Sam Bankman-Fried, el fundador y expresidente ejecutivo de la empresa de criptomonedas FTX, la cual entró recientemente en bancarrota. FOTO: Bloomberg - Stephanie Keith.
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Tanto la derecha como la izquierda han intentado convertir dramas empresariales en teatro político.

Cuando el famoso defraudador de Wall Street Bernie Madoff fue detenido en 2008, uno de los principales organismos de control de Washington calculó que él y su esposa, junto con otros altos ejecutivos de su empresa de inversiones, habían hecho donaciones políticas por más de $372.000, la mayoría de ellas a Demócratas. Antes de que la Corte Suprema de EEUU eliminara muchos de los límites jurídicos aplicados a las donaciones de campaña, eso era mucho dinero.

Sin embargo, cuando Madoff murió en prisión hace dos años, ninguna de las esquelas mencionó su generosidad política. Y con razón. Los delitos de Madoff superaron con creces sus actividades políticas. Organizaciones se vieron gravemente afectadas. Se destruyeron vidas. Disminuyeron muchas dotaciones. ¿Realmente importaban sus donaciones políticas desde el punto de vista general?

Sin embargo, cuando el destituido rey de las criptomonedas Sam Bankman-Fried fue detenido el mes pasado, el último (presunto) defraudador de las finanzas modernas, la derecha lo ridiculizó al señalarlo como el titiritero de los responsables políticos Demócratas en Washington, debido a que antes del escándalo era un megadonante del partido. Algunos analistas políticos de tendencia Republicana han criticado a cualquiera que hable de la quiebra de FTX sin mencionar las contribuciones a la campaña que hizo Bankman-Fried.

Sin duda, las donaciones de Bankman-Fried son de una magnitud diferente a las de Madoff. El mismo organismo de control de Washington calculó que, si bien el fundador de FTX había hecho contribuciones de $990.000 a candidatos individuales, donó la sorprendente cantidad de $38,8 millones a comités de acción política y otros grupos externos. Aun así, en la era actual de los donantes despilfarradores, eso solo le bastó para convertirse en el sexto mayor donante en las elecciones intermedias de 2022.

Bankman-Fried también se enfrenta a un escrutinio penal por sus actividades políticas. Uno de los ocho cargos que le imputa la fiscalía federal de Manhattan es el presunto uso de nombres falsos para eludir los escasos límites a las donaciones de campaña que aún tiene el gobierno.

Así que es mucho dinero. Y probablemente haya quebrantado las leyes electorales federales. Pero sin duda, dada la magnitud de los otros presuntos pecados de Bankman-Fried (que básicamente consisten en haber robado $8.000 millones en efectivo que los usuarios pensaban que estaban invirtiendo en criptomonedas) sus delitos pesan más que su política. De hecho, los fiscales federales casi lo han reconocido: de los 115 años de prisión a los que se enfrenta Bankman-Fried, tan solo las infracciones de la ley electoral suponen cinco y, si es declarado culpable, es probable que le impongan una condena del orden de 16 meses por ese delito.

Sin embargo, la derecha no es la única parte del espectro político que ha intentado convertir un drama empresarial de alto riesgo en una ventaja partidista. La izquierda se ha fijado en la adquisición de Twitter por parte de Elon Musk, valorada en $44.000 millones, y la ha convertido en teatro político, en gran parte, al parecer, porque el otrora partidario de Barack Obama, Hillary Clinton y Joe Biden ha utilizado su nueva posición a la cabeza de la espasmódica red social para intensificar algunas de las conspiraciones más descabelladas de la derecha, como los llamamientos a procesar a Anthony Fauci y la restitución de las cuentas de las figuras más alocadas de la era Trump, incluidos Michael Flynn y el mismo Donald Trump.

Los senadores de izquierda Elizabeth Warren y Bernie Sanders han lanzado evidentes ataques de gran repercusión contra Musk desde que se cerró el trato con Twitter en octubre, e incluso el gobierno de Biden ha planteado el falso argumento de que la adquisición podría ser revisada por el Comité de Inversiones Extranjeras en EEUU del gobierno federal, un panel dirigido por el Tesoro y encargado legalmente de revisar las adquisiciones en el extranjero por parte de empresas estadounidenses por motivos de seguridad nacional, lo que no incluye a los acuerdos nacionales por motivos políticos.

El iconoclasta experto en datos Nate Silver ha saltado a la palestra, argumentando que la adquisición de Twitter por parte de Musk es "una historia política muy interesante, una historia empresarial un poco interesante y una historia tecnológica no tan interesante".

