Marina López-Chávez (izq.) es clienta de Blanca Díaz por casi 20 años
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Es domingo por la tarde y la familia Chávez se acerca al puesto móvil de raspados en un estacionamiento en Arlington, Virginia. “Llevamos años comprando acá”, dice Marina López-Chávez, quien junto a su esposo Antonio e hijo Anthony hacen la fila esperando su turno para ordenar.

De inmediato, Blanca Díaz, la dueña del negocio se percata de la familia y con un grito exclama “¡Anthony! ¿Como estás?”. Se detiene y baja del camión para darle un abrazo al joven y su familia.

“¿Terminaste la escuela?, ¿vas a ir a la Universidad?, ¿estás trabajando?”, le preguntó Díaz a Anthony, el joven de 19 años a quien conoció cuando su mamá lo llevaba en brazos.
Y es que durante dos décadas, Díaz ha visto crecer a los niños que acuden a su camión para degustar los raspados de múltiples sabores.

“Conozco a Anthony desde muy chiquito y ahora ya es todo un jovencito grandote”, sonrió mientras se apresuró a preparar los conos de hielo con fresa y tamarindo para Anthony y tamarindo con jalea de tamarindo para Marina. Ambos con un punto final de dulce de leche.

Blanca Díaz empezó la venta de raspados con tres sabores, ahora son 24

 Emprendedora

Todos los años desde principios de 2000, Díaz abre su puesto de raspados durante los meses de calor —entre mayo y octubre— en la ruta de la Columbia Pike, cerca a la Four Mile Run, en el condado de Arlington.

El camión “Blanca’s Ice Cones” está sobre la esquina de un estacionamiento de un centro comercial. Es abierto, pero siempre está lleno, dicen los clientes. “El sabor es muy especial, pero lo mejor es el trato que se da a la gente”, expresó Marina.

Díaz, originaria de Sinaloa, México, emigró a Estados Unidos hace 35 años y luego de formar una familia se quedó sola al cuidado de sus tres hijas. “La más pequeña tenía menos de un año y la mayor apenas, 9 años”, recordó.

En ese entonces, Díaz trabajaba como conductora de un bus escolar en el condado de Fairfax, Virginia. “Pero no me dada para cubrir económicamente todos los gastos”, dijo.

Así empezó con la idea del raspado. “Yo misma hacía los sabores”, expresó refiriéndose a la jalea o jarabe. Al comienzo tenía 10 clientes al día y preparaba tres sabores; luego aumentó a 20 clientes y más sabores.

Hoy dice que atiende los domingos unos 300 clientes y cuenta con 24 sabores de jaleas.
“Me gusta preparar las jaleas e innovar”.

En total, estima que tiene más de 2 mil 500 personas que llegan a su puesto.
Durante los meses más concurridos, Díaz abre su camión a las 8:30 am hasta que se oscurese.

Se acuesta a altas horas de la noche y se levanta a las 5 am para viajar desde Oxon Hill, en Maryland hasta su habitual esquina.

“Este trabajo me ha permitido criar a mis hijas y darle educación”, expresó con una sonrisa. La mayor de sus hijas tiene 29 años y es dentista. La segunda está en el colegio comunitario y la última, de 19 años está por culminar la secundaria.

“Uno trata de darle las oportunidades a los hijos, y son ellos los que deben aprovechar”, expresó.

Desde tamarindo, fresa y vainilla hasta guayaba, naranja y piña

Nunca pensó en vender

Díaz dice que nunca imaginó que podría vender raspados. “Yo no tenía idea de cómo hacer las jaleas y fui aprendiendo”, expresó. “Las hago con mucho amor y dedicación, rogando a Dios que él me guíe para que sea de agrado completo a mis clientes”, añadió.

Díaz es adventista, por ello trabaja todos los días menos los sábados, que según la religión que profesa es el día que debe “guardar para Dios”.

En el negocio han trabajado sus hijas, ahora también su esposo, el salvadoreño Wilber García, quien la ayuda por temporadas para la venta de coco.

Más que un puesto de venta

El negocio de Díaz es más que un puesto de ventas. Es un lugar donde la gente se siente en comunidad. Las personas acuden a comprar un raspado y entre ellas empiezan a conversar. Se conocen unos a otros y forman hasta amistad.

Hace 12 años un inmigrante colombiano, de 74 años, que no tiene familia en el área encontró en Blanca’s Ice Cones un lugar donde sentirse en familia. “Ahora él es parte de nosotros, casi como que lo hemos adoptado”, sonrió Díaz. “Nos ayuda y nosotros lo ayudamos”, dijo.

Para Díaz lo más gratificante es ver a las familias unidas comprando. “Antes eran solo hispanos los que venían. Ahora son familias de varios países, árabes y africanos”, dijo. “Me gusta ver cómo van creciendo”, añadió.

Pronto Díaz cerrará el puesto por seis meses. Por segundo año consecutivo no va a trabajar durante el tiempo de invierno. “Estoy dedicándome a mi madre”, dijo.

El dinero juntado cubrirá sus gastos. Como dice el refrán Díaz “guardó pan para mayo”.
A mediados de octubre o finales de ese mes se despedirá de la temporada hasta el próximo año en mayo.

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