El presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, promulga la ley sobre semiconductores y ciencia durante un acto en la Casa Blanca con la presencia del jefe de la mayoría Demócrata del Senado, Chuck Schumer (D-NY), la primera dama Jill Biden, y la vicepresidenta Kamala Harris. FOTO: Washington Post por Demetrius Freeman.
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Los recientes éxitos legislativos sugieren un sistema político que está funcionando bien, pero la complacencia sería un error.

Hace catorce años, le dije a un amigo bien informado que Barack Obama estaba considerando elegir a Joe Biden como su compañero de fórmula en las elecciones de 2008. "Tienes que estar bromeando", fue la réplica. "Biden no está para eso".

Hace solo dos semanas se escribieron esquelas similares cuando los números de las encuestas de Biden caían por debajo incluso del nadir de Donald Trump. Sin embargo, aquí estamos. El presidente con más edad de EEUU, ahora puede presumir de un historial legislativo más sólido en menos de dos años que el que lograron Obama o Bill Clinton en ocho.  Resulta que las bajas expectativas son el arma secreta de Biden.

Nada de esto significa que vayan a elegir a Biden para un segundo mandato.  Aun así, cabe destacar lo que ha hecho en menos de la mitad del primero.  En los próximos días, Biden firmará el único intento serio hasta el momento de un gobierno estadounidense para abordar el calentamiento global.   Sus predecesores lo intentaron y fracasaron.  Clinton no consiguió convencer al Senado de que ratificara el Tratado de Kioto sobre el cambio climático en 1999.  El proyecto de ley de límites máximos y comercio de Obama de 2009 también fracasó.  Trump, por supuesto, desechó las acciones ejecutivas a las que recurrió Obama luego de fracasar en el Capitolio.  Trump también sacó a EEUU del acuerdo ambiental de París.

Biden no solo revirtió las acciones de Trump, sino que es el primer presidente que señala que EEUU va en serio contra el calentamiento global.  A diferencia de Obama y Clinton, quienes contaban con amplias mayorías en el Senado, Biden lo ha hecho con un Senado 50:50.  Quizá la falta de ese colchón sea buena para la disciplina del partido.

Esta semana también firmará la ley "Chips plus", que es la primera oportunidad que le ofrece EEUU a su política industrial desde la respuesta de Ronald Reagan al surgimiento de Japón en los años ochenta.  El proyecto de ley destina decenas de miles de millones de dólares a la investigación científica pública, el tipo de dinero que en los años 50 comenzó el camino hacia la Internet.  El proyecto de ley sobre el clima y los impuestos de Biden también otorga por primera vez al gobierno federal la facultad de negociar precios más bajos para los medicamentos.  De nuevo, los Demócratas llevan décadas perdiendo ante el lobby farmacéutico.  Biden rompió esa barrera sin mucho ruido.  Giró toda la atención la bonanza de la energía limpia del proyecto de ley.

Cualquiera de estos avances políticos debería ser una gran noticia por derecho propio. Juntos, suponen un sigiloso reinicio de la capacidad política de EEUU.  Es probable que este cambio radical se pase por alto por tres razones.  La primera es que casi todos, especialmente la veterana casta política de Washington, están profundamente aclimatados a la paralización.  Lleva un tiempo digerir la magnitud de lo que ha sucedido en las últimas dos semanas.

La segunda es que esta oleada de legislación podría ser el último bocado real que Biden le da la manzana.  Si, como siguen pronosticando las encuestas, los Demócratas pierden el control del Congreso en noviembre, los líderes Republicanos se asegurarán de que no se promulgue ninguna otra ley durante el primer mandato de Biden. En tercer lugar, EEUU se encuentra en medio de una crisis constitucional cada vez más profunda.  Es difícil reconocer que un sistema funciona cuando, al mismo tiempo, es tan fácil imaginar su colapso.

Todo esto significa que el lugar de Biden en la historia no está asegurado. Todavía es posible -algunos dirían que probable- que Biden pierda en 2024 o que no se presente y que pierda el candidato Demócrata que lo reemplace.  No se trataría de un traspaso de poder habitual.  Tanto si el Republicano ganador fuera Trump o una figura afín a él, como el gobernador de Florida, Ron DeSantis, o el ex secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo, su plataforma incluiría un repudio a la victoria de Biden en 2020.

También se comprometerían a revertir el proyecto de ley sobre el clima y los impuestos de Biden. En otras palabras, las victorias legislativas recientes de Biden podrían parecer un destello anterior a la siguiente avalancha. La democracia estadounidense sigue siendo viable, pero no está a salvo en absoluto.

¿Tendrá Biden, a los 80 años que cumple en noviembre, la capacidad de oponerse a estas sombrías expectativas?  La respuesta depende en última instancia de lo que piense el pueblo estadounidense.  Una característica sorprendente de la serie de victorias legislativas de Biden es que todas ellas son jugadas a largo plazo.  Ninguna de ellas tendrá un gran impacto en el bienestar de los votantes en los próximos meses.  La inflación seguirá siendo una pesadilla. Es probable que el aumento de la delincuencia siga siendo una preocupación. El costo del financiamiento de la lucha de Ucrania contra Rusia seguirá aumentando sin que haya muchas ventajas políticas para Biden.

A diferencia de Obama y Clinton, Biden carece de la poesía necesaria para tejer una narrativa para el pueblo estadounidense. No obstante, quizá la poesía esté sobrevalorada. Mientras Biden busca a tientas las palabras adecuadas, los acontecimientos están escribiendo su propia narrativa.  El FBI acaba de hacer una redada en la residencia de Trump en Mar-a-Lago.  No se puede descartar su procesamiento por sedición o por delitos menores.  "El dormilón Joe" Biden podría estar en sus últimas. Y sin embargo, ha demostrado una gran habilidad para sobrevivir a sus enemigos.

Edward Luce

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