Aunque pareciera un asunto solo de políticos o arquitectos, el nuevo salón de baile de la Casa Blanca tiene un impacto directo en nuestra ciudad. Demoler parte del East Wing y levantar un espacio de lujo de 90,000 pies cuadrados y $300 millones no solo transforma el edificio: cambia cómo los ciudadanos percibimos el patrimonio histórico, la distribución de recursos y las prioridades del gobierno. Cada martillazo en el East Wing resuena en nuestras calles y en la conversación pública.
Shalom Baranes entra en escena
Al frente del proyecto ahora está Shalom Baranes, arquitecto de Georgetown cuya carrera incluye la reconstrucción del Pentágono tras el 11-S, la sede del Departamento de Seguridad Nacional y el Edificio del Tesoro. Baranes reemplaza a James McCrery, cuyo equipo quedó corto frente a la escala y ambición del proyecto. Con su firma, reconocida por la preservación histórica y proyectos de gran envergadura, Baranes asegura que este salón no será cualquier remodelación: será un espacio que marcará la ciudad por décadas.
Choque de estilos y debate público
El estilo de Baranes, que ha defendido la arquitectura brutalista y liderado proyectos modernos como City Center o el Ritz-Carlton de Georgetown, no siempre coincide con la estética clásica que Trump prefiere. Para los residentes de DC, esto plantea preguntas más profundas: ¿la Casa Blanca debe reflejar un símbolo histórico común o un museo de lujo para eventos privados? Cada decisión de diseño toca nuestro sentido de pertenencia y nuestra visión de la ciudad.
Más que un salón de lujo: impactos reales en DC
Aunque se financie con donaciones privadas, un proyecto de esta magnitud afecta la vida cotidiana en DC:
- La demolición altera un edificio histórico y modifica la narrativa de patrimonio de la ciudad.
- La construcción nocturna genera ruido y fricciones con la rutina diaria.
- El gasto y la magnitud del proyecto reavivan debates sobre prioridades públicas frente a necesidades reales de los residentes.
Los vecinos observan cómo un edificio que todos sentimos como “nuestro” se transforma para eventos de élite, mientras la ciudad lidia con permisos, retrasos y supervisión de planificación urbana.
Contexto personal y simbólico
Baranes, hijo de refugiados judíos de Libia, añade otra capa de historia al proyecto. Su liderazgo llega en un momento de debate intenso sobre inmigración, diversidad y representación, haciendo que el salón sea más que arquitectura: es un símbolo de cómo se construyen y representan los valores de la ciudad y del país.
Este salón de baile no es solo un lujo presidencial: es un cambio tangible que afecta a quienes vivimos en DC. Modifica nuestro paisaje, nuestro patrimonio y la manera en que la Casa Blanca se conecta con la ciudad. Mientras Baranes toma las riendas del proyecto, los residentes seguimos atentos: cada decisión de diseño y cada cambio en la construcción nos recuerda que los símbolos de la ciudad también nos pertenecen.