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La migración Sur a Norte usualmente protagoniza el debate político en nuestro continente y con buena razón. El desplazamiento de millones de personas desde América Latina hacia Estados Unidos exhibe la pobreza, los malos gobiernos, la inseguridad y los efectos severos del cambio climático que enfrenta nuestra región. También genera tensiones a lo largo del peligroso recorrido, y se ha convertido en una de las banderas del enfrentamiento y la polarización política en Estados Unidos. Pero en los últimos años cada vez más estadounidenses han decidido hacer de la Ciudad de México y de otras grandes ciudades latinoamericanas su hogar. Algunos críticos la califican como un nuevo tipo de colonialismo, pero en realidad se trata de un nuevo tipo de migración impulsada por un nuevo perfil de migrantes que vale la pena estudiar.

Datos del Departamento de Estado revelan que, en el caso de México, poco más de un millón y medio de estadounidenses viven y trabajan actualmente en ese país. La cifra no contempla a quienes permanecen con visas de turista o como indocumentados. La pandemia aceleró el trabajo remoto a través de diversas industrias y la capital mexicana está entre los destinos que se han beneficiado de esta tendencia. El buen clima, la cercanía con varias ciudades estadounidenses y un costo de vida más accesible son atractivos para los nuevos residentes. Ya no son los jubilados que deciden instalarse en Ajijic o Chapala, se trata en su mayoría de jóvenes que vienen de ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Chicago para hacer de la Ciudad de México su base de trabajo y su casa lejos de casa.

La primera vez que John Hyatt llegó de Charlotte en Carolina del Norte a México fue hace más de 10 años para trabajar como consultor de negocios. Hyatt viajaba constantemente a la nación norteamericana para asesorar a empresas estadounidenses, pero durante la pandemia comenzó a pasar más tiempo en México hasta que finalmente tomó la decisión de establecer su residencia permanente en la capital mexicana.

“Tal vez no lo apreciamos en la retórica con los líderes políticos en uno y otro lado de la frontera, pero Estados Unidos y México están cada vez más cerca, cada vez más integrados”.

Está dinámica es evidente en la intensidad de la relación comercial que coloca a México como uno de los principales socios de la economía estadounidense, pero también en los intercambios que ocurren diariamente a través de la frontera y en el contexto de la conversación que sostuve con Hyatt en una cafetería de la colonia Roma cerca del centro de la Ciudad de México, en donde la mayor parte de los clientes eran extranjeros viviendo en el país.

“Cada vez es más común escuchar a gente hablando en inglés en las calles y en lugares como este. Siempre ha existido una importante comunidad de estadounidenses en México, pero esta nueva ola es diferente. La pandemia ayudó a que mucha gente redescubriera destinos como la Ciudad de México con toda su oferta cultural y gastronómica, pero esto va a seguir incluso después de la pandemia”.
Alexandra Demou es la fundadora de Welcome Home Mexico, una empresa que ayuda a personas en los Estados Unidos que buscan mudarse a la Ciudad de México. Sus servicios se enfocan en la compra y renta de bienes inmuebles, pero también ayuda a familias de “expats” a encontrar las mejores escuelas para sus hijos, sus doctores, a organizar clases de español y hasta eventos sociales para miembros de esa comunidad.

“Ha sido un flujo constante de personas que tienen su propio negocio o que pueden trabajar de forma remota y quieren reubicarse en la Ciudad de México. Muchos llegan con la idea de quedarse solo unos meses y terminan estableciéndose permanentemente”, dice la empresaria.

No todos agradecen la llegada de esta ola de nuevos migrantes. Algunos sectores de la sociedad mexicana se han mostrado críticos ante el aumento en los precios de la vivienda y de algunos servicios básicos. No es raro ver departamentos anunciados a la renta en dólares en las colonias en donde se han establecido la mayor parte de los extranjeros que llegaron recientemente a la Ciudad de México.

La economía en estas zonas de la capital se ha dolarizado empujando a los locales a otras áreas menos desarrolladas y más expuestas a los problemas de la ciudad como la inseguridad, la contaminación y el tráfico.

Es innegable que este bloque de nuevos migrantes goza de privilegios a los que la mayor parte de la sociedad mexicana no tiene acceso. Ganar en dólares por el trabajo remoto y gastar en pesos mexicanos es una ecuación claramente redituable para docenas de miles de “expats” que han tomado la decisión de instalarse en México, pero también es clara la derrama económica que ha generado su presencia y el bono demográfico que representan al tratarse, sobre todo, de jóvenes profesionistas.

Si bien gran parte de la integración entre Estados Unidos y México ocurre entre empresas, entidades culturales, universidades, organizaciones de la sociedad civil y otros actores no estatales, también hay espacio para que los gobiernos la promuevan. Temas como el cambio climático y con él la próxima transformación energética, y la salud pública tienen elementos transfronterizos que demandan la cooperación entre países vecinos. Hay muchas áreas en las que la cooperación práctica tiene sentido, sobre todo en un mundo de trabajo remoto y móvil en el que los migrantes no solo se desplazan por necesidad.

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