El derrame masivo de aguas residuales en el Potomac no solo encendió alertas ambientales en la región, también sacudió a quienes dependen del río para vivir. Aunque las pruebas oficiales indican que varios tramos del río siguen siendo seguros, el miedo ya golpea a watermen, vendedores y pequeños negocios que dependen del agua para sostener su economía diaria.
Un río que da trabajo y ahora genera desconfianza
Robert T. Brown, líder de la Maryland Watermen’s Association, lo explica sin rodeos: “Es un desastre muy grave allá arriba, pero estamos muy lejos de eso”. Brown cosecha ostras a más de 10 millas del límite de restricción impuesto por Maryland y aun así ve el efecto todos los días. “Ha devastado nuestro mercado. No quieren ostras del Potomac por miedo”, afirmó. Compradores y empacadoras dejaron de adquirir producto del río no por resultados científicos, sino por percepción.
El daño económico va más allá de la salud
Las pruebas del Departamento de Energía y Medio Ambiente de DC muestran niveles de E. coli muy por debajo del máximo permitido por la Agencia de Protección Ambiental, incluso cerca de National Harbor. Aun así, Maryland restringió la recolección de mariscos como medida preventiva. Para los watermen, esa aclaración pesa poco cuando los compradores exigen producto a 80 millas del derrame, aunque la zona autorizada llegue solo hasta 60. “El mercado está muerto lento”, dijo Brown, en una temporada ya afectada por baja demanda y precios deprimidos.
Cuando el miedo pesa más que los datos
“Si una ostra del Potomac enfermara a alguien, el golpe sería aplastante”, advirtió Brown. “Una vez que pones en la cabeza de alguien que algo no es seguro para comer, es muy difícil revertirlo”, afirmó. Ese temor recorre toda la cadena local desde quienes recolectan y abren las ostras hasta quienes las empacan y las envían a otros estados. No es solo un problema ambiental o sanitario, es una crisis de confianza que se traduce en ingresos perdidos y días de trabajo que no vuelven.
Servicios públicos trabajando contrarreloj
Mientras el mercado se enfría, DC Water avanza en una reparación compleja del Potomac Interceptor. Las cuadrillas lograron acceder al tramo colapsado tras desviar el flujo con bombas de alta capacidad y bloquear la tubería con una compuerta de acero. Desde enero se han vertido más de 240 millones de galones de aguas residuales al río. El trabajo es lento y manual, con remoción de lodo, tierra y rocas de gran tamaño para evaluar daños y restaurar el flujo. Las autoridades insisten en que el agua potable sigue siendo segura porque el sistema es independiente.
Emergencia, política y alivios parciales
La alcaldesa Muriel Bowser declaró una emergencia local y solicitó asistencia federal, incluida ayuda para pequeños negocios afectados y mejoras a largo plazo de la infraestructura. El presidente Donald Trump confirmó que el gobierno federal brindará apoyo, en medio de cruces políticos sobre responsabilidades. En Maryland, la temporada comercial de ostras se extendió dos semanas, hasta el 14 de abril, para compensar pérdidas previas por el congelamiento invernal, un alivio limitado frente al daño causado por la desconfianza.
El derrame en el Potomac demuestra que el impacto no se queda en el agua. Golpea a comunidades enteras cuya economía depende de la confianza del consumidor. Mientras avanzan las reparaciones y los datos respaldan la seguridad en amplias zonas del río, los watermen siguen esperando que el miedo ceda y que el Potomac vuelva a ser visto no como una amenaza, sino como la fuente de trabajo que siempre ha sido.