Ismael Cala
Messi y los jugadores de Argentina posaron con el trofeo de la Copa del Mundo. | Foto: Efe/Juan Ignacio Roncoroni.
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Finalmente terminó la emoción mundialista con el partido en el que Argentina regresó a ser campeona del mundo luego de 36 años extrañando la copa. Tuvimos una final que por momentos parecía incipiente, pero que resultó a la altura de las expectativas del que se ha consolidado como el evento deportivo más popular en el planeta. Datos de la FIFA indican que más de 3 mil millones de personas siguieron la copa del mundo en 2018 y para la edición en Qatar, el presidente de la federación internacional de futbol prometió una audiencia cercana a los 5 mil millones de personas, lo que significaría que prácticamente todo el mundo habría visto al menos parte del mundial. 

Argentina se llevó la copa apostándole a su estilo, por momentos obligando a sus seguidores a sufrir cada victoria. En su camino a la copa, esta selección se convirtió en la primera en la historia de los mundiales en tener cinco penales a su favor. Los árbitros le marcaron todo en el área a los argentinos que, junto al equipo francés, tenían al mayor número de jugadores provenientes del PSG, el equipo propiedad del Emir de Qatar, el mismo personaje que pagó miles de millones de dólares para asegurar la sede mundialista. Mucho de ese dinero a través de sobornos como ha quedado ampliamente documentado en diversos reportes periodísticos.

El torneo nos regaló un poco de todo. Hubo rostros pintados de alegría, tristeza, coraje y determinación. Drama y gloria como suele ocurrir en el deporte, pero en la forma en la que solo el futbol puede mover las emociones. El primer mundial en un país musulmán sirvió también para cuestionar el papel del futbol más allá de lo deportivo. No es la primera vez que la geopolítica se mezcla con el futbol, pero en esta ocasión el vínculo parecía inescapable. Las acusaciones de corrupción contra el gobierno de Qatar y funcionarios de la FIFA, los abusos a los derechos humanos en el emirato, específicamente contra miembros de la comunidad LGBTQ y, por si fuera poco, el encarcelamiento y la condena a muerte de un jugador iraní por expresar solidaridad contra las víctimas de la represión estatal en su país.

Amir Nasr-Azadani, el joven de 26 años condenado a muerte en su país por alzar la voz y cuestionar el trato de las mujeres en Irán, particularmente el asesinato de Mahsa Amini de 22 años quien un mes antes de arrancar el mundial de futbol fue detenida por la policía por no estar vestida como dictan las leyes de la llamada autoridad moral. La joven utilizaba el hiyab, pero estaba mal colocado y eso le costó una golpiza brutal y eventualmente la muerte tras permanecer varios días en estado crítico sin acceso a cuidados médicos, según el testimonio publicado por sus familiares. El domingo pasado, durante la final del Mundial, pensaba que la comunidad del futbol iba a encontrar una forma de solidarizarse con Amir, pensé que el joven futbolista no podía quedar sin el apoyo del mundo del futbol. El fútbol, ese deporte que levanta pasiones, seguro se volcaría para defender la vida de Amir, pero no. Ni el nombre, ni la causa de Amir encontró eco en el escenario más importante del mundo.

Oportunidad perdida

Para el periodista de ESPN David Faitelson, una de las voces más influyentes en el mundo deportivo, el futbol y los jugadores de futbol que tienen el poder perdieron una maravillosa oportunidad en Qatar. Para Faitelson el futbol es fuente de alegría, de esperanza, de solidaridad, pero en vez de transmitir un mensaje de justicia, la comunidad mundialista, en su mayor parte, decidió guardar silencio.

“Yo imaginaba, poco antes del partido de la final del Domingo en el Lusai, ahí en Doha, que los jugadores harían una manifestación previa al partido se unirían todos para de una manera dejar en claro que tienen la fuerza y que también están conscientes de una situación que pasa con un excompañero de juego, pero no lo hicieron. El problema es que el futbol tampoco puede involucrarse totalmente en la política, pero al mismo tiempo entiendo que el futbol es un transporte, es un arma que se puede utilizar para poder concientizar al mundo de algunas cosas. Aquí en Qatar el futbol envió mensajes, vimos el tema de la selección alemana, el propio tema de la selección iraní, cómo la presidenta de Alemania con el brazalete arcoíris que no le permitieron utilizar a los capitanes. El futbol tiene que enviar esos mensajes.”

Faitelson asegura que el error de la FIFA fue llegar a Qatar solo por dinero, sin importar que fuera un país cuestionado sobre el tema de los derechos humanos, la equidad de género y la diversidad sexual. Cree que los futbolistas tenían una responsabilidad el domingo pasado al contar con la atención del planeta entero, pero simplemente decidieron no hacer nada.

Tal vez la campeona, Argentina, queda a deber aún más con su actitud fuera de la cancha, en el vestidor donde es más fácil gestionar las emociones y en donde horas después de que dejara de rodar la pelota, y ya con la copa en los brazos, mostraron un comportamiento lejos de lo que uno espera de los campeones. ¿Quién le dedica ese tiempo precioso e irrepetible a burlarse del rival? Peor aún, ¿qué arquero se atreve a pedir un minuto de silencio por el delantero que acaba de propinarle 4 goles en la final del mundial? Esto lo vimos de la selección argentina porque ellos quisieron compartirlo con el mundo, y muestra una personalidad muy por debajo de la clase que debe mostrarse en la victoria. Ojo, nada de esto opaca su logro, pero sí empaña lo que hubiera sido el final perfecto para la carrera de uno de los mejores futbolistas de la historia. 

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