Policías indonesios se preparan para la próxima cumbre de países del G-20 la semana que viene en Bali, donde se espera que estén presentes tanto el presidente de EEUU Joe Biden, como sus homólogos de China y Rusia, Xi Jinping y Vladimir Putin. FOTO: EFE/EPA/MADE NAGI.
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Joe Biden y Xi Jinping podrían reunirse en el G20 en Indonesia, cuyo presidente personifica la más antigua tradición de países no-alineados.

"Nos negamos a ser un peón en una nueva guerra fría", señaló Joko Widodo, presidente de Indonesia. Jokowi, como se le conoce, habla en una entrevista que se llevó a cabo en el palacio presidencial de Yakarta. Es un mensaje sorprendentemente duro proveniente de un líder a quien se le conoce por tener un estilo conciliador.

La próxima semana, el presidente indonesio será el anfitrión de lo que parece será la primera cumbre mundial de una nueva guerra fría: la reunión de líderes del G20 en Bali. Esta será la primera cumbre del G20 desde la invasión rusa de Ucrania que comenzó en febrero. También es la primera desde que aumentaron las tensiones entre Estados Unidos y China debido a la visita de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, a Taiwán en agosto.

Widodo es presidente de Indonesia, la cuarta nación más poblada del mundo, desde 2014. Sin embargo, presenta un marcado contraste con los líderes fuertes, como Xi Jinping o Vladimir Putin. Vestido sencillamente con una camisa blanca, pantalones negros y tenis hechos en Indonesia, afirma que su principal objetivo en el G20 es fomentar el diálogo. "Estamos muy preocupados por la escalada de las tensiones entre las grandes potencias".

Indonesia, que trata de mantenerse neutral en un conflicto emergente entre superpotencias, está recurriendo a su tradición más antigua. Desempeñó un papel clave en la fundación del Movimiento de países no-alineados en la conferencia de Bandung de 1955, durante la primera guerra fría. El instinto subyacente de Indonesia y de muchas otras naciones no occidentales que se reunirán en Bali sigue siendo el mismo: transitar las tensiones entre las superpotencias y evitar unirse a ninguno de los dos bandos.

Gran parte de la charla previa a la cumbre se ha centrado en que Putin y Biden coincidan en la misma sala de conferencias. Pero Widodo señala que, basándose en una conversación que mantuvo con Putin la semana pasada, tiene la firme impresión de que el líder ruso no asistirá a la cumbre de Bali. Se habla de que Putin podría optar por asistir de manera virtual al G20. Pero Widodo se encoge de hombros cuando se le plantea esta idea (y los estadounidenses se esforzarían sin duda por mantener a Putin en silencio).

Para EEUU, el mayor foco de atención es Xi, quien definitivamente irá a Bali. La hipótesis actual es que el líder chino mantendrá una reunión directa con Biden. Algunos altos funcionarios de EEUU ven esto como una oportunidad para "poner un piso a la relación". Pero también es muy posible que una reunión directa sea áspera e infructuosa.

A diferencia de otras cumbres entre  EEUU y China durante las últimas décadas, que se celebraron tras meses de preparación, en el caso de que se concretara una reunión Biden-Xi en Bali se organizaría a último momento, sin anuncios cuidadosamente predefinidos para dar una impresión de progreso. Un destacado político estadounidense lo compara con las cumbres de EEUU con la Unión Soviética en épocas de la primera guerra fría, reuniones de alto nivel que se celebraban en terreno neutral.

Para Indonesia y otros países del sudeste asiático, también hay mucho en juego. Han prosperado enormemente gracias a décadas de paz y prosperidad en la región, respaldadas por un entorno de seguridad estable y un fuerte crecimiento económico en China. Esa fórmula sigue funcionando para Indonesia, la cual se prevé que crezca bastante más del 5 por ciento este año, lo que, según Widodo, convertirá a su país en la economía de más rápido crecimiento del G20.

El deseo de continuar con la estabilidad geopolítica, que permita el crecimiento económico, también influye en la actitud de Widodo ante la guerra de Ucrania. Como presidente del G20, ha viajado tanto a Kiev como a Moscú. Pero, para los indonesios, la guerra de Ucrania no es una preocupación que ocupe toda su atención, a diferencia de los líderes occidentales. Gran parte de la atención de Widodo se centra en los efectos económicos de segundo orden que genera la guerra y el impacto que tiene en el aumento de los precios mundiales de los alimentos. Califica de "muy provocadora" la reciente amenaza rusa (ahora retirada) de volver a detener las exportaciones de granos a través del Mar Negro. 

Basándose en sus recientes conversaciones con Putin y el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy, Widodo ve pocas posibilidades inmediatas de un acuerdo de paz. En lugar de ello, Indonesia está concentrando su energía diplomática en intentar resolver un conflicto que se desenvuelve en su propio patio trasero — la guerra civil de Birmania, que también ha costado miles de vidas y ha convertido a cientos de miles en refugiados.

Como líder, Widodo tiene algunas similitudes con Luiz Inácio Lula da Silva, el recientemente reelecto presidente de Brasil. Ambos surgieron de orígenes humildes y están orgullosos de sus conexiones con la gente corriente. Ambos desean mantener buenas relaciones con Estados Unidos, pero conservan un escepticismo innato sobre los motivos estadounidenses, con base en la historia de sus propios países.

Widodo hace malabares similares con China. Sabe que el comercio y la inversión de China son fundamentales para el desarrollo de la economía indonesia. Pero también sabe que hay críticos internos (incluido Jusuf Kalla, su propio ex vicepresidente) que afirman que China tiene demasiada influencia dentro de Indonesia. Widodo rechaza esa idea, y recalca el elevado número de puestos de trabajo para los indonesios que se crearon gracias a la inversión china.

En términos geopolíticos, Indonesia sigue siendo una especie de gigante dormido. A pesar del enorme tamaño del país y de su extensión geográfica (abarca cuatro husos horarios), Widodo no da muestras de aspirar a ser una superpotencia, ni siquiera a liderar la región del sudeste asiático. En cambio, prefiere destacar el compromiso de su país con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático.

En una época de política de hombre fuerte y nacionalismo agresivo de gran potencia, la modestia y el multilateralismo del líder indonesio suponen un cambio refrescante. Sería bueno que algo de ese espíritu se contagiara a los demás líderes del G20.

Gideon Rachman

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