El presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, demuestra su agrado hacia la prensa por la aprobación en el Senado del proyecto de ley Demócrata sobre ecología y economía. FOTO: EFE/Michael Reynolds.
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En un Washington polarizado, Joe Biden ha demostrado que sí puede lograr avances.

Resulta que el planeta podría tener un futuro después de todo. Tras un periodo de grave y creciente pesimismo, el Congreso de Estados Unidos (y el presidente Joe Biden) han sacado adelante el proyecto de ley sobre cambio climático más importante en la historia de Estados Unidos.

El hecho de que casi todos los observadores, incluidos muchos Demócratas, habían dado por perdida cualquier posibilidad de avance lo hace aún más interesante. El proyecto de ley, engañosamente llamado Ley de Reducción de la Inflación, también facultará al gobierno de EEUU para negociar precios más bajos para los medicamentos recetados y otorga subsidios más generosos para la atención médica de millones de estadounidenses.

Son hitos por sí solos. Pero lo que cambia el juego son las cláusulas del proyecto de ley relacionadas con la energía limpia. Después de más de una generación de intentos, y muchos años más tarde de lo que hubiera sido deseable, Washington por fin toma la iniciativa en materia de calentamiento global. Debido a esto, Biden se ha ganado un lugar en los libros de historia.

El hecho de que el Congreso haya sido incapaz de adoptar un impuesto al carbono (un paso que la mayoría de los economistas insisten que será esencial) no debería empañar el impacto del proyecto de ley.  La realidad política indica que el palazo de la subida de impuestos no puede anteponerse a la zanahoria de los subsidios fiscales a las energías renovables.  A pesar de ello, se aprobó en el Senado estadounidense sin ningún voto Republicano.

Es posible que los efectos de estos subsidios, que según las previsiones permitirán a EEUU reducir para 2030 las emisiones de carbono hasta un 40 por ciento por debajo de los niveles de 2005 (considerablemente alejados del objetivo de EEUU de reducir las emisiones a la mitad para ese año) faciliten la aprobación de un impuesto sobre el carbono más adelante.  A medida que la cartera energética de Estados Unidos gira hacia fuentes más ecológicas, la opinión pública podría alcanzar un punto de inflexión.  Pero ese momento está muy lejos. A los Demócratas de Biden todavía pueden castigarlos por la alta inflación de los precios de la gasolina en las elecciones intermedias de noviembre.

Es probable que el proyecto de ley tenga una doble importancia a largo plazo. En primer lugar, su gasto fiscal de $369.000 millones durante la próxima década atraerá inversiones privadas. Proporcionará un acelerador financiado por los contribuyentes hacia una serie de energías más limpias, como los vehículos eléctricos, la producción eólica y solar, y la investigación sobre capturas de carbono, la conversión a hidrógeno y los reactores nucleares a pequeña escala.  Las inversiones federales darán al universo mucho más amplio de capital privado todos los incentivos para dar un paso adelante.

Dada la naturaleza imperfecta de los subsidios públicos, algunos de los dólares irán a parar a los bolsillos equivocados. Algunos financiarán actividades que habrían tenido lugar de todos modos. También hay dudas sobre si los grandes productores de vehículos eléctricos de Estados Unidos, como Tesla y GM, pueden cumplir los umbrales de contenido local necesarios para desbloquear las exenciones fiscales de hasta $7.500 por vehículo. Además, por motivos de justicia fiscal, es decepcionante que el Congreso haya vuelto a fracasar a la hora de cerrar la laguna de los intereses devengados, esta vez por la insistencia de la senadora de Arizona Kyrsten Sinema. Pero estas son preocupaciones menores comparadas con el gran premio.

El segundo efecto será potenciar la capacidad de Estados Unidos para despertar un sentido de urgencia mundial. Es una lástima que la aprobación del proyecto de ley haya coincidido con el anuncio que hizo China sobre la suspensión de las conversaciones con Estados Unidos respecto al cambio climático.  Pekín, enfadado por la visita a Taiwan de la oradora de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi la semana pasada, corre el riesgo de tirar piedras contra su propio tejado.  Sean cuales sean las tensiones bilaterales, tanto China como Estados Unidos tienen un deber hacia los mayores intereses de la humanidad.  Por la misma razón, el anuncio que Alemania hizo a finales del mes pasado de que piensa invertir 177.000 millones de euros en eficiencia energética y energía verde durante los próximos cuatro años es muy bienvenido.

Mientras Estados Unidos sufre el que se prevé que sea el verano más caluroso de su historia por segundo año consecutivo, la era del calentamiento global teórico hace tiempo que pasó. El momento de actuar era ayer. Pero hoy sigue siendo preferible a mañana.

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