Cierra los ojos e imagina que llegas a un país nuevo. No entiendes el idioma. No conoces a nadie. No sabes cómo funciona nada. Para muchos latinos de primera generación en el DMV, eso no es un ejercicio de imaginación. Es un recuerdo. Y en ese recuerdo, para miles de ellos, aparece un periódico.
El silencio antes de la tinta
En mayo de 1991, Washington ardía. No en sentido figurado. En las calles de Mount Pleasant, un vecindario donde se concentraba buena parte de los inmigrantes latinoamericanos de la capital, estallaron tres noches de disturbios después de que una oficial de policía novata disparara contra un hombre salvadoreño. La comunidad llevaba años acumulando una tensión invisible: sin representación política, sin servicios en español, sin medios que contaran lo que le pasaba en su propio idioma.
Los medios en inglés cubrieron los disturbios como un problema de orden público. Nadie preguntó, al menos no en español, qué había provocado esa explosión. Nadie tradujo el miedo.
Ese mismo año, Armando Chapelli Jr. fundó El Tiempo Latino en Bethesda, Maryland. Su misión declarada era construir un puente entre la comunidad latina y el resto de Washington. Pero en la práctica, lo que hizo fue algo más urgente: darle a una comunidad invisible la primera herramienta para verse a sí misma.
Solo 32,000 latinos vivían en el Distrito en ese momento, apenas el 5.4% de la población. El único periódico en español del área, El Latino, acababa de cerrar. La radio en español era escasa y fragmentada. La televisión en español llegaba de México o Miami, con agendas que no tenían nada que ver con lo que pasaba en Columbia Heights o en los suburbios de Maryland.
Los inmigrantes que llegaban a Washington entonces — salvadoreños huyendo de la guerra civil, guatemaltecos, peruanos, mexicanos — llegaban a un vacío informativo completo. No había forma de saber dónde estaba el médico que hablaba español, cuáles eran los derechos de un trabajador indocumentado, qué estaba discutiendo el Concejo del Distrito sobre los vecindarios donde vivían.
Para eso nació ETL. No para competir en un mercado. Para llenar un silencio.
"Desde que llegué de Perú en 1994, devoraba las páginas del periódico para encontrar además de las noticias los recursos disponibles en la comunidad para mi adaptación y crecimiento" , Milagros Meléndez, periodista de ETL desde el año 2000
La historia de Milagros no es una excepción. Es el patrón. ETL fue, desde su primer número, mucho más que un periódico: fue el manual de instrucciones de la ciudad para quienes llegaban sin inglés y sin red.
Apostar cuando nadie apostaba
Lanzar un periódico siempre es una apuesta. Lanzar uno en español, en una ciudad donde la comunidad que debía leerlo era mayoritariamente pobre, indocumentada en muchos casos, y absolutamente ignorada por los anunciantes tradicionales, era algo más cercano a una convicción.
Armando Chapelli Jr. fundó ETL con una misión que sonaba casi utópica para la época: "construir un puente hacia la comunidad mainstream de Washington". Lo que eso significaba en 1991 era apostarle a una audiencia que los grandes medios ni siquiera contabilizaban.
Los retos eran múltiples y simultáneos. El mercado publicitario en español era casi inexistente en DC, los grandes anunciantes no veían a los latinos como consumidores, sino como trabajadores. La credibilidad periodística había que construirla desde cero, en un entorno donde los medios en inglés llevaban décadas ignorando a esa comunidad. Y la logística de distribuir un impreso en español en una ciudad sin una infraestructura hispana consolidada era, en sí misma, un problema cotidiano.
Aun así, el periódico encontró su audiencia. No porque los lectores tuvieran opciones (no las tenían). Sino porque cuando algo llena un vacío real, la gente lo adopta con una fidelidad que no tiene equivalente en los mercados saturados.
ETL fue nombrado el mejor semanario hispano de Estados Unidos por la National Association of Hispanic Publications, un galardón que recibiría 14 veces, incluyendo 10 años consecutivos.
En 2004, The Washington Post Company lo adquirió con una circulación auditada de 34,000 ejemplares. Era un reconocimiento al valor de lo que Chapelli había construido. También era el inicio de una nueva etapa.
La segunda gran apuesta llegaría en diciembre de 2016. Javier Marín, empresario venezolano-americano nacido en Maracaibo que había emigrado a Estados Unidos con su esposa y sus hijos en el año 2000, compró ETL al Washington Post a través de su compañía El Planeta Media. Para ese momento, el panorama del periodismo impreso en el país era catastrófico: entre 2004 y 2020 cerrarían más de 1,800 periódicos en todo Estados Unidos. El Post mismo decidió vender, no apostar.
