El liderazgo del partido Republicano debería considerar seriamente deshacerse del expresidente Donald Trump si desea que el partido tenga alguna oportunidad de ganar la presidencia en 2024. FOTO: EFE/EPA JIM LO SCALZO.
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El expresidente daña la democracia estadounidense y las posibilidades electorales del propio partido.

Donald Trump esperaba estar surfeando una ola roja de éxito Republicano en las elecciones intermedias —incluso por sus propios candidatos elegidos a dedo— cuando lanzó su candidatura presidencial para 2024. Las cosas no resultaron de esa forma. Al GOP le fue mal en las elecciones intermedias, gracias en parte al notable fracaso de los candidatos trumpianos. El lanzamiento de Trump 2024 careció particularmente de la fanfarronería con la que bajó una escalera mecánica dorada cuando anunció su candidatura para 2016. Los republicanos moderados y los que apoyan a las empresas tienen ahora la oportunidad de librar al GOP de él y de su nefasta influencia. Deberían comprenderlo.

El expresidente ha demostrado que es un peligro para la democracia estadounidense. El comité del 6 de enero de la Cámara de Representantes ha presentado pruebas convincentes de que Trump y sus aliados emprendieron un plan a gran escala para anular los resultados de las elecciones de 2020 por cualquier medio, incluida la violencia. Trump se opone a la mayoría de los principios que hicieron de Estados Unidos una fuerza vital en el mundo.

Ahora hay otras razones pragmáticas de peso para que el partido vaya más allá de un candidato que ya no es ganador. Los republicanos tuvieron la oportunidad de dejar caer a Trump tras el asalto al Capitolio del 6 de enero. Muchos optaron por un pacto con el diablo con el trumpismo porque pensaron que era el pasaporte a la victoria. Asumieron que la lealtad a un hombre con un control férreo sobre el GOP era la única manera de desbloquear el apoyo o el financiamiento. La creciente evidencia sugiere ahora que Trump es un lastre electoral.

No sólo perdió las elecciones de 2020. En las elecciones intermedias de la semana pasada, los candidatos afines a Trump perdieron casi todas las candidaturas clave al Senado o a la gobernación que disputaron. En los distritos más competitivos de la Cámara de Representantes, los candidatos respaldados por Trump obtuvieron peores resultados y los que no lo son superaron las expectativas basadas en los últimos patrones de votación. Si la sombra de Trump contribuye a que el titular Demócrata gane la segunda vuelta para el escaño de Georgia en el Senado el próximo mes, aunque es poco probable los demócratas habrán ganado un escaño neto en la cámara alta.

Aunque Trump sigue siendo popular entre las bases republicanas, suele ser el comportamiento de los votantes más independientes el que decide las elecciones. Las encuestas sugieren que los independientes se decantaron por los demócratas frente a los republicanos en las elecciones de mitad de mandato por 4 puntos porcentuales a nivel nacional, y por más en importantes estados disputados.

Es posible que la motivación de Trump para presentarse no sea solo la creencia de que puede ganar, sino en parte para protegerse de posibles acusaciones derivadas de varias investigaciones federales y estatales. Sin embargo, la declaración de la candidatura no brinda ningún refugio ante la ley, y no debería ser un elemento de disuasión para los fiscales si creen que tienen un caso sólido.

Sin embargo, si el futuro de la democracia estadounidense fue, junto con la inflación y la delincuencia, una de las principales preocupaciones de los votantes a mitad de mandato, los sondeos a pie de urna sugieren que otra fue la restricción del derecho al aborto de las mujeres. Se trata de una cuestión vinculada no solo a Trump, sino al giro más amplio hacia el conservadurismo de línea dura que ha dado el GOP durante las últimas décadas. Los republicanos no deberían abandonar sólo a Trump. Tienen que dejar de lado las posiciones que alejan a muchas mujeres, jóvenes y votantes de centro.

Una prueba básica para los candidatos del GOP debe ser prometer respeto por el proceso electoral y sus resultados. Pero habría que animar a los candidatos republicanos de todos los matices a promover un debate sobre lo que representa su partido. También los altos cargos del partido y los donantes deberían reflexionar sobre cómo sus decisiones han contribuido a llevar a Estados Unidos por la senda trumpiana, con todas las consecuencias perjudiciales que ello conlleva. La decisión del fundador de Blackstone, Stephen Schwarzman, de abandonar el apoyo a Trump y respaldar a un candidato de la "nueva generación" es un signo revelador de los tiempos. Deberían surgir otros más.

La Junta Editorial

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