La representante Liz Cheney (D-WY), utilizó su discurso de concesión en la primaria por su escaño de la Cámara de Representantes, para lanzar formalmente una campaña sin tregua contra Donald Trump dentro del GOP. FOTO: Washington Post por Jabin Botsford.
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Su postura solitaria contra Donald Trump fue vista como una traición por parte de los fanáticos que controlan a los Republicanos.

Sea Michael Dukakis en 1988 haciendo una sesión de fotos en un tanque o John Kerry en 2004 vestido con un camuflaje para disparar a los gansos, la democracia estadounidense está llena de momentos de complacencia. Es menos generosa con los ejemplos de políticos que se alejan de los votantes debido a sus principios personales.  Cuando Liz Cheney, quien fue expulsada de su distrito de Wyoming el martes por la noche, se opuso al liderazgo de su partido a principios de 2021, les citó el evangelio de San Juan: "La verdad los hará libres". Su obsesión por provocar la muerte política de Donald Trump -posiblemente en forma de una condena carcelaria- ha convertido a Cheney en la suicida electoral más célebre de EEUU.

A diferencia de la realidad, la versión política puede convertirse en una plataforma para renacer.  Vale la pena recordar que, a pesar de sus intentos de congraciarse, Dukakis y Kerry perdieron cada uno sus contiendas presidenciales frente a un Bush.  Ese fue el final de sus esperanzas de llegar a la Casa Blanca; pocos sobreviven las alcahueterías que fracasan.  Cheney, por su parte, ha dejado una marca que podría definir el destino del conservadurismo estadounidense.  Si el Republicanismo es Trump y Trump es el Republicanismo, el partido y el país se encaminan hacia la hora de la verdad.  "Estamos al borde de un abismo", dijo Cheney recientemente.

¿Qué nos dice su derrota sobre el futuro de la democracia estadounidense?  El mensaje más claro es que el partido Republicano se ha convertido en un culto autoritario.  Cheney es una de las legisladoras más conservadoras de EEUU.  Votó el 93 por ciento de las veces con Trump durante su mandato.  Está a favor de todas las reducciones de impuestos, en contra de todos los abortos y a favor de todos los nuevos sistemas de armas que se ofrecen.  Al igual que su padre, el exvicepresidente Dick Cheney, Liz Cheney es lo más cercano que un político puede llegar a personificar a las barras y estrellas.  Está tan lejos de ser moderada -"Republicana solo de nombre", como la llaman peyorativamente- como cualquiera de sus colegas.

Entonces, la defenestración de Cheney plantea la siguiente pregunta: ¿qué define al partido Republicano actual?  Sus bases se mueven por dos pasiones: a quién ama y a quién odia.  Las bases del partido idolatran a Trump.  Todo el mundo en Washington sabe que no ocurre lo mismo con muchos, si no con la mayoría, de los Republicanos electos.  Figuras como Marco Rubio, de Florida, y Ted Cruz, de Texas, decían lo que pensaban en 2016 cuando describían a Trump como un estafador de poca monta.  Harriet Hageman, la Republicana apoyada por Trump que desbancó a Cheney, probablemente fue sincera en 2016 cuando llamó a Trump "racista y xenófobo".  La ambición, y el miedo al populacho, han convertido a todas estas figuras en mini-Trumps huecos.

Los partidos convencionales manejan sus extremos.  En el caso de los Republicanos de hoy; sin embargo, el extremo marca la narrativa.  En otra época, Marjorie Taylor Greene, la congresista de Georgia, sería tachada de bicho raro de la política.  Greene avala abiertamente la teoría de QAnon de que el establishment de EEUU está dirigido por pedófilos.  Cuanto más ofensivas sean sus posturas, más dinero recaudará.  La semana pasada, en un acto de su partido, la aplaudieron con brío cuando dijo que se oponía a los paneles solares, porque solo funcionan cuando hay sol.  "Quiero quedarme despierta hasta más tarde por la noche", dijo. "No quiero tener que ir a la cama cuando se ponga el sol".

El partido Republicano actual pertenece a Greene, no a Cheney. Incluso lo motiva mucho más lo que odia que la admiración a Trump.  No tengo ni idea si Greene es tan estúpida como parece.  También podría ser muy inteligente.  La clave del éxito en el movimiento conservador actual es provocar a quienes lo desprecian.  Garantiza una notoriedad mediática que se puede monetizar.  Trump ideó el modelo. No obstante, no es la última palabra.  La clave es enfurecer a los moralizadores sobreeducados en las dos costas urbanas de Estados Unidos.  Cuanto más ignorante suene, más despectivas serán las élites culturales, lo cual vale su peso en oro electoral.

No está claro cómo un Cheney podría romper esta dialéctica mórbida.  Cheney cree que representa valores Republicanos atemporales como la integridad, el carácter y el valor. Está ampliamente dotada de las tres cosas.  Sin embargo, ninguna de estas cualidades parece contar mucho entre sus colegas Republicanos de hoy.  Es posible que esté pensando hacer de aguafiestas contra Trump en las primarias Republicanas de 2024.  Podría volver a sacrificarse por una causa mayor.  Una apuesta más noble es que en 2025 o más adelante esté preparada para recoger los pedazos de un partido que sufre un trastorno del estrés post-Trump.  Aun así, eso quizás sea exagerar el nivel al cual la patología se trata únicamente de Trump.  "Llegará un día en el cual Donald Trump no esté, pero su deshonra permanecerá", dijo Cheney a sus compañeros Republicanos.  Es un pensamiento edificante, pero también algo obvio.  La pregunta urgente es qué sucede desde ahora hasta ese momento.

Edward Luce

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