El presidente de EEUU, Joe Biden, y su vicepresidenta Kamala Harris, tienen razones para sonreír tanto por sus logros domésticos como por el hecho de que el país ha pasado a ser visto favorablemente por un creciente número de naciones debido al papel de apoyo jugado en el conflicto de Rusia y Ucrania. FOTO: EFE/EPA/MICHAEL REYNOLDS.
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Estados Unidos es más atractivo a la luz de la fallida agresión de Rusia y los problemas internos de China.

En 2020, según el Centro de Investigación Pew, el 31 por ciento de los franceses tenía una opinión favorable de Estados Unidos (como referencia, ese es el mismo nivel al cual estaba el mes en el cual George W. Bush lanzó la invasión a Irak en 2001). En Gran Bretaña, la cifra más baja del siglo XXI ha sido del 41 por ciento. En Japón, lo mismo. En Alemania, el 26 por ciento. Corea del Sur, Canadá, Italia y España registraron cifras nefastas no solo en términos absolutos, sino incluso según los estándares de los años de Donald Trump.

Desde entonces, esos países han emprendido lo que creo que se llama un "trayecto". En los últimos dos años, el índice de opinión favorable de Estados Unidos está cerca de haberse duplicado en gran parte del mundo de mayores recursos. En la actualidad, 9 de cada 10 polacos y surcoreanos están bien predispuestos. Los alemanes están tan entusiasmados como en los primeros años del presidente Barack Obama. Los británicos están nuevamente a bordo.

¿Qué cosa, además de la veleidad y el capricho de los seres humanos, afecta este tema? La salida (por ahora) de Trump, es parte de ello. Pero el momento y la violencia del giro apuntan a que la pandemia es el elemento que impulsa el proceso. En 2020, la gestión de esa crisis por parte de Estados Unidos pareció desacreditar no solo a una nación, sino al propio individualismo liberal. ¿Ahora? Nadie elogiaría el récord, no con más de un millón de estadounidenses muertos. Pero sería razonable preferir este resultado a los insostenibles rigores de Covid cero.

China podía citar las ventajas de su estricto modelo de gobierno hace dos años. Ese caso es más difícil de plantear ahora. Y esto antes de contar con la burbuja inmobiliaria y otros males internos. El Estado omnipresente empieza a provocar escalofríos o incluso risas en Occidente, y no la reticente admiración que esperan los autócratas.

Es de esperar que este sea el camino del futuro. Cuanto más visibles sean los aspirantes, mejor será la imagen de Estados Unidos. Ni siquiera es China el contribuyente más generoso para la imagen global de Estados Unidos. La invasión rusa de Ucrania se ha encargado de ello. Si Estados Unidos no hubiera dicho ni hecho nada, seguiría brillando al lado del Kremlin, violentamente revisionista. Habiendo patrocinado la cada vez más exitosa defensa de Ucrania, se destaca como una superpotencia benigna y eficaz, al menos en el mundo democrático.

El antiamericanismo es a menudo un deporte de lujo. Prospera cuando una hegemonía alternativa es una perspectiva demasiado remota y mal definida como para merecer ser examinada. Por lo tanto, los Estados Unidos se comparan con un estándar perfecto y no con las opciones terrestres. Cualquiera puede hacer realidad un mundo "multipolar" (la intelectualidad francesa lo hace continuamente) cuando la identidad de esos polos es indeterminada.

Lo que China y Rusia han hecho últimamente es definir la elección. China, a medida que asciende, seguirá haciéndolo. El precio del estatus de gran potencia es el escrutinio.

Es difícil saber qué es más sorprendente: el aumento de la popularidad de EEUU o lo poco que ha tenido que hacer la nación para conseguirlo. Sus donaciones de armas a Ucrania son preciosas para esa república asediada, pero ni siquiera equivalen a un error de redondeo en el arsenal estadounidense. "No ser Rusia o China" es lo único que ha necesitado la estrategia de poder blando de Washington.

La popularidad no es un activo ocioso. Con el tiempo, aportará a EEUU influencia diplomática, el efecto multiplicador de la fuerza de las alianzas y (siempre la definición más clara de poder blando) que otras naciones quieran lo que este país quiere. En otras palabras, hay compensaciones al declive imperial. Lo que Estados Unidos pierde en poder bruto relativo (flota naval frente a flota naval, producto interno bruto frente a producto interno bruto), puede esperar compensarlo en una forma menos tangible: la atracción cultural.

Por decirlo de otro modo, el momento unipolar tras la guerra fría nunca fue un bien absoluto para Estados Unidos. En casa, el cuerpo político era libre de volverse contra sí mismo. En el extranjero, el mundo era libre de exigir a la nación un estándar imposible. No hay señales de que la primera de esas maldiciones se desvanezca. Pero la segunda podría hacerlo.

No quiero sugerir que el mundo vea la rudeza autocrática y se acobarde por principio. Si eso fuera cierto, Estados Unidos habría ganado en popularidad durante la intervención rusa en Siria en la década pasada.

No, la historia del año es la incompetencia autocrática. "Cuando la gente ve un caballo fuerte y un caballo débil", según se rumora que dijo Osama bin Laden, "por naturaleza le gustará el caballo fuerte".

Este ha sido el argumento del antiliberalismo a lo largo de los tiempos: no es que sea más noble o más moral, sino que funciona. En este relato, la democracia es una carta bienintencionada para el caos y la debilidad. Este tropo sobrevive de alguna manera a los regímenes que lo venden: Prusia, el Imperio de Japón, la Unión Soviética. Parece que hay que refutarlo en cada generación, más o menos. Hasta ahora, al menos, 2022 es confirma esta realidad.

Janan Ganesh

Derechos de Autor - The Financial Times Limited 2021.

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