La contaminación masiva del Potomac River, provocada por el colapso de una tubería de alcantarillado con más de 60 años de antigüedad, detonó una crisis ambiental inédita en la región de Washington y un enfrentamiento político directo entre el presidente Donald Trump y el gobernador de Maryland Wes Moore. Mientras millones de galones de aguas residuales siguen afectando el cauce, el cruce de acusaciones deja al descubierto fallas estructurales que golpean de lleno a residentes, comercios y ecosistemas del DMV.
Un derrame de dimensiones históricas
La crisis comenzó el 19 de enero, cuando una sección de 72 pulgadas del Potomac Interceptor colapsó cerca de Cabin John, liberando inicialmente 40 millones de galones diarios de aguas negras. Hasta hoy, se estima que el vertido total supera los 200 millones de galones. Investigadores de la Universidad de Maryland lo califican como uno de los mayores desastres de este tipo en la historia de EEUU. Aunque DC Water ha implementado bombas de derivación, el daño al ecosistema es ya profundo y tangible.
¿De quién es la responsabilidad?
El presidente Trump no tardó en calificar el suceso como un "desastre ecológico masivo" derivado de la "mala gestión de líderes locales demócratas", señalando directamente al gobernador Moore.
"No permitiré que una gestión incompetente convierta el Potomac en una zona de desastre", sentenció Trump, enmarcando la crisis como un fallo político demócrata.
No obstante, los registros técnicos contradicen esta narrativa. El Potomac Interceptor es operado por DC Water, bajo supervisión federal de la EPA. Ammar Moussa, portavoz de Moore, respondió con dureza:
"El Presidente se equivoca de nuevo; aparentemente no ha recibido el mensaje de que la responsabilidad es de su propia administración".
Aun así, Trump ordenó la intervención de FEMA, pese a que la agencia enfrenta restricciones presupuestarias por el cierre parcial del gobierno.
Bacterias, riesgos y temor a largo plazo
Aunque el suministro de agua potable permanece seguro al extraerse río arriba, la cotidianidad en Washington, Maryland y Virginia ha cambiado drásticamente. El Departamento de Salud de Virginia mantiene una alerta sobre 72.5 millas del río, imponiendo restricciones severas para residentes y visitantes:
- Prohibición total: no nadar, no pescar, no navegar y no realizar kayak.
- Peligro para mascotas: se urge mantener a los animales lejos de la orilla.
- Riesgo invisible: muestras de la Universidad de Maryland detectaron niveles de E. coli miles de veces superiores a los estándares de seguridad, además de bacterias vinculadas a infecciones por estafilococo y MRSA.
"Es aguas negras potentes, de alta toxicidad", alertó Hedrick Belin, presidente de Potomac Conservancy. Aunque la toma de agua potable se realiza río arriba, el hedor persistente en las zonas afectadas recuerda a los vecinos que el daño es real.
El calendario agrava la preocupación. Con la llegada de la primavera, sectores como el turismo, la pesca deportiva y los deportes acuáticos temen pérdidas importantes. Especies clave como el sábalo y la lubina rayada comienzan su migración en marzo, pero los especialistas advierten que no sobreviven en aguas contaminadas. El deshielo y el aumento de temperaturas podrían reactivar bacterias atrapadas bajo el hielo y extender la contaminación hasta la bahía de Chesapeake.
Reparaciones lentas en un sistema obsoleto
DC Water estima que las reparaciones de emergencia tardarán entre cuatro y seis semanas más, tras descubrir un bloqueo masivo de rocas en la línea. Una rehabilitación completa podría tomar hasta 10 meses. Ambientalistas subrayan que el problema real es una infraestructura obsoleta que sirve a más de medio millón de personas y que ha llegado a su punto de quiebre.
La crisis del Potomac deja una lección incómoda. Mientras los líderes se disputan culpas y jurisdicciones, los residentes del DMV pierden acceso a su río y ven erosionarse la confianza en la capacidad institucional para responder con rapidez y claridad ante una emergencia ambiental de gran escala.