La reunión en persona entre los presidentes de China, Xi Jinping (D) y EEUU, Joe Biden (I), al margen de la cumbre del G20 en Bali, Indonesia la semana pasada, fue la primera reunión en persona entre líderes de las dos superpotencias desde antes del comienzo de la pandemia de Covid-19. FOTO: EFE/EPA/XINHUA /LI XUEREN CHINA OUT.
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No es casualidad que las relaciones entre Estados Unidos y China se hayan deteriorado luego de que sus líderes dejaron de reunirse en persona.

Tenemos una idea aproximada de lo que el Covid-19 ha costado a la economía mundial (más de 12tn (millones de millones) de dólares según el FMI). También conocemos el número de muertos por la pandemia, que oscila entre los 6,6 millones y los 15 millones, dependiendo de si se cuentan las muertes directamente atribuibles al virus o el aumento global de la mortalidad. Sin embargo, hasta la cumbre del G20 celebrada el pasado fin de semana en Bali no se pudo apreciar el impacto de la enfermedad en la diplomacia. Bali fue la fiesta de presentación de Xi Jinping, que se mantuvo prácticamente en cuarentena en China durante los últimos dos años y medio. Como pueden atestiguar los lectores de Apuntes desde el Pantano, las reuniones por Zoom no sustituyen a las reales. Esto es especialmente cierto en el negocio de la diplomacia, que no puede prosperar sin el contacto humano. En mi opinión, no es una coincidencia que las relaciones entre Estados Unidos y China hayan caído en picada durante el periodo en que dejaron de reunirse cara a cara. El costo diplomático del Covid ha sido que se aceleró la "venganza de la geopolítica" que acecha cada vez más a nuestro mundo.

La última semana estuve de viaje, en conferencias en Abu Dhabi, Ámsterdam y Santa Mónica. Como periodista, durante esos viajes se obtiene diez veces más información que por teléfono o Internet. Esta es una de las razones por las que siento poca simpatía por los miembros de mi profesión que se autodenominan "periodistas de Internet", una abstención humana que debería ser descalificadora. Pensé en esto cuando vi a Xi y a Biden dándose la mano en Bali, en lo que fue su primer encuentro desde principios de 2017 en Davos, cuando Biden estaba en su último viaje al extranjero como vicepresidente. En los últimos dos años ha habido varias reuniones por Zoom de Biden y Xi. Debe ser un alivio para todos que hayan podido sentarse a conversar directamente durante tres horas esta semana. Los peores temores de alguien que te hace la vida imposible (como China y Estados Unidos ahora suelen pensar del otro) pueden atenuarse a los pocos segundos de iniciada la reunión. La mente inunda de paranoia cualquier vacío de contacto humano. No sé qué ocurrió entre Biden y Xi más allá de las lecturas formales de su reunión, pero apostaría a que ahora cada uno estará un poco menos inclinado a interpretar las peores intenciones en el otro. Los diálogos entre sordos son mucho más fáciles de sostener por megáfono.

No quiero restar importancia a la magnitud y amplitud del abismo entre China y Estados Unidos. También está claro que Xi merece más culpa por autoaislarse que Biden. El hecho de que China esté ahora dirigida por un solo hombre la hace especialmente propensa a la paranoia. En ese sentido, las autocracias más colectivistas —como lo fue China bajo Hu Jintao y Jiang Zemin antes que él— son preferibles al culto a la personalidad que rodea a Xi. Los comités son mucho más predecibles y menos caprichosos que los espectáculos unipersonales, lo que hace aún más importante que los dos líderes programen una cumbre bilateral en 2023. Este tipo de eventos suele estar basado en coreografías y frases hechas, pero requieren de un intenso diálogo bilateral entre los funcionarios para logra una lista de logros que anunciar. Lo que esos "entregables" significan en definitiva es menos importante que el proceso de interminable negociación en torno a ellos. El diálogo aunque sea una discusión es siempre mejor que guerrear, como dijo una vez Churchill.

Esto es especialmente cierto a medida que Estados Unidos y China se desvinculan de la economía del otro. Hoy en día es habitual decir que vivimos en un mundo multipolar. Eso no es del todo cierto. Estamos entrando en un mundo bipolar en el que la relación entre EEUU y China afectará a los intereses y a la vida de miles de millones de personas que no tienen un sitio en su mesa y poca influencia en sus acciones. Lo menos que podemos hacer es insistir en que hablen. Deberíamos añadir la diplomacia a la larga lista de víctimas de la pandemia. La reaparición de la diplomacia esta semana es un motivo de modesta celebración en un mundo que carece de tales momentos. Rana, ¿tienes zoomfobia, como yo? ¿Tienes otras sugerencias para reducir las tensiones entre Estados Unidos y China?

Rana Foroohar responde

Ed, claro que tengo ideas al respecto. Estados Unidos y China deben trazar líneas rojas para Taiwán. No me cabe duda de que Taiwán volverá en algún momento a China. Pero Estados Unidos no puede abandonar a un aliado sin que parezca que han creado otro Afganistán; tampoco debe abandonar la defensa de la democracia liberal en general. Dicho esto, Estados Unidos no puede arriesgarse a una guerra abierta en Taiwán ahora mismo. Sería un desastre económico y político en un momento en que hay tantos otros vectores en juego.

Biden de alguna manera debe hacer entender a Xi que a todos les conviene evitar eso, y pedirle que suspenda cualquier plan chino de recuperar Taiwán. Esto podría significar la introducción de algunos cambios en las normas de prohibición de las exportaciones de semiconductores o, mejor dicho, hacerlas menos complicadas (lo que no sería difícil), de manera que ambas partes puedan salvar las apariencias. Uno de los resultados de la complejidad de estas normas (con las que estoy de acuerdo en principio) es que son tan complejas que las empresas se inclinan por una desvinculación aún más rápida de lo que Estados Unidos podría haber previsto por razones legales. La aclaratoria diplomática podría ser una forma de ganar tiempo y disminuir las tensiones.

Edward Luce, Rana Foroohar

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