Pero, ¿realmente lo es? El actor político Musk parece haberse convertido en una especie de caricatura que aparece en diversas polémicas de Washington (¿a alguien le importa lo que piense de la candidatura de Kevin McCarthy a presidente de la Cámara de Representantes?) como el prototípico misántropo en su sótano que utiliza las redes sociales para aullar a la luna.

Sin embargo, el empresario Musk tiene la posibilidad de convertirse en uno de los espectáculos más notables del siglo XXI. Al comprar Twitter con unos $22.000 millones de su propio dinero y $13.000 millones en préstamos, un hombre que probablemente sea uno de los mejores ingenieros y tecnólogos de su generación quizás haya tomado una decisión empresarial tan arrogante y tan mal concebida que amenaza con hundir todo su imperio.

El mismo Musk ha reconocido que Twitter podría dirigirse hacia una quiebra, y parece que los bancos que prestaron a Musk los $13.000 millones se quedarán con las manos vacías durante mucho tiempo. Luego está Tesla, la joya de la corona de Musk, cuyas acciones cayeron a un tercio del valor que tenían el día en que su director ejecutivo anunció su oferta por Twitter, debido a que crece el pánico de los inversionistas a que Musk haya perdido el rumbo.

El ascenso y posible caída de Elon Musk es una de las grandes historias empresariales de nuestra era. Los presuntos delitos de Sam Bankman-Fried son, junto con los de Theranos y Elizabeth Holmes, uno de los cuentos con moraleja más importantes de las finanzas modernas. En realidad, ninguno de los dos son políticos. Pero en nuestra era hiperpartidista, parece que estamos condenados a verlos como sagas políticas y no como melodramas empresariales.

Rana, mi pregunta para ti es si esto nos acompañará siempre. Esperaba que el final de la presidencia de Trump y la reapertura tras la pandemia de coronavirus devolvieran la política al lugar que le corresponde en la sociedad: que es de profundo interés para un pequeño grupo de entusiastas sobreeducados, pero solo de interés pasajero para el resto de los Estados Unidos. Durante un tiempo, parecía que todo lo que hacíamos en nuestra vida cotidiana, desde ver un partido de la NFL hasta enviar a nuestros hijos de vuelta al colegio, tenía un trasfondo político. En los dos últimos años hemos recuperado parte de ese espacio libre de política, pero no mucho.

Mi colega Alan Beattie argumentó una vez que una de las mejores señales de que una economía está en crisis es cuando los ciudadanos promedio se interesan intensamente por las finanzas, obsesionándose con los rendimientos de los bonos soberanos y los niveles de las divisas. En las economías estables, nadie tiene la necesidad de saber demasiado sobre el funcionamiento del sistema financiero. Pero durante la crisis monetaria argentina, o la crisis de la deuda soberana italiana, estos eran los temas de conversación cotidianos durante la cena o al tomar una copa.

En mi opinión, lo mismo puede decirse de la política: cuanto más de la vida cotidiana de la sociedad se vea consumida por el partidismo, menos funcional será el sistema político. Según esa medida, Elon Musk y Sam Bankman-Fried nos demuestran que seguimos teniendo muchos problemas.

Rana Foroohar responde

Peter, tengo dos cosas que decir en respuesta. En primer lugar, en realidad tengo la esperanza opuesta a la tuya, en términos de política. Quiero que los estadounidenses de a pie se preocupen mucho más por la política de lo que les preocupa hoy en día, en el sentido de que quiero que se involucren real y verdaderamente en el proceso en lugar de ser espectadores y peones en un juego arreglado por gente rica (como las personas que mencionas).

Asimismo, en términos de donaciones, ¿pensamos realmente que Bernie Madoff o Sam Bankman-Fried eran liberales de corazón? ¿No estaban simplemente poniendo su dinero donde pensaban que les daría más o mejor rendimiento desde el punto de vista de la influencia política? No necesitan influenciar a los capitalistas conservadores, sino a los progresistas. Estoy segura de que si ocurriera lo contrario, cambiarían sus donaciones (de hecho, si nos fijamos en la lista de donaciones de los altos directivos, muchas empresas y ejecutivos donan a ambos partidos solo para cubrirse las espaldas). Quiero decir, al menos con Musk, creo que realmente es un libertario que quiere destruir la política en su conjunto. Es una creencia despreciable, pero en su caso, honesta.

Peter Spiegel, Rana Foroohar

Derechos de Autor - The Financial Times Limited 2021.

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