El expresidente Donald Trump anunció ayer el comienzo de su campaña para intentar regresar a la Casa Blanca en 2024. FOTO: Washington Post por Sarah L. Voisin.
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Trump es un regalo a los Demócratas que nunca deja de dar beneficios.

Decir en voz alta lo que uno se calla no suele ser una buena idea. Sin embargo, tras el éxito de las elecciones intermedias de la semana pasada, los Demócratas no pueden evitarlo. Les encantaría que Donald Trump fuera el candidato presidencial en 2024 porque su nombre prácticamente aseguraría otra derrota Republicana. Probablemente tengan razón. Es más difícil saber si al MAGA le iría mejor sin su autor.

La posibilidad de que Trump lleve el tren Mar-a-Lago hasta un estrepitoso accidente —incluso si no es imputado próximamente—, ofrece una solución tentadora para el partido Demócrata. Con Trump, los Demócratas ganarían tanto que la gente se cansaría de ganar (por tomar una frase prestada). Si los Demócratas retuvieran la Casa Blanca, habrán gobernado Estados Unidos durante 20 de los 24 años posteriores a la crisis financiera de 2008. También demostraría que el mandato único de Trump fue realmente una "aberración", como dijo Joe Biden.

Ese panorama es aún más seductor para los Demócratas si se tiene en cuenta el probable panorama económico de Estados Unidos en 2024. La semana pasada fue un momento tan inconveniente como cualquier otro para consultar el estado de ánimo del electorado. De no ser por Trump y el montón de candidatos caricaturescamente trumpianos, la ola roja Republicana probablemente habría llegado. Dentro de dos años, el crecimiento de EE.UU. se habrá recuperado probablemente de la recesión que se espera para el próximo año. La inflación estará bajo control. Convertir a Trump de nuevo en perdedor sería la guinda del pastel.

Pero sería un error pensar que el Kraken americano acaba de ser asesinado. Ese mítico monstruo marino que llegó a representar la identidad de Estados Unidos no ha desaparecido. Necesita un nuevo mascarón de proa. No hay razón para pensar que la desaparición de Trump devolvería el partido a los Republicanos del club de campo a los que desterró. Potenciales rivales como Ron DeSantis, el reelegido gobernador de Florida, Mike Pompeo, exsecretario de Estado de Trump, y Glenn Youngkin, gobernador de Virginia, se estarían postulando para liderar el movimiento MAGA, no para abolirlo. El camino para derrotar a Trump pasará por el trumpismo.

Desplazar a Trump sin ofender a su base requerirá destreza. Nadie quiere que lo comparen con el traidor Bruto. Si los rivales de Trump no tienen el valor de atacar primero, él lo hará por ellos. Ya se ha acostumbrado a atacar a DeSantis diciendo que es un ingrato sin talento y a decir cosas bizarras sobre Youngkin. La esencia de sus ataques es que ellos le deben sus victorias. Al final, las provocaciones de Trump fomentarán lo que él teme: que lancen sus candidaturas. Esto evoca lo que será una novedad en la política estadounidense: su rival, sin querer, lanza su campaña por usted. Es difícil ver cómo la guerra que se avecina por el legado de Trump beneficiará a la marca Republicana.

Las mentes sabias advierten que no hay que descartar a Trump demasiado pronto. Con mucha frecuencia se escribe su esquela prematuramente. Casi nadie pensaba que sobreviviría a las consecuencias del fallido golpe de Estado del 6 de enero del año pasado. Sin embargo, doblegó al partido a su voluntad. Al lanzar una campaña para 2024 basada totalmente en agravios personales, Trump está escribiendo su propio obituario. Su discurso carece casi por completo de las apelaciones que hizo en 2016 al "estadounidense olvidado" (al que él parece haber olvidado). La carrera política de Trump llegará a su fin en las virulentas primarias Republicanas que están a punto de iniciarse o mediante la derrota en una elección general.

Los Demócratas están reservando asientos en primera fila. El primer acto será la intromisión de Trump en la segunda vuelta para definir el escaño de Georgia en el Senado, que se celebrará el próximo mes, entre Herschel Walker (la antigua estrella del fútbol americano y el más afín a Trump entre sus candidatos), y Raphael Warnock, el titular Demócrata. Trump ya arrebató la derrota de las fauces de la victoria en Georgia —en las dos segundas vueltas perdidas el año pasado que dieron el control del Senado de Estados Unidos a los Demócratas. Al insistir en que las elecciones estaban amañadas, redujo la participación de los Republicanos y dio la victoria a los dos Demócratas. En esta ocasión, la decisión de Georgia tiene menos peso, ya que los Demócratas ya tienen los 50 escaños del Senado que necesitan. No obstante, una victoria de Warnock recordaría a los Republicanos que Trump es su capricho más caro.

Es posible, incluso probable, que el único papel de Trump ahora sea dejar a su partido en la ruina. Ese sería el sueño Demócrata. Sin embargo, los resultados de la semana pasada apuntan a una narrativa menos reconfortante para los Demócratas. Todavía hay un camino hacia la victoria para los simpatizantes engreídos de Trump. Su objetivo es canalizar el atractivo de Trump —el odio a las élites liberales de Estados Unidos, el resentimiento hacia la América corporativa, el desprecio por los europeos proclives al oportunismo—, sin el capricho de su homónimo. El Kraken espera a un nuevo paladín que lo libere de su jaula.

Edward Luce

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