biden no siempre son coherentes.  El presidente ha hecho trizas en repetidas ocasiones la llamada ambigüedad estratégica de Estados Unidos al afirmar que el país acudiría en defensa de Taiwán, algo que, posteriormente, tuvo que “aclarar” el personal de la Casa Blanca. Pero las acciones de Biden sobre Ucrania sugieren una profunda reticencia a arriesgarse a confrontar militarmente a Rusia. Esa misma precaución se aplicaría en la práctica a China.

Lo que brilla por su ausencia es cualquier iniciativa de Xi o Biden para modificar la narrativa.  En su esperado discurso sobre China en mayo, el secretario de Estado estadounidense Antony Blinken dijo que China es el único país del mundo con la "intención" y la "capacidad" de alterar el orden internacional. Muchos países añadirían a Estados Unidos a esa lista.  EEUU sigue las reglas que él mismo creó solo cuando le conviene. En cualquier caso, Estados Unidos ha dejado muy claro su sombrío diagnóstico sobre China. Así, la diplomacia estadounidense se centra en acercarse a los vecinos de Pekín en lugar de impulsar el diálogo.

Este es un camino peligroso. Incluso si Blinken tuviera razón sobre las intenciones de China, eso hace que la diplomacia sea más importante, no menos. El costo de un error de cálculo sería letal, y los riesgos no dejan de aumentar. La llamada por Zoom de Biden con Xi del jueves puede ser útil, pero no sustituirá el diálogo rutinario entre Estados Unidos y China. En palabras de Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia, Estados Unidos y China son como "dos vecinos soldando en un taller del patio trasero sin zapatos de suela de goma, con chispas volando por todas partes ... con cables sin aislar que corren por un suelo de concreto húmedo. ¿Qué podría salir mal?"

Edward Luce

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