Marín apostó. No era ingenuidad, él sabía algo que los grandes medios anglosajones no veían: para una comunidad sin inglés, sin redes de contacto, sin representación política, el periódico en papel no era tecnología obsoleta. Era infraestructura. Era, en palabras de la periodista Milagros Meléndez, la herramienta para adaptarte y crecer.
"Todos los que emigramos hemos tenido el temor a ser discriminados", Javier Marín, publisher y CEO de El Tiempo Latino, en entrevista con El País, noviembre 2025.
En su libro En vivo desde América (Editorial Planeta, 2025), Marín documenta cómo los medios en español en EEUU fueron siempre mucho más que entretenimiento: fueron una herramienta de identidad, cohesión y visibilidad. Lo que la comunidad hispana logró, escribe, no fue un regalo. Fue el trabajo de activistas, líderes, radios comunitarias y periódicos.
Eso era lo que Chapelli había activado en 1991. Eso era lo que Marín decidió proteger en 2016.
1991 vs 2026
Treinta y cinco años después, hay cosas que no cambiaron. La misión sigue siendo la misma que escribió Chapelli: informar a la comunidad latina en su idioma, con rigor, en la ciudad donde vive. El compromiso con la cobertura de inmigración, justicia social y política local es idéntico al de 1991. La función de servicio, ser el lugar donde la comunidad encuentra lo que los medios en inglés no cuentan, también.
ETL cubrió los disturbios de Mount Pleasant en 1991, el Mundial de 1994 en Washington, el ataque al Pentágono el 11 de septiembre de 2001, al Francotirador de Washington en 2002, cuyas víctimas incluían dos latinas cuyos nombres aparecieron en sus páginas cuando los medios en inglés aún no los habían humanizado. Cubrió la pandemia de COVID-19 cuando la información en español llegaba tarde, mal y distorsionada: dónde conseguir alimentos, cómo registrarse para la vacuna, qué hacer si no podías pagar la renta.
Cada una de esas coberturas responde a la misma pregunta: ¿quién le cuenta a esta comunidad lo que le está pasando, en el idioma en que piensa y siente?
Pero lo que sí cambió es casi todo lo demás.
En 1991, ETL era un impreso semanal con distribución física en puntos estratégicos del DMV. En 2026, llega a 1.3 millones de impresiones digitales mensuales, tiene más de 118,000 seguidores en redes sociales, una newsletter diaria con más de 8,000 suscriptores y una tasa de apertura del 45% (más del doble del promedio de la industria). Tiene acuerdos de contenido con The Washington Post, el Financial Times y NowThis News. Es fuente citada por MIT, Harvard, Yale, NPR, CNN en Español y The New York Times.
35 años después, la misión no ha cambiado
En 1991, 32,000 latinos vivían en DC. Hoy, 1.1 millones llaman hogar al área metropolitana. Montgomery County es 22% hispano. Prince George's County, también. Maryland tiene más de 58,000 negocios de propiedad hispana.
La comunidad creció, y la amenaza también. El 68% de los latinos en el DMV dice que su situación ha empeorado en el último año. La mitad tiene miedo de la deportación, propia o de alguien cercano. Un tercio ha tenido dificultades para pagar comida, salud o renta. Y mientras 3,300 periódicos han desaparecido en Estados Unidos desde 2005, la desinformación en español en redes sociales ha llenado ese vacío con una velocidad y una toxicidad que no tiene precedente. Los latinos en plataformas de habla española son dramáticamente más vulnerables a las narrativas falsas que el resto de la población.
Lo que Chapelli entendió en 1991, que una comunidad sin información veraz en su idioma es una comunidad sin defensa, sigue siendo verdad en 2026. Más verdad, si acaso.
ETL no es el mismo periódico que nació hace 35 años. Es más grande, más rápido, más multiplataforma. Pero la comunidad que lo necesita tampoco es la misma. Es más grande, más diversa, más expuesta. Pero la razón por la que existe es exactamente la misma: hay una comunidad que necesita que alguien cuente su historia, en su idioma, con rigor. Sin traducción.
Por eso el origen de ETL no es solo historia. Es diagnóstico. La misma necesidad que justificó su nacimiento en 1991 justifica, con más fuerza, que siga aquí.