El programa de la administración Biden que expande la producción de semiconductores en Estados Unidos y prohíbe compartir tecnología con China es uno de los principales frentes de batalla en la "guerra fría" entre las dos superpotencias. FOTO: Washington Post por Demetrius Freeman.
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Los semiconductores desdibujan la línea entre la seguridad y el interés nacional.

Newport, en el sur de Gales, se encuentra en una improbable falla geopolítica. El gobierno del Reino Unido alegó motivos de seguridad nacional para bloquear la venta de una de las mayores plantas de semiconductores de Gran Bretaña, Newport Wafer Fab, a una empresa holandesa propiedad de la china Wingtech. El Reino Unido no es el único que lo ha hecho: Alemania ha bloqueado dos acuerdos similares, y su vicecanciller, Robert Habeck, acusó a China de seguir una "estrategia deliberada" de "intentar adquirir conocimientos" en el sector.

Las decisiones corren el riesgo de ser percibidas como un ataque a China. Occidente debe tratar de equilibrar su legítimo temor a que los activos estratégicos caigan en manos de posibles adversarios con acciones que puedan avivar la idea de que está tratando de frenar a China, o de que está aplicando una estrategia industrial encubierta.

La pandemia y la guerra de Rusia en Ucrania subrayaron la necesidad de asegurar las cadenas de suministro, así como la insensatez de confiar demasiado en un régimen hostil. Las decisiones del Reino Unido y Alemania son posteriores a los amplios controles que estableció Estados Unidos sobre los chips de alta tecnología. Los congresistas estadounidenses han expresado su preocupación por la venta de Newport Wafer, lo que ha llevado a críticos a afirmar que hubo presiones por parte de Washington, aunque eso es ignorar el número de halcones contra China que están el gobierno británico.

Envolver la estrategia industrial y el proteccionismo con el manto de la seguridad nacional es un error. Pero el papel de las empresas chinas en estos acuerdos, y el hecho de que se trate de semiconductores, hace que la línea divisoria sea difícil de trazar. Esto es especialmente cierto en el contexto de una China más asertiva y la preocupación de que pueda invadir Taiwán, la cual domina la fabricación de semiconductores de avanzada.

En virtud de una ley de 2017, las empresas chinas están obligadas a cooperar con el aparato de inteligencia de Pekín. Esto significa que una adquisición china de una empresa en algún sector estratégico de otro país se convierte en una propuesta más compleja. Esto no se limita a los semiconductores: se ha expresado preocupación por las participaciones del gigante marítimo de China, Cosco, en los puertos de El Pireo y Hamburgo. En teoría, Pekín puede exigir a Cosco que preste apoyo a la armada china en cualquier lugar donde mantenga operaciones.

La definición de amenaza a la seguridad se torna borrosa al hablar de semiconductores. Estos están presentes en todo, desde teléfonos inteligentes hasta autos, pero también tienen aplicaciones militares. Por eso los controles de las exportaciones aplicados por Joe Biden —aunque aparentemente apuntan a evitar que la tecnología militar caiga en manos de Pekín— son transcendentales. Asegurarse incluso un pequeño papel en esta cadena de suministro global puede ser en sí mismo una cuestión de seguridad nacional.

Sin embargo, la decisión del Reino Unido ha desconcertado a muchos. Newport Wafer no ofrece tecnología de punta, aunque la planta se encuentra dentro de un grupo especializado en compuestos que pueden tener usos avanzados. El razonamiento del gobierno, más allá de un documento de una página, no está claro. No ayuda el hecho de que no exista una definición de seguridad nacional en la legislación, en virtud de la cual se bloqueó el acuerdo. La empresa puede presentar un recurso legal, pero gran parte de las deliberaciones del gobierno serían clasificadas, lo que dificultaría a los jueces la consideración de los principios subyacentes. Esta oscuridad reduce la previsibilidad de la inversión extranjera de la que depende Gran Bretaña.

Si un país decide cortar los flujos de inversión para un sector que requiere fuerte inversión en bienes de capital como ocurre con los semiconductores, es vital que luego nutra esa industria. Estados Unidos y la UE han anunciado paquetes de ayuda por valor de $52 mil millones y 43 mil millones de euros, respectivamente, para hacer crecer las industrias nacionales de semiconductores. La inversión británica, mientras tanto, es insignificante. Hace tiempo que se necesita una estrategia global.

Tratar de diferenciar entre el interés y la seguridad nacional es difícil cuando se trata de semiconductores. Pero un poco de transparencia ayuda mucho; al igual que recordar que el proteccionismo indebido inflará los costos y exacerbará las tensiones transfronterizas.

La Junta Editorial

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