Jóvenes en Irán han salido a protestar en las calles a pesar de los riesgos de represalias por parte del gobierno fundamentalista. FOTO: EFE/EPA/STR.
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Los disturbios son el primer gran levantamiento debido al hiyab desde los primeros días de la revolución.

Desde hace casi un mes, los jóvenes iraníes (mujeres y hombres trabajadores, estudiantes universitarios y escolares) se han enfrentado a las fuerzas de seguridad de la república islámica para mantener viva una oleada de protestas extraordinarias que se desencadenaron a partir de la muerte de una joven que estaba bajo custodia policial. El mundo ha visto con asombro cómo mujeres valientes se han quitado e incluso han quemado públicamente sus hiyabs, sabiendo perfectamente las posibles consecuencias.

Su desafío ha suscitado una ola de apoyo en todo el país, uniendo a grupos diversos. Y una generación joven que solo ha conocido la vida bajo la república islámica y que ha crecido en la era de Internet ha mostrado una férrea determinación de repudiar activamente los principios centrales de la teocracia.

El régimen y sus envejecidos dirigentes conservadores se ven claramente sacudidos por las protestas más ruidosas que ha habido en Irán en años y que ponen de manifiesto el nivel de ira que muchos sienten hacia el sistema opresivo. Sin embargo, el régimen tiene un historial de supervivencia a las crisis y es implacablemente eficiente cuando se trata de acabar con la disidencia. Oficialmente, más de 40 personas han muerto en los disturbios, aunque se estima que el verdadero número total de víctimas es mayor: las fuerzas de seguridad han utilizado munición real, bastones y gases lacrimógenos contra los manifestantes.

Los hombres, e incluso algunas facciones religiosas, han expresado su apoyo a las protestas, que se han extendido por todo Irán, desde el Kurdistán hasta Teherán y más allá. La frustración de los ciudadanos se ha convertido en ira en un país en el que, en parte debido a las sanciones occidentales pero también a la mala gestión crónica del gobierno, el 30 por ciento de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y la inflación se sitúa oficialmente en el 42 por ciento. Las manifestaciones son ahora por algo más que la muerte de Mahsa Amini o la imposición del hiyab: los manifestantes piden abiertamente un sistema más democrático y laico.

Sin embargo, la muerte de Amini fue la gota que derramó el vaso. Amini, de 22 años, era una estudiante que estaba de visita en Teherán, procedente de una familia tradicional del Kurdistán, que vestía de forma conservadora cuando fue detenida por la infame Policía de la Moral, que exige un estricto código de vestimenta. No se la volvió a ver hasta que estaba en coma en el hospital. Su historia resonó en una población que vio reflejada en ella a cada mujer. Incluso el presidente Ebrahim Raisi, de línea dura, expresó que sentía como si se hubiera tratado de su propia hija. Las autoridades negaron que hubiera violencia física. Pero tal es la profunda desconfianza que muchos iraníes tienen hacia sus dirigentes, que la versión oficial de los hechos fue ampliamente desestimada.

Irán goza de una saludable cultura de la protesta, a pesar del sistema de represión y control de las autoridades. Pero los actuales disturbios constituyen la primera gran protesta masiva debido al hiyab desde los primeros días de la revolución islámica de 1979; un símbolo de un régimen que ha aplicado estrictas restricciones a las mujeres. En los últimos años, las mujeres, sobre todo en Teherán, se sienten cada vez más cómodas llevando el pañuelo suelto o incluso sobre los hombros. Sin embargo, bajo el mandato de Raisi se han tomado nuevas medidas enérgicas por la vestimenta a medida que los intransigentes afirman su autoridad.

La república islámica tiene un instinto de supervivencia bien afinado, pero aunque estas protestas se disipen, la ira y la desilusión que alimentaron los disturbios seguirán supurando. Los disturbios han puesto de manifiesto la profunda desconfianza que existe entre la teocracia y muchos de sus habitantes, especialmente entre los jóvenes de un país en el que cerca de la mitad de la población tiene menos de 40 años.

El régimen debe poner fin a toda la violencia contra los manifestantes. Es poco probable que los partidarios de la línea dura, que han tomado el control de todas las ramas del Estado desde la elección de Raisi en 2021, hagan grandes concesiones. Sin embargo, por el bien de la asediada nación y de su población que ya lleva años viviendo en sufrimiento, deberían prestar atención a las angustiosas voces de los valientes jóvenes iraníes que arriesgan su vida y su libertad al salir a la calle.

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