Un avión en la base Dover de la Fuerza Aérea estadounidense, es cargado con armas, municiones y otros equipos bélicos con destino a Ucrania. FOTO: Washington Post - Demetrius Freeman.
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El apoyo militar estadounidense a Ucrania y Taiwán apuntala el comercio regional y mundial.

Las voces descontentas entre los aliados de Estados Unidos en Europa y Japón, amplificadas por adversarios como China, están creando una narrativa sobre EEUU y el comercio mundial. Dice así: Estados Unidos es un violador internacional de la ley dispuesto a socavar la economía mundial con subsidios que provocan distorsiones, degradar a la Organización Mundial del Comercio y utilizar los controles a la exportación para aplicar políticas exteriores agresivas mientras al mismo tiempo beneficia a sus propias empresas.

Son críticas legítimas, aunque exageradas, pero sigue existiendo un contrapunto fundamental. Si bien sigue sin probarse la capacidad de los gobiernos para utilizar el comercio como herramienta estratégica, tampoco está probada la necesidad de recurrir en ocasiones al poder militar bruto para garantizar la paz necesaria para el comercio. En ese aspecto de la globalización, Estados Unidos sigue siendo la roca sobre la cual se apoya una parte considerable de la superestructura del comercio mundial.

La década anterior a que Vladimir Putin invadiera Ucrania demostró la necesidad de contar con poder duro para establecer las condiciones del poder blando. Frente a un dictador cada vez más beligerante en Moscú, la UE intentó atraer a Ucrania a su órbita de la única forma que realmente conoce, mediante la integración económica: un " Profundo y Amplio Acuerdo de Libre Comercio " firmado entre Bruselas y Kiev en 2014. Incluso después de que Rusia anexara Crimea, la política de "autonomía estratégica" de la UE, lanzada en 2020, se basó principalmente en ejercer influencia por medio del comercio, la regulación y los valores. Las advertencias provenientes de los países de Europa Central y Oriental sobre la continua amenaza de Rusia fueron mayormente desoídas.

Estados Unidos no fue el único en armar y entrenar al ejército ucraniano después de 2014, pero sin duda desempeñó un papel destacado. Sin ese apoyo, muy posiblemente Kiev sería ahora Putingrado, la UE estaría en crisis, con sus elementos prorrusos y de apaciguamiento en ascenso, y la ampliación de su preciado mercado único habría quedado permanentemente bloqueada en su frontera oriental.

Además, una China envalentonada confiaría más en su capacidad de anexarse Taiwán, con todas las catastróficas consecuencias que eso tendría para el comercio en la región de más rápido crecimiento del mundo y para el mercado mundial de semiconductores.

La UE al menos ha reconocido que Estados Unidos es indispensable mediante la declaración UE-OTAN de esta semana, en la cual confirma la enorme importancia que tiene el vínculo transatlántico. No cabe duda de que la pertenencia económica, política y cultural a la UE (y el dinero que aporte) será fundamental para sacar a una Ucrania liberada de la órbita rusa. Pero la garantía de un futuro seguro definitivamente dependerá implícita o explícitamente de la OTAN y de Estados Unidos.

Como dice el viejo refrán sobre las intervenciones seguidas de las reconstrucciones —las guerras en la ex Yugoslavia de la década de 1990, o incluso la nefasta invasión de Afganistán en 2001—, los estadounidenses preparan la cena y los europeos ayudan con los platos. (Obviamente, hay casos como el de Irak, en el cual Estados Unidos hace pedazos la cocina mientras algunos países europeos le piden que tenga más cuidado).

Resulta un tanto surrealista que el vicepresidente de la UE para el Pacto Verde Europeo, Frans Timmermans, tuitee sobre la imperiosa necesidad de una reconstrucción ecológica en Ucrania tras la guerra. Limitarse a lavar los platos es una cosa; pero obsesionarse con el carácter ecológico del detergente es colocar los valores por encima de la seguridad de manera un poco exagerada.

Incluso en tiempos geopolíticos más tranquilos, es fácil pasar por alto la contribución militar estadounidense al comercio civil. El ejemplo más obvio es el papel que desempeña desde hace décadas la armada estadounidense al patrullar las rutas marítimas utilizadas para la navegación comercial.

Según estimaciones del grupo de expertos Center for Global Development, Estados Unidos es, con diferencia, el mayor protector de las rutas marítimas, con un gasto de casi el 0,2 por ciento del ingreso nacional bruto, frente a una media del 0,015 por ciento entre los 40 países más poderosos del mundo, lo que ayuda a situar en un poco más de contexto el relativamente limitado presupuesto de ayuda estadounidense.

No es la primera vez que una gran potencia militar utiliza la fuerza para permitir el comercio en Europa. El imperio romano garantizó suficiente paz (y carreteras) para expandir el comercio por todo el continente; los mongoles aseguraron la Ruta de la Seda por tierra, conectando la Europa medieval con Asia Oriental.

Europa, y no digamos el mundo, no es una caótica batalla campal que requiera un hegemón global que ponga orden. Pero desde el fin de la guerra fría, en ciertos escenarios de conflicto y comercio, debido a las autocracias expansionistas como Rusia, surgen más amenazas a la seguridad del comercio mundial.

Es válido que los intentos de Estados Unidos de convertir el comercio en un arma reciban críticas. Pero su uso literal de las armas para garantizar las condiciones para el comercio en Europa seguramente no lo es.

Alan Beattie

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