El presidente Biden no debería descuidar el problema de las crecientes tasas de mortalidad en EEUU. FOTO: Washington Post por Demetrius Freeman.
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Las perdurables causas de la trayectoria mórbida del país (el aumento de la obesidad, la epidemia de opioides y la COVID) son difíciles de afrontar.

Una disminución de la esperanza de vida es lo último que se esperaría en una lista de preocupaciones sobre la seguridad nacional de EEUU. Sin embargo, cuando desciende tan rápido como en EEUU (los estadounidenses viven casi cinco años menos que el promedio de los países ricos), hasta el Pentágono tiene que estar alerta. A los 76 años, los estadounidenses viven ahora menos que sus homólogos de China y solo un año más que los ciudadanos de México. Los japoneses, italianos y españoles, en cambio, pueden esperar vivir hasta los 84 años. La longevidad de la gente es la prueba definitiva de la capacidad de cumplimiento de un sistema. Sin embargo, ni los Demócratas ni los Republicanos, ni los presidentes ni los legisladores, parecen estar demasiado preocupados.

¿Acaso los estadounidenses ya no se preocupan por cuánto vivirán? La respuesta es obviamente que no. Sin embargo, la preocupación por el descenso de la esperanza de vida del país apenas se refleja en su política. Es como si Washington se hubiera hecho de la vista gorda ante el tema que recoge las tendencias más profundas de los problemas democráticos de Estados Unidos. A menudo, se usan términos como "muertes por desesperación" y "epidemia de obesidad". Pero la reducción de la esperanza de vida de Estados Unidos parece un tema demasiado importante para que Washington lo reconozca. La esperanza de vida en Estados Unidos ha caído en seis de los últimos siete años y ahora está casi tres años por debajo de lo que era en 2014. La última vez que cayó en años consecutivos fue durante la primera guerra mundial. En la mayoría de las demás democracias esto sería un motivo de debate nacional.

¿Cuál es la explicación de la indiferencia de EEUU? Las mayores causas de la trayectoria mórbida de Estados Unidos son difíciles de afrontar desde el punto de vista político: el aumento de la obesidad, la epidemia de opioides y la COVID. Más del 40 por ciento de los adultos estadounidenses entran en la clasificación de obesos, un problema que sigue empeorando. Más de la mitad de los adultos estadounidenses padecen una enfermedad crónica, la mayoría de las cuales están asociadas a la obesidad, como la diabetes, la hipertensión y los problemas cardíacos. Una cuarta parte sufre dos o más de estas condiciones. Esto explica en parte la tasa de mortalidad por coronavirus inusualmente alta de Estados Unidos. Casi dos tercios de los estadounidenses hospitalizados con COVID padecían al menos una enfermedad preexistente. El patógeno estaba en territorio fértil. La tasa de obesidad de Estados Unidos es, por mucho, la más alta entre los países ricos.

Sin embargo, enfocarse en la obesidad aporta pocas ventajas políticas. Insultar a casi la mitad de la población adulta no es una buena manera de ganar votos. Entre los Republicanos eso molesta a su base. Los condados rurales más pobres que Donald Trump ganó casi uniformemente en 2016 y 2020 tienen tasas de obesidad mucho más altas que las ciudades. De hecho, los condados estadounidenses que experimentaron los mayores descensos en la esperanza de vida fueron los más propensos a votar a Trump. Para los Demócratas tampoco hay muchas ventajas. La epidemia de opioides afecta de forma desproporcionada a zonas de EEUU que hace tiempo dejaron de votar por ellos, sobre todo en los Apalaches. Mientras tanto, las críticas hacia las personas con sobrepeso se han unido a la lista de tabúes de este país liberal. El movimiento de "aceptación de la gordura" crece a buen ritmo.

Sin embargo, tarde o temprano Estados Unidos se verá obligado a abrir los ojos. Un general de los marines estadounidenses declaró recientemente ante el Congreso que el año pasado fue "prácticamente el más difícil de la historia del reclutamiento", principalmente porque los jóvenes estadounidenses no están aprobando los exámenes físicos del ejército. El país sufre otros factores que contribuyen a la muerte prematura, como los accidentes de tráfico y la violencia con armas de fuego. Sin embargo, la combinación del gran número de condiciones preexistentes y muertes por drogas hace que Estados Unidos sea excepcional, pero no en el sentido que desearía. El hecho de que Estados Unidos gaste un 53 por ciento más en atención médica por ciudadano que el siguiente país en el ranking (Suiza) demuestra que también está obteniendo una muy mala relación calidad-precio. Incluso los sistemas relativamente sobrecargados, como el Servicio Nacional de Salud (NHS) británico, muestran resultados mucho mejores. La esperanza de vida en Gran Bretaña es de casi 82 años.

Lo que nos lleva al reto del estilo de vida de Estados Unidos. La cobertura desigual de atención médica del país hace que ya sea demasiado tarde cuando la gente discute con las aseguradoras desde sus camas en el hospital o cuando se esfuerza por pagar su manojo de recetas de medicamentos. El problema de EEUU tiene que ver tanto con la falta de prevención como con el escaso acceso al tratamiento. Los estadounidenses hacen relativamente poco ejercicio, consumen un volumen de azúcar y grasa que es récord a nivel mundial, lo cual no les preocupa, ya que ven que muchos otros hacen lo mismo.

De poco sirve reprender a la gente por su falta de voluntad. En Estados Unidos, la comida poco saludable es mucho más barata que la saludable. Algunas zonas pobres de Estados Unidos han sido denominadas con razón como "desiertos alimentarios", ya que no ofrecen nada de esto último. Los comedores escolares se encargan de que estos malos hábitos empiecen desde pequeños. Cobrar impuestos sobre las bebidas azucaradas y la comida rápida de gran tamaño ayudaría si hubiera alternativas baratas. Cobrar impuestos agresivos fue algo que funcionó con el tabaco. En este sentido, el ciclista Joe Biden, que ya tiene casi cuatro años más que el promedio de vida de su país, podría aprovechar su edad. Debería empezar por hablar claramente de la crisis de mortalidad de Estados Unidos.

Edward Luce

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