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El preacuerdo de Marco Rubio con Delcy y el niño Elián González

Foto: EFE

Todo quedó demasiado claro desde el principio.

El mismo día de la caída de Maduro, Trump soltó la frase que reveló el nuevo tablero: Marco Rubio ya hablaba con Delcy Rodríguez. Desde entonces, lo ocurrido en Venezuela no puede leerse como una simple transición. Lo que se está ejecutando es una administración geopolítica al estilo Rubio: fría, calculada y útil para los intereses de Washington.

Delcy cumple una parte del trato. Entrega orden, disciplina, interlocución y capacidad de mover piezas dentro del aparato criminal, a lo interno de un régimen jadeante, pero todavía operativo. Rubio cumple la suya. Le concede margen, alivio económico, tiempo y espacio para recomponer imagen, estabilizar estructuras y hacerse competitiva de cara a un proceso electoral que llegará cuando convenga, no cuando lo reclame la moral democrática.

Ese tiempo ya se está traduciendo en campaña. No hace falta especular. La ONG Cazadores de Fake News dejó en evidencia una red de más de una decena de canales falsos de YouTube dedicados a impulsar propaganda favorable a Delcy Rodríguez, acumulando millones de visualizaciones falsas. Hablamos de una operación orientada a mejorar imagen, instalar narrativa y preparar condiciones para una candidatura.

Mientras tanto, María Corina Machado parece apostar a la parte del acuerdo que le tocaría a ella: regresar cuando su retorno no le desordene el tablero a Rubio. No antes. No cuando lo pida el sentimiento popular o la moral. Sino cuando resulte funcional al diseño de estabilidad que Estados Unidos quiere administrar en Venezuela. Así de duro. Así de simple.

Y algo parecido empieza a insinuarse en Cuba. Trump habló hace días de un posible “friendly takeover”, mientras Reuters reporta conversaciones ya reconocidas por La Habana con Washington en medio de la asfixia energética. En esa misma cobertura aparece la especulación sobre el papel de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, como posible canal de interlocución. Otra vez, no una democratización plena, sino una administración de la sucesión bajo tutela estratégica.

Rubio está jugando una partida de alto vuelo, pero también de alto peligro. Porque en política americana hay carreras que no se destruyen por corrupción ni por incapacidad, sino por un solo error de cálculo. Y allí asoma la sombra de Alex Penelas. Fue una figura ascendente, con proyección nacional, incluso visto en su momento como nombre posible para una fórmula presidencial. Pero el caso del niño Elián González alteró sus reflejos, tensó sus alianzas y terminó empujándolo fuera del escenario mayor.

Si Delcy en Venezuela, o los interlocutores del castrismo en Cuba, terminan usándolo más de lo que él cree usarlos, Rubio dejará de ser arquitecto para convertirse en víctima. Y la sombra de Alex Penelas dejará de ser antecedente para convertirse en destino.

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